POR JOAQUÍN JUAN PENALVA
Antonio Ferrández Verdú, autor de Analjasilasa, pertenece, por edad, a la misma promoción de poetas que Blanca Andreu o Antonio Gracia, pero siempre se ha mantenido bastante alejado de la dimensión más externa de la poesía. De hecho, este es su segundo libro tras aquel ya lejano Abisal, publicado en 1989, en la colección Indicios del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert. Desde entonces, su poesía ha quedado relegada a las páginas de revistas y antologías, pero ahora emerge nuevamente en volumen gracias a la labor editorial de la Asociación Cultural Empireuma, que la ha editado en su colección Almenara.
Analjasilasa llama la atención del lector desde el primer momento, tanto por su arriesgado -pero atractivo- diseño, a cargo de Antonio J. Maciá Alcaraz, sobre una ilustración de Anselmo G. Mateo, como por el inesperado subtítulo, "poema", y la dedicatoria, excepcionalmente colocada en la cubierta del volumen: "A la memoria de Pedro Medina y José Antonio Medina "El Pájaro"".
Se trata de un poema-libro basado en el fragmento y el verso corto. Como afirma José Luis Zerón en el texto de la solapa, Analjasilasa es un "poema deslumbrante y oscuro, hermético y expansivo y, sobre todo, unívocamente personal", contrario a sí mismo, pero fiel a su autor, que no ha renunciado a una voz intrépida que sugiere más que dice. En una mínima introducción, el propio autor explica de dónde procede el título, una particular pronunciación de "analgilasa" -"como Pedro llamaba a las "pastillicas rosas" (analgilasa) que su madre durante su postración le demandaba pues "le sentaban muy bien""- que, para él, evoca un tiempo y un espacio perdidos, cuando se sentaba con Pedro Medina a la puerta de su casa, en San Antón.
En realidad, todo el libro presenta una interesante sucesión de imágenes alucinantes y alucinadas, que van de lo cotidiano a lo atroz, de lo común a lo excepcional, de lo consabido a lo inesperado: "ladra conmigo / hermana / ladra que nos / asistan en / el hondo de este cuarto / cegado de vísceras / execradas por la luz". A veces, la dicción desgarrada y violenta deja paso a la calma, como ocurre en estos versos: "ya tarde ha de llegar la / calma a este sueño / y esos pájaros al fondo... / de sargazos". En otras ocasiones, los versos parecen recrear paisajes apocalípticos extraídos de El Bosco: "la gran / rata insomne que / nos mece // en esta charca / apacible del instinto / charca horrible del / cobre". Al final, todo culmina en una posibilidad, acaso remota, pero real, de una "matanza nueva": "o hasta cuándo / soportará esta Isaac multitud como / dije / la agónica espera el / prometido hachazo / Ibrahímico la / hastiada zozobra de / aguardar el / histérico golpe / psicótico místico // o acaso no sea / deseable enajenadamente / deseable consumar / una "matanza nueva" / donde todas comamos cerdo...?".
Sin duda, Analjasilasa es una propuesta muy poco complaciente con el lector, radical, otra, y ahí es donde encontramos lo inesperado de la poesía, en la libre asociación de imágenes que construyen una suerte de fin del mundo, personal, es cierto, pero no intransferible, ya que podemos reconocernos en muchos de esos horrores cotidianos, cruz necesaria de una cara amable.