El pasado mes de diciembre, cerró sus puertas Revista de Libros, que editaba la fundación Caja Madrid. La publicación era un proyecto atípico, alejado de lo que entre nosotros es habitual en este tipo de empresas. Su modelo estaba más próximo al de ciertas publicaciones anglosajonas, capaces de divulgar la cultura -la alta cultura- de una manera admirable. Durante los años en que mantuvo su cita con los lectores, la revista trató de mantenerse al margen de la moda, imponiendo su propio criterio. No vivió fuera de su tiempo, pero mantuvo siempre una cierta distancia con el mercado editorial y el ritmo apresurado que este pretende imponer. Al evitar las presiones de la industria, Revista de Libros pudo aportar una visión de la cultura más rica y variada que otras publicaciones. Abordó, por ejemplo, temas científicos o económicos con una extensión y profundidad que los suplementos de la prensa diaria pocas veces puede permitirse.
Como sucede en las empresas de esta clase, Revista de Libros no fue una publicación rentable. Dadas las características del país, tal cosa es imposible. Para mantenerse, necesitó unas ayudas económicas que, en su caso, procedieron de la Fundación Caja Madrid. Durante quince años, la Fundación mantuvo puntualmente su compromiso, lo que permitió a la revista consolidarse y alcanzar un notable prestigio en el mundo universitario, que es quien se interesa por estos temas. Con la crisis económica, Caja Madrid debió considerar que la subvención suponía un gasto excesivo y decidió suprimirla. Privada del sostén económico, Revista de Libros se vio obligada a cerrar. ¿Era elevado el presupuesto de la publicación? No lo creo. Estas empresas, aunque precisan dinero para funcionar, no son caras. Cualquier espectáculo de fiestas patronales resulta bastante más caro. No se trata de una cuestión de euros, sino de sensibilidad.
La crisis económica que padecemos está mostrando la endeblez de nuestro mundo cultural, tan dominado por la política. Nuestros gobernantes, que son hombres prácticos, tienen una idea funcional de la cultura, que consideran poco más que una herramienta para ganar votos. El trabajo intelectual serio, riguroso, callado, que exige tiempo y dedicación, no goza del favor de nuestros políticos -como no lo goza de nuestra sociedad. Las primeras medidas de un político ante las dificultades económicas serán siempre reducir el dinero para la cultura, la ciencia y la educación. El político no cree en el mañana. Gastará sin vacilar millones de euros en cualquier proyecto fantasioso -proyecto que la sociedad aplaudirá con entusiasmo- si piensa que puede reportarle votos. En cambio, los escatimará para cualquier empresa cultural o científica si no ve en ella un rendimiento inmediato.
La imagen de la propaganda nos había hecho creer que vivíamos en un país moderno. Ha bastado que temblara la economía para que se viniera abajo el brillante decorado y emergiera la realidad: estamos en Europa, sí, pero todavía nos separa de ella una distancia considerable.