27 de octubre de 2016
la transformación de la sociedad

Penuria, consumo y crisis

De la autarquía y el pluriempleo a las políticas de la Unión Europea. De carecer de instituciones de educación superior a disponerlas en demasía

28.10.2016 | 00:41
Fábrica zapatera ilicitana en los años 60.

Con poca diferencia de edad, INFORMACIÓN y yo casi somos de la misma quinta (palabra esta en desuso desde que la mili ha dejado de ser obligatoria). Por eso esta crónica de los «hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa» tiene algo de autobiográfica. Viví fuera de Alicante primero, fuera de España después, pero en la provincia los últimos cuarenta años, cifra ominosa donde las haya. En estos cuarenta años he pasado de llevar en mano mis colaboraciones escritas a máquina a las oficinas de la calle Quintana, a enviarlas vía internet desde cualquier lugar y sin que la impresión de los tales pase por el linotipista y el corrector de pruebas. Quiero decir que el cambio tecnológico tiene efectos evidentes también en ese campo. Pero vayamos a la crónica.

Los primeros años de estos 75 fueron terribles, aunque después la cosa se fue suavizando poco a poco. La última guerra civil española se podía decir que había terminado precisamente en Alicante donde había habido campos de concentración y de donde había partido el barco que se llevaría al exilio a los concentrados en el puerto de la capital. La postguerra fue una mezcla de represión política, carestía y desabastecimiento económico y rampante nacionalcatolicismo cultural. Fueron los años más duros de la dictadura de Franco.
La represión, como el tango, es cosa de dos. No todos alicantinos, pero con suficientes alicantinos en un lado y otro como para convertirla en un fenómeno también local. Denuncias, delaciones, separación del cargo o del empleo (aunque el caso del magisterio fue particular gracias a algún inspector particularmente razonable; y el caso de algunos municipios, gracias a alcaldes razonables, también) y encarcelamientos fueron las formas más suaves de aquella represión en la que se mezclaba la venganza de unos (te hago lo que me hiciste o lo que hiciste a los míos) y la aplicación de una ideología totalitaria de otros. Muchas veces, he de suponer, mezclándose una y otra.

La economía tenía que ir necesariamente mal. Por un lado, la destrucción causada por aquella guerra en el aparato productivo tenía que tener efectos negativos. De hecho, el PIB español tardaría años en recuperar los niveles que tuvo en la República. Por otro, el cierre de embajadas, el aislamiento del gobierno español sospechoso de colaborar o haber colaborado con los nazis alemanes y fascistas italianos y su afición a los bombardeos sobre poblaciones civiles (hubo Guernica, sí, pero también hubo Mercado Central de Alicante ciudad). La autarquía, entonces, se instauró con la necesidad de confiar en las propias y escasas fuerzas que incluía unas iniciales nacionalizaciones (que resultaron no ser necesariamente de izquierdas) para llegar al Instituto Nacional de Industria (INI). Tiempos, pues, de pluriempleo (hubo quien llegó a trabajar en tres sitios distintos, mañana, tarde y fin de semana). Tiempos de cartillas de racionamiento (recuerdo haberlas visto por casa) y de su correlato inmediato, a saber, el contrabando, el «estraperlo». Traigo a la memoria haber visto mujeres escapando del tren que entonces unía Valencia con Alcoy pasando por mi Albaida natal y cómo mis abuelos me explicaban que se trataba de «estraperlistas» que huían de la Guardia Civil.
Finalmente, la mentalidad dominante o, si se prefiere, la «oficial» en aquella dictadura, era la del nacionalcatolicismo. Nacionalismo extremo («España es una unidad de destino en lo universal», tomado de los falangistas) antes que nada y bajo el mando del Movimiento Nacional que, junto a la «familia, municipio y sindicato» (vertical, por supuesto) trasmitiría valores y actitudes que todavía perduran. De hecho, las reticencias que algunas personas muestran todavía hacia el nacionalismo españolista vienen, precisamente, del tufillo de «franquista» con que suele venir acompañado. No era para estar orgulloso de la situación («Amamos a España porque no nos gusta», de nuevo con los falangistas), pero venía edulcorada por una fuerte presencia del catolicismo vertical (la jerarquía primero, los laicos muy, muy al final de la pirámide). No solo se trataba de calificar a aquella guerra de «Cruzada», sino de dar cobertura legitimadora a la situación social y económica que se vivía. Había, pues, que re-cristianizar España, cosa en la que algunos obispos dedicaron notables esfuerzos a lo largo de aquellos primeros años colaborando con la represión. También en Alicante.

El cambio (la «revolución») se produce en los años 60 promovido, precisamente, por destacados miembros de la organización católica Opus Dei. Tenían muy poco de liberales y sí eran claramente intervencionistas. Estaban situados en el gobierno central en franca porfía con los «azules» de Fraga Iribarne y mientras se utilizaba la denuncia de corrupción del caso Matesa como arma arrojadiza dentro de la cúspide del régimen (nada nuevo bajo el sol). Si hasta esta «revolución» de los «López» (Bravo, Rodó, de Letona) la población activa era mayoritariamente agrícola, el Plan de Estabilización primero y los Planes de Desarrollo después, produjeron un cambio espectacular en dicha composición aumentando la industria y, sobre todo, los servicios.

No es que Alicante no tuviese industria. La había tenido desde mucho antes, sobre todo en el caso de Alcoy con su temprana revolución industrial, «manchesteriana» incluso en el aprovechamiento del río para obtener energía. Con aquella industria se produjo un auge de una clase obrera combativa que explica por qué hubo destacamentos militares en la ciudad hasta hace relativamente poco tiempo. Represión, no solo apoyo a instalaciones compartidas con nuestro nuevo socio, una vez superada la autarquía y el cierre de embajadas, o sea, el gobierno de los Estados Unidos. Pero volviendo a la industria, son los años en los que la artesanía previa se trasforma en industria. Como en Ibi, Elda y, evidentemente, Elche (eso de que hubiera mayor porcentaje de Mercedes que en el resto de España tiene algo de mitología, pero no carece de base).

Algo parecido a lo sucedido con el turismo. Gabriel Miró describía lo que vio en Benidorm y que no reconocería ni remotamente en la actualidad: pequeño pueblo de pescadores al que acudían algunos madrileños en verano, que supongo que aumentarían algo gracias a ATESA, la empresa de transportes del INI, aunque no debió de ser mucho, como provincia «castigada» que había sido. Es después, con el «franquismo maduro» y apropiadas visitas al Pardo, cuando se produce ese «boom» en paralelo con otro: el de la emigración masiva del campo a la ciudad y al extranjero.

Mención especial merecen los «pied noirs», los emigrantes españoles al Norte de África (Marruecos y Argelia en particular) por motivos tanto económicos como políticos. Conozco casos de amigos en cuya familia pesó uno y otro de dichos motivos. La importancia de su retorno no puede ser minimizado aunque no sea más que en el terreno de la restauración alicantina. Y, bueno, la inmobiliaria.
Pero el turismo de masas y de bikinis se convierte en una fuente importante de ingresos junto a la venta de terrenos para las infraestructuras. Las remesas de los emigrantes también lo eran, pero no influirían tanto (aunque influyeron) en el relativo declive de aquella moral nacionalcatólica y en la apertura de mentalidades como lo hizo el turismo.

El cambio en los años 70
Entramos, entonces, en la era del consumismo, casi como una reacción a las penurias de la larga postguerra que acompaña a las crecientes demandas políticas. Como diría un ministro (del Opus Dei, es decir, de los «revolucionarios»), hacía falta llegar a un determinado nivel de renta per cápita para poder, entonces, plantearse la cuestión de la democracia. La oposición al régimen comienza a crecer en la clandestinidad y todavía produciendo detenciones y exilios (periodistas incluidos).
En esa época llego a Alicante, a mitad de los 70. En el tardo-franquismo. Es decir, más de la mitad de mi vida la he pasado en Alicante y ahí ya puedo hablar casi en primera persona de lo que he visto y vivido. Todavía había quien vivía en la etapa anterior y una buena amiga decía aquello de que «en Alicante (ciudad) nos conocemos todos». Y ya no era cierto. La industrialización y los servicios habían cambiado la provincia y el aumento de capacidad de compra había llamado la atención sobre la ausencia de instituciones de educación superior y la necesidad de contar con ellas.

La andadura se inicia, desde el Ayuntamiento de Alicante, promoviendo la ESCE, la escuela de empresariales que, finalmente, se confiaría a los jesuitas después de algunos frustrados tanteos previos a otras organizaciones. Eso era en 1965. En unos años, dicha institución, hoy desaparecida, sabe a poco y se inician los trámites para llegar a una universidad pública propia. No parece que los jesuitas quisieran hacerse cargo de la misma; creo que tal teoría pertenece a las fantasías conspiranoides de alguno de los que dirigieron lo que sería el germen de la primera universidad, a saber, el Centro de Estudios Universitarios, CEU, adscrito a la Universidad de Valencia. De hecho, cerraron la ESCE.
Recuerdo algún comentario malévolo sobre la creación de centros de formación de nivel universitario: muchos alicantinos, decía mi amigo, dejarían de producir buenos empresarios (como los que había habido antes de que hubiese tales centros) y pasarían a querer ser funcionarios. No sé si tenía razón, y mucho menos después de la proliferación de autoempleos reciente, pero el hecho es que ahora coexisten tres universidades (dos públicas y una privada, sin contar el centro de la UNED en Elche) y ha llegado a haber planes para la creación de otras dos (privadas, por supuesto: si dos públicas ya parece que son muchas, no te digo si fuesen tres o cuatro las privadas las que se añadieran).
Años de crecimiento, de Transición, de desmantelamiento, desde dentro, del Movimiento Nacional, de nuevas instituciones, de confianza en el futuro, de adaptación a los nuevos tiempos que se viven con algunos sobresaltos. Los políticos son evidentes: el 23-F y el peculiar papel de las autoridades políticas alicantinas. Los económicos, también: cierres de empresas por aparición de nuevos competidores. Y, claro, los sociales y culturales. Algo de desencanto, de «pasotismo», de postmodernidad, de comportamientos acomodaticios aunque la Transición fue, antes y después de la muerte de Franco, una etapa de clara politización que, dejando a un lado a los «pasotas», dividía a la población entre los que pensaban que «contra Franco vivíamos mejor» (ahora la política hacía ver que una cosa es predicar y otra dar trigo) y los que decían «con Franco vivíamos mejor» (refiriéndose, en particular, al incremento de la delincuencia y, en general, a la inseguridad, cosa que nunca he sabido si tenía base empírica o, sencillamente, se trataba de una impresión trasmitida por algunos medios). Y años en los que se intenta «desmochar los Pirineos» con el ingreso en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea.

La crisis cuyo inicio, simbólicamente, se sitúa en 2008 con lo de Lehman Brothers, ha traído también cambios profundos aunque no sea más que en el sector financiero. El Banco de Alicante ya se había fusionado con el BBVA mucho antes, como desapareció la Caja de Ahorros Provincial absorbida por la CAM en 1992. Pero la venta de esta última al Banco Sabadell ha supuesto un cambio notable en las relaciones empresa-cliente y en las decisiones empresariales. El que se haya mantenido la Obra Social de aquella CAM es, de momento, algo más simbólico que efectivo. En todo caso, no es comparable con lo que fue la Obra Social de la CAM, antes CAAM, antes CASE, que también ahí subyace un interesante cambio producido en la provincia.

Pero no solo en ese sector son observables los cambios ya que las crisis en las empresas y en sus asociaciones (tanto directamente empresariales como indirectamente, del tipo de las diversas cámaras de comercio que hay en la provincia), el desempleo que ya se arrastraba, la economía sumergida (con porcentajes estimados muy altos en relación a otras provincias españolas que ya venían de antes), los desahucios, la inseguridad ante el empleo y las pensiones y otros componentes atribuibles a las políticas impuestas en parte desde Madrid, pero sobre todo desde Bruselas, han producido innovaciones en la política, han alterado la estructura social (ricos más ricos, pobres más pobres) y han introducido nuevos elementos en la mentalidad dominante, tal vez ahora menos menfotista, pero no por ello más movilizada. Agitada, tal vez, pero no mezclada.

Pero hay cosas que no han cambiado mucho en estos 75 años. La más evidente y que viene a cuento, es el carácter centrífugo de la provincia de Alicante ya perceptible en la proliferación de Cámaras de Comercio. No es solo cuestión de la presencia de polos industriales y poblacionales importantes, sino la tendencia histórica a que las comarcas del Sur miren hacia el Sur (Orihuela es el caso más evidente: hasta hace relativamente poco tiempo las compras en grandes almacenes se hacían en Murcia), los del Oeste miren al Oeste, aunque en menor medida, y el Norte mira el Norte (hasta en la compra de periódicos). No se olvide, en efecto, que en la provincia hay una universidad más, junto a las ya indicadas, a saber, la de Valencia, presente en Alcoy. Y lo mismo se puede decir de la organización territorial de la Iglesia Católica, con zonas que pertenecen a la archidiócesis de Valencia y zonas que están dentro del obispado de Orihuela (después llamado Orihuela-Alicante).
La provincia no solo es centrífuga sino que también es heterogénea, con múltiples «monocultivos» industriales, evidentes mapas políticos diferenciados e históricas divisiones lingüísticas: localidades en las que nunca se ha hablado valenciano/catalán (táchese lo que no convenga), localidades en las que se perdió totalmente pero en las que se había hablado (como en la Vega Baja), localidades en las que se ha perdido por falta de apoyo social (y fuerte presencia de inmigración no-provincial, como es el caso de la ciudad de Alicante) y localidades en las que sigue suficientemente boyante al ser la lengua de la burguesía local. Los intentos de la Universidad de Alicante de reproducir el modelo lingüístico de la Universitat de València no han acabado de fraguar como también parecen problemáticos los intentos de introducirlo obligatorio en localidades en las que nunca ha estado presente. No solo eso: es observable que su introducción obligatoria en localidades en las que carece de apoyo social (pienso en la ciudad de Alicante) no lleva asociado un aumento de su práctica en la vida cotidiana.

Los pequeños «piques» entre ciudades (como el de Alicante-Elche, que no son los únicos) parece que se van reduciendo y se abre paso la idea de colaboración (que incluye el mejorar la comunicación entre la estación del AVE alicantina y Benidorm o prolongar dicho tren hasta Elche).
En resumen: en estos 75 años la sociedad alicantina (provincial, no solo capitalina, que también ahí hay Qüestió de noms, que diría Joan Fuster) ha cambiado profundamente siguiendo los cambios producidos en el país en la que está inserta, es decir, España y en la estructura de poder superior, la Unión Europea, que ha pasado de «sugerir» políticas socialdemócratas al viejo estilo a hacerlo en términos «neoliberales» al nuevo. Estas «sobredeterminaciones» (con perdón) se han reflejado según las características espaciales, sociales y económicas propias. No ha cambiado mucho, en cambio, la oscilante relación entre capitales (Alicante y Valencia) o, si se prefiere, entre sus respectivas clases dirigentes locales. Hay intereses por uno y otro lado que llevan a la competencia y, retóricas al margen, no se han puesto los medios para «vertebrar» el País (País invertebrat - País perplex). El minoritario nacionalismo valenciano (de Valencia), no acaba de echar raíces en Alicante excepto en las zonas lingüísticas en las que el valenciano/catalán (repito lo de táchese lo que no proceda) sigue vivo y se siente amenazado.

De una sociedad agraria a una sociedad de servicios, de penuria a consumismo y de ahí a la crisis, de carecer de instituciones de educación superior a disponerlas en demasía, de élites cerradas a pluralismo en «los de arriba», de cierta combatividad de «los de abajo» a relativa desmovilización. Lo que sí tengo que constatar es que mis algo más de cuarenta años viviendo aquí han sido positivos. Aquí establecí el matrimonio y aquí nacieron nuestros hijos. Qué futuro les espera a los suyos es algo en lo que no voy a entrar ahora. Cuando Keynes lo hizo con su «Qué futuro para nuestros nietos», es obvio que cometió muchos errores en sus predicciones. No voy a ser yo quien compita ni en esta ocasión. Como notario, simplemente levanto acta de lo que creo que sucedió sin pretender en ningún momento hacer un mapa a escala 1:1. Nadie es perfecto.

Feliz cumpleaños, amigo INFORMACIÓN, testigo y reflejo de estos cambios.

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