La casualidad quiso que asistiera a la conferencia que Ignacio Vicens dictó en la Escuela Politécnica, días pasados. No conocía personalmente al arquitecto, y me sorprendió la energía que este hombre menudo, de ojos inteligentes, despliega ante un auditorio. Vicens es uno de nuestros arquitectos más conocidos, como el lector ya sabe; un profesional de fama internacional que ha visitado las más famosas universidades del mundo. Es probable que sea también uno de los mejores catedráticos de Proyectos del país. Por el entusiasmo contagioso con el que hablaba a los alumnos, diría que es así. Me sorprendió la altura de sus ideas. En lugar de descender al nivel del auditorio -como suelen hacer tantos profesores- Vicens exigía a los estudiantes que le siguieran en su disertación. No es frecuente, en nuestros días, escuchar una conferencia de arquitectura donde se cita con naturalidad a Plinio y Novalis, y se finaliza con unos versos de Keats. Si todo ello se expone con un lenguaje natural, llano, fácilmente comprensible, estamos ante unos de esos milagros que, de tarde en tarde, se producen en la universidad.
Me gustó la defensa que el conferenciante hizo de la ciudad, que fue generosa y apasionada. Vicens es un decidido partidario de la ciudad, que considera amenazada en nuestro tiempo. "La polis -dice el arquitecto- es una de las mayores creaciones del hombre; el magma de donde surgen las ideas y los grandes movimientos sociales". Las últimas corrientes de la arquitectura no creen, sin embargo, en ella. Los teóricos del nuevo pensamiento abogan por lo que llaman el espacio indefinido: una tierra de nadie donde es posible levantar cualquier dislate, que después califican de un hito. Hay mucha teoría de la arquitectura, rebozada con la harina de la filosofía, que por fortuna no pasa de los libros. No obstante, de tanto en tanto, aparece un listo que con el bagazo de esas ideas levanta un pirulí y logra un triunfo apoteósico.
Hoy, lo habitual es criticar la ciudad y responsabilizarla de nuestros problemas. Las prisas, el malhumor, la contaminación, el descontento de los jóvenes, la violencia, la prensa los considera productos de la ciudad. Pero esta se limita a ofrecer el marco donde se manifiestan los conflictos. En aquellos lugares donde se ha construido un espacio que responde a las necesidades de la gente, y no a las de los promotores, estas cuestiones se han suavizado o han desaparecido por completo. El arquitecto británico Richard Rogers dice que "los espacios públicos son la realización física de los valores de la sociedad". Es imposible no estar de acuerdo con la afirmación.
Hubo algo más en la conferencia de Vicens que atrajo mi interés y fue su entusiasmo por la tradición. La tradición no es un simple mirar hacia el pasado, como algunos creen, sino un reconocer de dónde venimos. Claro que para reconocer tenemos que haber conocido. Ese efecto civilizador del conocimiento es, me parece a mí, lo que vindica Vicens con tanta energía.