Nueva Obra

¡Bienvenidos al paraíso!

Claudio Cerdán dibuja Alicante como nocturna y desatada en Cien años de perdón

15.12.2013 | 14:21
Claudio Cerdán.
Claudio Cerdán.

Aunque yeclano de nacimiento, Claudio Cerdán (1981) lleva camino de convertirse en el radiólogo de las cloacas de la ciudad de Alicante. Sus dos últimas novelas –esta que aquí reseñamos y El país de los ciegos (Ediciones Ilarión, 2011)– componen un díptico que tiene como escenario la capital levantina. O, para ser más exactos, los desagües, la nocturnidad, el lumpen y la corrupción omnipresente de la urbe.
Alumno aventajado del maestro Mariano Sánchez Soler, Cerdán es consciente de que, en el mundo de la novela negra, la calidad ha de venir avalada por la búsqueda de la brevedad y la concisión, por la palabra como un disparo a bocajarro y a sangre fría. Por ello su prosa se adelgaza hasta el esqueleto o, mejor, hasta los nervios y los músculos, pues de esto están formadas sus historias.

Si en El país de los ciegos éramos testigos asombrados de las sangrientas peripecias de un matón tuerto y sentimental, Juan Ramón Durán, en Cien años de perdón (el autor ha echado mano del refranero español como marca de la casa) el protagonista es Antonio Ramos, Mierda de Perro, un corrupto inspector de policía ya entrevisto en la primera novela pero que aquí se convierte en eje y voz de la trama (el empleo de la primera persona y el uso del tiempo presente son otros de los rasgos que hermanan ambas narraciones). La acción se desarrolla durante diez días intensos y sangrientos, donde Cerdán nos describe los desmanes y los pensamientos, no siempre reconfortantes, del inspector protagonista quien, además de lidiar con un psiquiatra que pretende vaciar su (mala) conciencia, una familia desestructurada y desquiciada, unos vecinos violentos, unos conciudadanos poco aconsejables, unos colegas no siempre muy legales, tendrá que vérselas con la mafia rusa, un psicópata asesino de mujeres, un periodista metomentodo, la resolución de una masacre familiar y un colega, Marc Fons, con el cerebro rebosante de violencia contenida.

Cerdán dibuja con trazo firme y eficaz una ciudad nocturna y desatada, el andamiaje que sostiene el paraíso mediterráneo, la verdad sobre la que se cimienta la prosperidad urbanística, el embrutecimiento de una sociedad que no cree en nada ni en nadie, que es consciente de que el mundo se mueve por amor: el amor al dinero. Alicante se nos presenta como la metáfora de aquello que se oculta bajo toda gran ciudad. La ciudad paradisíaca se convierte en un vertedero gigantesco formado por apartamentos con las paredes de papel, avenidas inconclusas y, bajo todo ello, el afán de lucro ilegal, las corruptelas urbanísticas y los desaguisados arquitectónicos.

Cabría achacarle, no obstante, algunos inconvenientes (pocos): la proliferación de tacos y exabruptos, de comparaciones y metáforas impactantes cuya validez se pierde por culpa del exceso; la exageración y la hipérbole argumental, junto a la acumulación de muertes por metro cuadrado y la descripción provocativa, terminan bordeando lo inverosímil y (casi) el ridículo.
A pesar de ello (o por todo ello, dirán algunos), Cien años de perdón es una novela admirablemente bien escrita, no apta para un lector habituado a melifluos best sellers pseudopornográficos, a novelas dibujadas con plumas Parker sobre papel de fumar. Su prosa supura rabia y mala leche a partes iguales, y su lectura aconseja la toma de Álmax u otro antiácido.

Cerdán, como un Balzac, parece tener la pretensión de crear un fresco urbanita, una «Comedia Humana» donde los personajes de sus obras (de las dos que ahora hay y las que, esperamos, vengan) aparecen y desaparecen en unas y otras, se entrecruzan y se confunden: el inspector Ramos, el Tuerto Durán, Farlopero López, los hermanos Organov, el psiquiatra Cortés, el periodista Roger Escudero.
Cien años de perdón se suma a novelas recientes (o no tanto) que han venido a tomar la ciudad de Alicante (y su provincia) como «escenario negro»: pienso en Alacant Blues y en Nuestra propia sangre, de Mariano Sánchez Soler; en El Geòmetra, de Josep-Lluís Rico i Verdú; en El asesino del pentagrama, de Sergio Mira Jordán; o en Puzle de sangre, de Mario Martínez Gomis y J. P. B.

No es una novela optimista, de esas que dejan un buen sabor de boca. Cerdán no lo pretende, y eso se nota desde las primeras líneas. No hay esperanza, parece decirnos el autor. Frente, por ejemplo, al final optimista de Puzle de sangre donde la sonrisa es la bisagra que abre la puerta de la ilusión en un porvenir más dichoso, en Cien años de perdón no hay ni un resquicio para la alegría. El final –duro y sin concesiones– nos recuerda que la vida es una selva y que el ser humano es un depredador más.

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