Semblanza

Celebración de vida y felicidad

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Celebración de vida y felicidad
Celebración de vida y felicidad 

JOAQUÍN QUÍLEZ FORTEZA Algo ocurre con la figura de Michel de Montaigne. El Señor de la Montaña. Algo ocurre cuando parece que no está nunca y está siempre. Es como esas presencias discretas, que apenas se dejan notar pero que cuando deben decir aquí estoy, están. Y se posicionan. Y no se esconden. Es de ese tipo de personas que no hablan más que cuando de les pregunta, y cuando lo hacen hablan con firmeza, convicción, sentido y honestidad.
De vez en cuando, a Michel de Montaigne se le convoca con esa magia simpática (y poderosa) de la literatura. En estos días, el convocante es Jorge Edwards, chileno, Premio Cervantes, y en la actualidad embajador de Chile en Francia. No es baladí que sea Jorge Edwards el que recupere (tal vez no sea necesario recuperarlo, porque nunca lo perdimos, ni acaso reivindicarlo, porque ya se basta él mismo, con su palabras, sus ensayos) al escritor francés. No es gratuito que lo haga porque hay, en ambos, similitudes y perspectivas comunes, circunstancias biográficas que les unen muy levemente, y sobre todo, porque existe en el escritor chileno hacia el ensayista un grado de fascinación y pasión excepcionales.
La convocatoria del chileno asume, inicialmente, forma de novela. La muerte de Montaigne editada por Tusquets, es una novela que es otra cosa. Es ensayo, es esbozo, son anotaciones, es historia, es biografía y hasta autobiografía. Porque existen instantes y situaciones tangenciales, un algo crepuscular que da carta de naturaleza y sentido a la novela (o las otras cosas).
Los acercamientos, estudios, análisis, ensayos sobre la figura de Montaigne son relativamente abundantes, y algunos de ellos de una valor notabilísimo. Es imposible no señalar la vibrante, llena de emoción y compromiso obra de Stefan Zweig, Montaigne, o el delicioso libro Por el país de Montaigne de Adolfo Castañón, o el perspicaz y certero ensayo de Joan Lluis Llinàs L'home de Montaigne. Una lectura del Assaigs, por citar algunos. La convocatoria de Jorge Edwards es, en este sentido, más ambigua, pero no en un sentido peyorativo. La suya es una exploración que se acota temporalmente, en 1588, instante clave para Montaigne, su obra, la historia de Francia y de Europa. En ese año el ensayista, el filósofo, alcanza los cincuenta y cinco años y sabe que no lo queda mucho tiempo. En ese año conoce a Marie de Gournay, una joven de veintidós años, ferviente lectora y apasionada de los ensayos, se convierte en su "hija de adopción". Estamos ante una relación crepuscular, sí, con un cierto halo de misterio, de ambigüedad, de pasión intelectual, de sensualidad, que Jorge Edwards dibuja con pinceladas cortas, esbozando, sugiriendo ante todo.
De telón de fondo, la faceta política, pública, diplomática de Montaigne. Las guerras de religión en Francia. La compleja y turbulenta llegada de Enrique III de Navarra al trono francés. Y es entonces cuando percibimos que, en realidad, las cosas no han cambiado tanto. Que las formas son distintas y los conflictos los mismos, que la naturaleza humana y política tiene una esencia que Montaigne supo ver, entender y comunicar como pocos, y por ello mismo su absoluta, radical y en ocasiones hiriente actualidad. En su caso, a diferencia de otros intelectuales, podemos hablar de coherencia total entre vida y obra. Su paso por la política fue ejemplo de acción honesta, comprometida, y su negativa a someterse al poderoso (incluso al monarca) representa una postura única e irrenunciable. Y todo ello sin la menor solemnidad, tomándose en serio cuando corresponde, y siendo travieso, humorístico, desvergonzado cuando hay que serlo. Jorge Edwards sabe incardinar de manera natural muchos de estos rasgos, muchas de estas situaciones, con experiencias y elementos biográficos que le son propios, invitando al lector a realizar esas transposiciones temporales que, en ocasiones, tan saludables son para la inteligencia. Alude, el autor chileno, como llegó a Montaigne. Y aquí aparece la figura de Azorín, gran lector del ensayista francés. Los pasajes en que Azorín pernocta en el Monasterio de Santa Ana en Jumilla son harto elocuentes, cercanos, y nos hablan de como la vida se halla en los lugares más recónditos.
Aunque el título de esta novela (o no novela) sea La muerte de Montaigne, hay vida, mucha vida en el libro. Mucha felicidad. Escribe el autor: "Ahora insistiré en el tema de su (inevitablemente relativa) felicidad. Su manera de contar, de reflexionar, de pensar caminando, de partir a caballo son programa fijo, de reunirse con sus amigos sin necesidad de pretexto, correspondían a esta forma de felicidad. Hay pasajes en los que su alegría de escribir (de vivir) salta a la vista. Más que eso, brinca en cada página, vibra en la frase. Su preparación para la muerte era parte de su culto de la vida, del instante, de la belleza de las cosas. La convivencia de la muerte fortalecía la conciencia de la vida. Vista de este modo, la vida era mejor. Adelantarse a la muerte, pensar en ella a cada rato, era un error. La conciencia, mal entendida, podía hacernos vacilantes, indecisos: convertirnos en cobardes".
Estamos ante un libro, ante un personaje que, son, en definitiva, celebración del pensamiento, la inteligencia, la literatura, el humor, el compromiso, la belleza, en definitiva, vida, pura y simple vida.

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