POR J. C. GEA
Madrid-Chamartín. El tren se detiene con una sacudida. El viajero sale de su siesta, sobresaltado. Ante él -mejor: sobre él, a pesar de que están a cientos de metros- se abaten cuatro objetos gigantescos. Poseen la misma belleza de un frasco de gel de baño de exquisito diseño o de una escultura de mesa, pero a escala ciclópea. Tanto que el viajero tiene que despertar del todo para ajustar lo que está viendo. Necesita el auxilio de lo sublime, ese recurso del ojo humano para ponderar como puede la desmesura de lo inhumano. Porque los soberbios rascacielos del Cuatro Torres Business Area, más que como construcciones, impresionan como accidentes geológicos o megalitos alienígenas. Su desproporción aplasta la chatura de su entorno hasta la insignificancia. El tren sigue camino y el viajero se queda entresoñando con un Madrid posnuclear en el que lo único que permanece en pie son estos mohais de autor.
Fotografía de Oviedo desde el monte Naranco. La imagen comprime los objetos, acentuando la composición de formas y volúmenes que define el rostro de cualquier ciudad. Éste sería más o menos armónico si no lo alterase una masiva presencia blanca construida con materiales, conceptos y propósitos ajenos por completo a los del resto del panorama. De hecho, su desmesurado protagonismo se impone como tema de la foto. Aunque esta vez no haya nada de bello ni de sublime, se mantiene una sugestión de impacto extraterrestre. Como si la Enterprise del capitán James T. Kirk hubiese forzado un aterrizaje de emergencia en pleno Buenavista. O como si se hubiera estrellado en el barrio un Transformer decapitado con yelmo de Santiago Calatrava.
Son los síntomas, subjetivos pero en absoluto hipocondriacos, de un par de casos de una patología que es ya pandemia: la profusión de una arquitectura ensimismada y entiempática, aparentemente incapaz de considerar su entorno, conversar con él y facilitar su asimilación por quienes van a vivir junto a ella. Una arquitectura babélica, aislada entre un involuntario autismo y un orgulloso egoísmo cuya propagación no afecta ya sólo a Barcelona, Londres, Valencia, Dubai, Shangai, Kuala Lumpur, Taipei o Berlín, ciudades emblemáticas de esta ostentosa erupción de lo emblemático, sino también a muchas mucho más modestas que se han sumado al carro de los deslumbrantes proyectos-espectáculo firmados por arquitectos de marca. Pequeñas ciudades donde los síntomas de la hipertrofia se extreman.
La razón es que de estas catedrales contemporáneas ya no sólo se espera lo de siempre: que exhiban el poderío de una corporación, un gobierno, una ciudad o de quien rubrica el proyecto. Desde el milagro de la guggenheimización de Bilbao, se las erige con una fe ciega en que el fetiche rejuvenecerá urbes en decadencia, atraerá turismo y poseerá icono 3D en Google Earth, bien visible y eficaz como un "logo". Se espera magia. Hace sólo unos días, los constructores del rascacielos más alto del mundo, el recién inaugurado Burj Dubai, manifestaban su esperanza en que el nuevo zigurat "infunda optimismo" contra la crisis (aunque nadie haya estudiado todavía si los doce mil obreros que trabajaron a destajo para levantar el ídolo se sintieron más optimistas tras rematar sus 828 metros).
Pero los milagros, como mucho, se producen, no se reproducen. En el mejor de los casos, arquitectura y urbanismo no pasan de ser una mezcla de artes y ciencias aplicadas. Y, hoy por hoy, se agudiza la sensación de que, en mitad de un espacio urbano cada vez más extenso y saturado, a falta de milagros, el mejor arquitecto debería ser forzosamente aquel capaz de tener en cuenta tanto el interior como el exterior, el edificio como su contexto; aquel que se enfrenta al problema esencial de la arquitectura -transformar el espacio en lugar-, valorándolo como el material más importante de su proyecto. Por no hablar del problema del tiempo.
Aquí las posturas también son extremas, pero la coherencia sigue siendo el mínimo exigible. El pragmático Rem Koolhaas ha argumentado con provocativa agudeza en pro de la "ciudad genérica" que está proliferando globalmente, y que no sólo desprecia la historia del lugar sino que no aspira a hacer historia: "Una ciudad es un plano habitado del modo más eficaz por personas y procesos, y en la mayoría de los casos la presencia de la historia tan sólo debilita su rendimiento". En el punto opuesto, resiste el casi artesanal Peter Zumthor, maestro de la integración de la arquitectura en el paisaje, que pondera la historia del lugar: la humana e incluso la geológica, como en sus obras alpinas en los Grisones: "Cada nuevo trabajo de arquitectura interviene en una situación histórica específica. Es esencial para la calidad de la intervención que el nuevo edificio presente cualidades que puedan entrar en un diálogo significativo con la situación existente".
Ni dialogan, ni generan: se imponen
Esta es justo la incapacidad que se achaca a los edificios-emblema. No dialogan, como en Zumthor, ni generan, como en Koolhaas: se imponen. Demasiado a menudo, el nuevo vecino no sólo no ha considerado la existencia del lugar adonde llega, sino que exige que sean los nativos quienes adapten su vida y sus usos a su imperiosa presencia. Y lo peor es que su área de influencia suele ser equivalente a la de una bomba atómica de bolsillo. En estos casos, el proyecto -el arquitecto, el patrocinador, sus coros- se impacientan, exigiendo la misma autonomía que el poeta puro reclama para su obra o el matemático para un teorema, al margen de su uso. Al menos, Le Corbusier, el gran arquitecto que tuvo tanto de déspota ilustrado, fue tan coherente como para declarar que si el viejo París estorbaba a sus proyectos, bastaba con demolerlo.
Claro que él formaba parte de un tiempo en el que el espíritu de la utopía soplaba con fuerza y en el que los arquitectos se planteaban nada menos que cambiar la sociedad con sus proyectos. Aquel espíritu fecundó, sin duda, excesos y abominaciones. Pero ahora la vanguardia arquitectónica parece exclusivamente técnica, bizantina y narcisista: se limita a exhibir ingenio y músculo ante retos inverosímiles, o a abismarse en su brillantez. Es más un manierismo ingenieril, una exhibición de diseño a grandísima escala, que una vanguardia estética, conceptual o incluso política, como lo fue la de hace un siglo. Levanta, implanta (o deja caer) su portentoso objeto en mitad del tejido urbano como quien espera que un broche de diamantes ennoblezca cualquier vestido.
Al ciudadano medio no le queda más remedio que intentar asimilarlo, confiando en que la costumbre y cierto orgullo de nuevo rico ayuden a la digestión. Porque no es lo mismo acudir a la otra punta del mundo para hacerse fotografiar ante uno de estos artefactos maravillosos que verlo cada mañana reclamando su porción del cielo comunal, incongruente como un trampantojo digital que injerta en su barrio un fragmento de la Coruscant de Star Wars. Y, para colmo, sabiéndose expuesto a ser tachado de rehén de esa sentimentalidad de lo pintoresco y lo histórico que Le Corbusier reprochaba a los defensores del viejo París. De nostálgico e incluso de "reaccionario".
Aunque por pura estadística, no es descartable que así sea -ya que el gusto mayoritario, en arquitectura y urbanismo como en el resto de las bellas artes, tiende más al XIX que al XX-, en este caso el debate sobre lo "reaccionario" no se disputa en la cancha de un gusto público que de todos modos nadie tiene en cuenta. La pelota está del lado de de los profesionales, los clientes y los criterios de excelencia. Y ahí puede suceder que lo reaccionario, después de las utopías del XX, sea haberse replegado hacia un concepto de la arquitectura que no pasa del XIX.
No se trata de que los edificios comunes estén siendo de nuevo construidos sin control por particulares o maestros de obra y los arquitectos sólo proyecten catedrales, palacios, edificios públicos y arcos de triunfo. Es un problema de desproporción. Desproporción entre el talento, el trabajo y el gasto que se invierten en estos blasones arquitectónicos y el que se emplea en construcciones y planificaciones urbanas que deberían ser, sin más, emblemas de lo habitable; desproporción entre la demanda pública de una arquitectura de lo suntuario y lo monumental, tributaria del poder -el económico, el político, el tecnológico, el poder del poder mismo-, mientras el ciudadano se siente confinado en metrópolis, urbanizaciones y viviendas que tienden más hacia la insipidez, la fealdad y, en el extremo, la inhabitabilidad y el caos; desproporción entre lo que se sabe de arquitectura y lo que se olvida de urbanismo (incluso de urbanidad) en un mundo conurbado.
Esas diferencias de potencial son las que prenden la crítica del ciudadano medio: el mismo que aplaudió en su día la erección de rascacielos en su vecindad como señal de prosperidad y progreso se cuestiona hoy si los enormes gastos que se acumulan en vertical o en una sola parcela de marca no deberían consignarse a usos más horizontales, planificados, anónimos... y baratos. En términos políticos, es probable que acabe concluyendo que lo que la emblematiza la arquitectura emblemática es, en realidad, la desigualdad social y la extinción de un cierto modelo de convivencia ciudadana.