La comunidad poética

El filósofo Nancy explora  con Platón y Heidegger los trasfondos de la interpretación

25.07.2013 | 01:52

Filosofía

Desde que Platón propusiera expulsar a los poetas, al menos a los malos, de la polis, la filosofía no ha dejado de ocuparse de la poesía y del aún más raro oficio de interpretarla. Sirva como ejemplo la conversación, al borde del silencio, que en 1953 Martin Heidegger mantuvo con un encantado profesor de la Universidad de Tokio sobre la esencia del decir. Lo que empezaba como un diván oriente-occidente, incluyendo jugosas inquisiciones sobre el Iki, el teatro No y hasta el Rashomon de Kurosawa, terminaba cercando a esa criatura alada del rapsoda que el filósofo griego sacralizó en su diálogo Ión. Casi treinta años después Jean-Luc Nancy hizo una particular puesta en abismo de este diálogo en sí mismo abismal, para ensayar una reflexión sobre la filosofía, la poesía y la interpretación que otros treinta años más tarde acaba de aparecer en castellano bajo el título de La partición de las voces, en una edición y traducción excelentes.
Jean-Luc Nancy es una figura central de la filosofía europea de la segunda mitad del siglo XX. Sorprende, por eso mismo, que siga vivo, y tan vivo, en el siglo XXI. Hace unos meses en Valencia, con ocasión de un seminario sobre su pensamiento, organizado por el grupo de Estética y Política de la Universidad Politécnica, Nancy confirmó las dotes dialécticas de quien ha hecho milicia filosófica del pensamiento con el otro. Discípulo predilecto de Derrida, interlocutor temprano de Blanchot, colaborador entusiasta de artistas como Claire Denis, escribió algunos de sus mejores textos a cuatro manos, con su colega y amigo Lacoue-Labarth. Uno de ellos, un clásico imprescindible para entender la estética literaria moderna, acaba de publicarse en edición argentina: El absoluto literario: teoría de la literatura en el romanticismo alemán (Eterna Cadencia, 2012). Muy cercano, en el fondo, a este último, el ensayo que nos ocupa ilustra una fértil y poco transitada forma de pensar al hilo de Heidegger. Su mismo título da algunas claves. Como el propio Nancy señala en su prefacio a la edición española -una agudísima reflexión sobre las tareas del traductor- es difícil encontrar un equivalente castellano de partage que pueda dar cuenta del doble sentido del término, tan cristiano por otra parte, de división y comunidad. Partición es la solución algo chirriante, pero seguramente inevitable, tomada para éste y para el otro título español del autor aparecido también este año (La partición de las artes, Pre-textos, 2013). El esquema de la partición asume y multiplica las duplicidades del lenguaje que Heidegger sentenció en su interpretación de la interpretación. Más interesado por los fondos poéticamente salvajes de la reflexión heideggeriana que por urbanizarlo en la historia de la hermenéutica al modo de Gadamer, Nancy se detiene en las escisiones apuntadas por el selvático maestro: ya no sólo entre el decir y sus condiciones; entre los sentidos de lo dicho y la posibilidad misma del sentido, o, más crípticamente, entre lo presente y lo que hace posible la presencia. Se trata también de la escisión entre la interpretación filosófica y la poética. Y ahí Nancy se distancia del filósofo alemán para hacer suya la mirada perpleja del filósofo griego hacia Ión. Ión, suele olvidarse, no es un poeta. Tampoco meramente un rapsoda. Es un sabio cuyo conocimiento no es el de la poesía en general -no tiene una poética- sino tan solo el de la poesía de Homero.
Ante el interrogatorio de Sócrates, que adopta el papel del interrogado, el del intérprete se muestra como un saber sin técnica ni ciencia. El filósofo puede describirlo, acosarlo y hasta acotarlo. Pero no dominarlo, pues la esencia misma de la interpretación poética está en su pasiva transitividad: una impecable receptividad y un saber estar a la escucha, que participa misteriosamente del mismo fondo del que nace la poesía. Un fondo imposible de alcanzar sin esa recepción-interpretación de quien, en efecto, sabe lo que dice al precio de no poder -ni querer- saber si lo que dice es verdad. A Nancy -y, en el fondo, a Heidegger- le fascina la imagen de un filósofo rapsoda, que dejando en suspenso su inquisición tras el discurso verdadero, señale, evidencie y hasta toque el fondo del que participan la multiplicidad de voces que constituyen el logos poético. No agarrándolo ni concibiéndolo, sino dejándose imantar por él con el mismo entusiasmo con que la voz del intérprete es imantada por la del poeta y ésta por la de los dioses. Más allá del silencio al que aboca un decir, como el de Heidegger, obsesionado por lo indecible, Nancy apunta a las promesas políticas que pueda albergar la conciencia atenta a esta partición: pensar la comunidad sobre un partage y una conversación de voces infinitas, que frente a los peligros de la división y la homogenización, representa el genuino compartir y el ser-juntos constitutivos del logos humano. Con ello nos asegura el final de todo fundamento teológico de la comunidad política. Pero acaso también esté proclamando el final de la propia política, cuya disolución en una comunión redentora sea el mensaje definitivo del filósofo rapsoda.

Ocio


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