P0R JUAN NAVARRO DE SAN PÍO
El cine se encuentra en permanente transformación. El DVD y el Blue-Ray, el 3D y, especialmente, Internet han modificado nuestra relación con el cine: producción y filmación, distribución y consumo han entrado en una nueva era. Y a pesar de este transitar constante a través de las múltiples pantallas (más privadas que públicas) que atraviesan nuestra vida cotidiana, la mirada del espectador sigue iluminándose, tanto en el "proyector de luna" que inunda la sala oscura como en el falso brillo de la TV o el ordenador. Prueba de esa persistencia cinematográfica, y sus mutaciones audiovisuales, en la sociedad es el inesperado éxito mundial de The Artist (Michel Hazanavicius, 2011), película muda y en blanco y negro, que retrata la transición del cine silente al cine sonoro.
The Artist arranca en 1927, en plena madurez creativa del cine mudo pero también el año en que aparece la primera película sonora, El cantor del Jazz (Alan Crosland, 1927). Entonces tiene lugar el estreno de la última película muda del aclamado actor de Hollywood George Valentin. Lo primero que ve el espectador es una secuencia donde el protagonista es torturado, mediante unos rayos dirigidos a su cabeza que recuerdan a la iconografía de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). En ese instante inicial es cuando el protagonista dice en silencio, a través de los intertítulos intercalados entre los fotogramas: "No hablaré jamás", anticipando lo que será, posteriormente su resistencia, heroica y cómica, frente al inexorable dominio del incipiente cine sonoro.
Con Luces de la ciudad (1931) Chaplin quiso reflejar la ceguera del nuevo cine sonoro para captar la vida, demostrando que era posible seguir haciendo obras maestras sin hacer hablar a sus personajes. Chaplin puso mucho empeño en esta película, y en parte dilapidó su fortuna al igual que le sucede al protagonista de The Artist con su delirante y desesperado filme de aventuras. No obstante, Citylights no es una película completamente muda pues, además de la música, al principio Chaplin se expresa mediante una serie de ruidos ininteligibles. Tampoco lo es The Artist: paradójicamente, hay en ella una sensación de saturación musical sin apenas instantes para el silencio. Esa vía queda sugerida en la brillante escena del sueño sonoro, donde el protagonista se siente angustiado ante el ruido que causan los objetos al ser movidos o el sonido del viento. El silencio interior contrasta con el insoportable sonido que rodea el mundo externo. Este sueño de inspiración vanguardista se aleja de la puesta en escena clasicista que predomina en la mayor parte del largometraje. Únicamente, al final de la película, hay una escena de tintes surrealistas donde la sombra del protagonista se separa de él: el cansancio vital de Valentin hace que su propia sombra se rebele.
Pero, además, The Artist juega con los cinéfilos al anacronismo cinematográfico. Por un lado, encontramos evidentes afinidades temáticas con otras películas: el argumento remite a Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952); Valentin, al igual que la protagonista de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), proyecta en su casa sus antiguas películas cuando el cine sonoro ha olvidado al mudo y sus estrellas. Pero también hay otras referencias más implícitas en sus fotogramas: reconocemos un homenaje a Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) en la secuencia donde Valentin y su mujer desayunan día tras día en medio de un silencio que refleja el progresivo alejamiento de la pareja; los románticos acordes musicales que Bernard Hermann compuso para Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) aparecen también aquí en el último tramo de The Artist. Curiosamente, la primera media hora de la película de Hitchcock carece prácticamente de diálogos, cuando el inspector que interpreta James Stewart se dedica a seguir a la enigmática mujer (Kim Novack) a través de las calles de San Francisco.
Algunos de los planos más memorables de esta película francesa suceden cuando contemplamos a los espectadores en la sala de cine, ya sea viendo una película muda o sonora. En ocasiones no vemos lo que ellos ven, sólo sus rostros expresando alegría, temor, felicidad o asombro. Asistimos, entonces como ahora, a un mundo donde la mirada es compartida.
En The Artist la nostalgia del cine mudo queda superada. Al final no hay rastro de pesimismo en la historia: la adaptación al cambio parece ser promesa de felicidad. E incluso de vida, pues al escuchar la respiración de Valentin parece que éste hubiese despertado de un sueño de sombras silenciosas.