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La luna de Juan Ramón y el sol de Espronceda

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Angel L. Prieto de Paula

En su viaje a los Estados Unidos para casarse con Zenobia, Juan Ramón Jiménez quedó atónito ante el chisporroteo de los letreros de neón y las constelaciones luminosas de los rascacielos de Broadway: "¿Es la luna, o es un anuncio de la luna?", se preguntaba en Diario de un poeta recién casado. Eso fue en 1916. Casi cuarenta años después, en España había ya bastantes farolas por las calles, aunque no tantas como para que el recio ampurdanés Josep Pla dejara de maravillarse ante las infinitas luces de la noche neoyorquina, si bien lo expresaba con menos lirismo que el Andaluz Universal: "Y esto, ¿quién lo paga?". Arrellanados en el Estado del Bienestar, muchos no quieren ni oír la preguntita de marras: quién paga esto. Paga el contribuyente, claro. Lo malo es cuando lo que el contribuyente paga no alcanza para todas las luces, pese a lo cual los políticos en búsqueda de votos, sean de uno o de otro partido, aseguran sin inmutarse que el Estado de Bienestar no se toca. Y particularmente no se tocan los dos iconos del mismo: sanidad y educación. Lo dicen tan serios como Espronceda cuando, en un himno célebre, exigió imperiosamente al sol que se detuviera, con muchas interjecciones y vocativos y mayúsculas, y con las venas del cuello hinchadas: "¡Para y óyeme, oh Sol, yo te saludo!". De entonces acá, el sol ha seguido dando vueltas sin hacerle al poeta ni pajolero caso, lo que hace temer que la realidad tampoco obedezca a los políticos ni a sus votantes. Maquiavelo escribía en El príncipe que donde hay alguien dispuesto a engañar, hay alguien dispuesto a dejarse engañar. Al cabo se podría traer aquí a colación el aforismo que tanto gustaba a Unamuno, y sobre el que construyó el relato de don Manuel Bueno, el cura que predicaba las bondades de un Dios en el que no creía: "Mundus vult decipi", el mundo quiere ser engañado.
Cuando escribo estas líneas, los profesores de Secundaria están soliviantados porque la aguerrida lideresa madrileña, en un movimiento que emularán otros, ha introducido algunos cambios en el régimen del profesorado. No pasarán, gritan estos; la montaña parió un ratón, suspiran aquellos. Para los mortales del común, que ignoran las fructíferas horas dedicadas a la preparación de las clases y las tediosas a la corrección de ejercicios, esos cambios se reducen a la impartición de veinte horas semanales de clases efectivas, en vez de dieciocho. Por eso puede que confundan las quejas de los profesores con algún precedente glorioso. El 15 de noviembre de 1923, transcurridos apenas dos meses desde el golpe de Miguel Primo de Rivera, el general de la "masculinidad completamente caracterizada", Juan Larrea, futuro poeta genial pero a la sazón funcionario de archivos y bibliotecas, arremetió en una carta al chileno Vicente Huidobro contra el nuevo sistema político, que estaba haciendo la vida imposible a los servidores de Estado al robarles el tiempo que él requería para leer, escribir, pensar. "Figúrese", remató sin pizca de ironía, "que nos obliga a ir a la oficina a las 10 de mañana y no nos deja salir hasta las 2". Ante una dictadura de ese calibre, ¿quién se sorprendería de que Larrea acabara marchando a París y escribiendo en francés?

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