La muerte de Gonzalo Fortea se ha producido días después del cierre de la galería Italia, a la que el escritor dedicó tantas horas de su vida. La galería tuvo una trayectoria ejemplar, decisiva para mantener entreabierta la puerta del arte moderno en Alicante. Fortea fue de las personas que sin intervenir en la vida pública, contribuyeron a vivificar la cultura de la ciudad desde la discreción de su trabajo. Ese es su mérito. Cuando le conocí, su aspecto llamaba la atención porque desprendía un aire inglés, cosmopolita, poco frecuente en el Alicante de aquellos días. Era un hombre callado, serio, un punto taciturno, al que costaba arrancar una palabra; mantenía una reserva permanente que debía ser, a buen seguro, producto de su timidez. Todo cambiaba, sin embargo, en cuanto la conversación se encaminaba por el terreno de la literatura o del arte, que fue la gran pasión de su vida.
Como escritor, Fortea estuvo muy influenciado por la literatura de Kafka y de Dino Buzatti, cuyo "Desierto de los tártaros" fue una obra de referencia para su generación. Es probable que aquellos jóvenes deseosos de que sucediera algo que nunca llegaba a producirse, se vieran reflejados en las páginas del novelista italiano. Fortea formó parte de un grupo de escritores que, con la excepción de Enrique Cerdán y de Francisco Baeza, apenas escribirían. La literatura era para ellos una Itaca siempre presente en las discusiones, pero a la que no se tenía excesivas ganas de arribar. Por unas razones u otras, pocos estaban dispuestos a mantener esa perseverancia que exige la escritura para producir algún resultado que merezca la pena.
A lo largo de su vida, Fortea se movió entre el cuento y la novela breve. Era el terreno en el que más cómodo se sentía y para el que, probablemente, sus ocupaciones le dejaban algún tiempo. Recuerdo haberle visto más de una vez repasando servilletas de bar en las que había escrito diversos textos que se afanaba en descifrar. Pese a la brevedad de la obra publicada, se transparenta en ella un mundo fantástico, opresivo, absurdo, de un enorme pesimismo. Para Fortea, lo que llamamos realidad nunca es del todo real, y aunque existen puertas para escapar de ella, cuando las atravesamos descubrimos que no conducen a ninguna parte.
La gran obra de Gonzalo Fortea no se produjo, sin embargo, en el terreno de la literatura, si no en el del arte, y fue la galería Italia. Durante treinta años, en compañía de sus amigos Paco Pastor y Elena Escolano, llevó adelante la empresa con un notable nivel de ambición. Es probable que el trabajo de galerista le interesara bastante más que la literatura. Cuando hablaba de arte, dejaba traslucir una pasión y un conocimiento que no se alcanza sin haberle dedicado horas de reflexión. Hay quienes escriben para imaginar una vida que les compense de las limitaciones de la que viven. A Fortea, la galería Italia le permitió crear otro mundo donde, sino la felicidad -una idea quimérica, a la que solemos aferrarnos todo el mundo-, debió lograr la satisfacción que produce el trabajo bien hecho en algunas personas.