En ocasiones la imagen real de los veranos de la infancia se ve suplantada por una visión de los campos en agosto ajena, por completo, a mi existencia. Es tan poderoso el espejismo que llega a formar parte de la idea que poseo sobre el mes de agosto. Y, si entorno los ojos, aparece siempre con una nitidez cautivadora, como un lugar amable para solazarme. La imagen es secuencial y se desliza desde unos trigales amarillos, en sazón, bajo un sol poderoso, hasta los espacios umbríos de alguna arboleda y el zaguán oscuro de una vieja casona de piedra donde rezuman los cántaros en un rincón. Y esta visión da paso a la noche. La luna penetra por la pequeña ventana de una habitación con las paredes y el suelo encalados. En el centro hay una cama con las sabanas tersas y almidonadas, y se huele, por igual, el olor fuerte de los melocotones guardados en la alacena y el cieno de la acequia, minutos antes de que corra el agua para regar la pequeña huerta. En realidad todo es un sueño. Todo es el recuerdo de una película: "La noche de san Lorenzo" de Vittorio y Paolo Taviani (1982).
Lo más extraño de esta experiencia es que los hermanos Taviani, si exceptuamos "Good morning Babilonía" (1987) no son santos de mi devoción. Su cine, derivado del didactismo rosselliniano, a pesar de su bienintencionado compromiso político con las ideas de izquierdas, siempre me pareció algo tosco, carente de todo hálito dramático, como si la cruel tijera de la censura -y no la objetividad marxista- hubiese hecho estragos en el discurso normal de sus narraciones. Su celebrada "Padre padrone" (1977), vista en reclinatorio en todos los "cine-clubs" de mi juventud, me dejo, indiferente. Era una brutalidad previsible, casi excepcional, de cara a la galería. La profunda tristeza de "El empleo" de Lauro Olmi", por poner otro ejemplo de cine comprometido, si que me hirió, como debía hacerlo este tipo de películas, haciéndome odiar esa rutina laboral que algunos confunden con la vida.
Hace años que no he vuelto a ver una película de los Taviani, ni "Allosanfan" (1973) ni "Hay que quemar a un hombre"(1962) y guardo, para cuando me lo pida el cuerpo, uno de sus últimos trabajos "Las afinidades electivas"."La noche de san Lorenzo", sin embargo, me parece una obra maestra. Un cuento rebosante de sensualidad y brutalidad al mismo tiempo. La historia de los habitantes del pueblecito de San Martino, en la Toscana, cogidos entre dos fuegos el 10 de agosto de 1944: entre las fuerzas aliadas y los batallones fascistas que quieren seguir su guerra de "tierra quemada". Una madre le cuenta la historia a un niño, esa misma noche, muchos años después, sin obviar ningún detalle escabroso. La matanza de fascistas lanceados entre un mar de espigas por los labriegos, el miedo de las familias dejando atrás sus hogares, la cotidianeidad en el horror: el campesino que comparte una sandía, los jóvenes que se enamoran, los niños que entablan amistad durante la huida, una pareja de ancianos que consuman su amor en el lecho por primera vez. Y las perseidas cruzando el firmamento. Rossellini deja su lugar a Visconti. Y los Taviani, cosas del cine, realizan el prodigio de dar forma a la imagen plástica más luminosa de un verano que nunca conocí: el que precedió a mi nacimiento en 1945. A veces, cuando me recreo en un cuadro de Boticcelli, me ocurre lo mismo, siento que estuve allí: bajo el céfiro, entre las cuatro estaciones, en el mismo bosque. Debemos tener, oculto, un poso de inmortalidad.