27 de octubre de 2016
La cultura

El fulgor de una década

En el transcurso de los años que van de 1965 a 1975, Alicante vivirá una transformación cultural de una intensidad y magnitud desconocidas hasta entonces

29.10.2016 | 01:37
Conferencia de Cela en la primera Aula de Cultura de la Caja de Ahorros del Sureste.

Dibujar un panorama de la cultura alicantina en los últimos setenta y cinco años, no es una tarea fácil. Los sucesos que se han producido a lo largo del periodo han sido tantos y tan diferentes que resulta complicado resumirlos en unas cuartillas. Para trasladar al lector una imagen fiel de lo sucedido en el mundo de la cultura a lo largo de esos tres cuartos de siglo, necesitaría, además, unos conocimientos que no poseo. En el mejor de los casos, los periodistas sabemos un poco de casi todo, pero no dominamos ningún tema en profundidad. Es el punto débil de la profesión. Me limitaré, pues, a dibujar en unos trazos lo que para mí fueron aquellos años, recurriendo a la memoria que tengo de ellos. Espero que algún día los historiadores se animen a contar con detalle la historia de nuestra cultura, que tantas cosas podría revelarnos sobre nosotros.

El Alicante de los años cincuenta, que es el Alicante de mi infancia, apenas alcanza los cien mil habitantes. Es una ciudad amable, que se recorre en dos zancadas y en la que todo el mundo se conoce. Es, también, una ciudad triste. El país vive en un régimen de autarquía y escasez, sometido a una férrea dictadura. No es preciso decir que, en estas condiciones, la vida cultural de Alicante es pobre, muy pobre: unas exposiciones de pintura convencionales, alguna que otra charla, un concierto de tarde en tarde, y el teatro, sobre todo el teatro de revista.

En cuanto llega el verano, se produce, sin embargo, una excepción que rompe la insípida vida cultural de la provincia: los Festivales de España. Durante algunos días, el público tiene la posibilidad de asistir a conciertos importantes; ver obras de teatro a cargo de las mejores compañías, y, en ocasiones, incluso algo de ballet. El gran Maurice Bejart nos visitará en una de ellas. Los festivales más famosos de la provincia son los que se celebran en Elche, en el Hort del Xocolater, y se consideran un acontecimiento social. Alicante también tendrá sus festivales, pero ni el marco ni la programación alcanzarán la misma categoría.

Los Festivales de España no respondían a la realidad del país. Eran un instrumento de propaganda que el gobierno utilizaba para dar una imagen de modernidad que la prensa del momento, bien adiestrada, se encargaba de airear. Acabados los espectáculos, la vida cultural regresaba a la mediocridad propia de la época, ese tono gris que ha quedado grabado en mi memoria. Nada explica mejor el estado de la cultura en Alicante, durante aquellos años, que el número de centros de enseñanza que tenía la ciudad: un único instituto de Enseñanza Media, una Escuela de Magisterio y otra de Comercio.

No sería justo acabar el recorrido por ese tiempo sin mencionar la biblioteca Gabriel Miró. La biblioteca fue una creación de la Caja de Ahorros del Sureste de España y se inauguró en 1952, en un edificio de la calle Rafael Terol, a espaldas de la sede central de la Caja. Durante muchos años fue, si no estoy equivocado, la única biblioteca de Alicante en activo pues la Provincial se encontraba, en la práctica, fuera de servicio. Para el alicantino con alguna inquietud cultural, la biblioteca Gabriel Miró fue un refugio que le surtía de lecturas. Allí leímos, en la revista Poesía Española, los primeros versos de Pessoa –cuando todavía no sabíamos quién era Pessoa– y de Vicente Aleixandre, y conocimos a Camus, que tanto habría de impresionarnos.

Escándalo en la ciudad
 Al igual que en el resto del país, Alicante comienza a despertar a principios de los años sesenta. Las causas hemos de buscarlas en el Plan de Estabilización que el gobierno había aprobado en 1959, ante la mala situación en que se encontraba la economía. El Plan abrió la puerta a las inversiones extranjeras, que encontraron en España una mano de obra abundante y barata para sus empresas. Las consecuencias comenzarán a verse en los años siguientes, cuando el dinero circule y aumente el nivel de vida de la población. La cultura se contagiará pronto de ese clima favorable que trajo la buena la marcha de la economía.

El primer anuncio de que las cosas empezaban a moverse en Alicante se producirá en febrero de 1965, durante el fallo del III Salón Nacional de Pintura. El Salón era una de las escasas manifestaciones culturales de relieve que se celebraban en la ciudad. Su carácter nacional y el hecho de estar patrocinado por la Caja de Ahorros del Sureste le otorgaban una gran importancia a los ojos del público, poco habituado a las grandes exposiciones. La Caja era por entonces „lo sería durante muchos años„  una institución muy respetada entre los alicantinos, con un gran peso en la economía provincial.

La organización del Salón estaba encomendada a Ernesto Contreras, empleado de la misma Caja y que poco antes había obtenido un accésit en el Adonais, el premio de poesía más valorado en aquel momento. Formado en las ideas estéticas de Luckas y Galvano della Volpe, Contreras ejercía como crítico de arte en INFORMACIÓN. El jurado de esta tercera edición del Salón –jurado que había elegido Contreras– lo formaban los señores Aguilera Cerni, Rodríguez Aguilera, y Manuel Sánchez Camargo. Era, posiblemente, uno de los mejores jurados de arte –hablamos de pintura de vanguardia– que se podía reunir en aquel momento. El fallo respondió, como era lógico, a las ideas y al gusto estético de esas personas. Los artistas premiados fueron Solbes y Valdés, que compartieron la medalla de oro, Carlos Mensa y Eduardo Sanz. Visto con la perspectiva que dan los años, no podemos decir que el jurado estuviera desacertado en su elección.

Era imposible que Alicante aceptara sin protestar unas obras como las elegidas. La ciudad vivía por completo de espaldas a las corrientes del arte del momento. Como sucedía en la mayor parte del territorio, el alicantino se inclinaba por una pintura amable, de gusto fácil. El fallo,  por fuerza, tenía que disgustar en una sociedad semejante. El escándalo fue mayúsculo y durante varios días el tema dominó todas las conversaciones. El periodista Fernando Gil lo contaba de esta manera en INFORMACIÓN: «El asunto empezó con champaña y concluyó en un berrinche casi colectivo. Cincuenta personas invitadas, unas botellas de vino espumoso y dos horas de interminable espera para que el jurado facilitara su resolución y la hiciera pública.

Lo que había empezado con muy buen humor a las once de la noche, concluía a las dos de la madrugada en un ambiente de desagrado porque buena parte de los asistentes –y nos quedamos cortos– mostró su disconformidad al conocer el fallo que, dicen, es un fallo de otros». La polémica llegó a un punto que obligó a pronunciarse al propio director de la Caja, Antonio Ramos Carratalá: «El fallo del jurado [...] me decepcionó profundamente por dos razones: una, que no cabía esperarlo de un jurado que lo integraban personas de indiscutible valía por su solvencia intelectual en todos los órdenes y muy destacadamente en el artístico y pictórico; la otra, por las obras premiadas argüía que los primeros galardones premiaban una inquietud, un ambiente, en el campo de lo social; pero aun admitiendo ello, las obras, a mi criterio, no merecían ser premiadas».

Renovación artística
La labor de Contreras como crítico en las páginas de INFORMACIÓN tendrá una gran incidencia en el arte alicantino de la época. Contreras fue un decidido defensor del arte moderno y trabajó para abrir la provincia a las nuevas corrientes estéticas del país. La creación de Alcoiarts y del Grup d'Elx fue resultado de esa influencia y el crítico ejerció como mentor de los artistas durante un periodo. Estos dos grupos de pintores participaron activamente en la puesta al día de la pintura en la provincia. Su propósito era revitalizar el arte local, que se encontraba estancado ante la falta de estímulos, y asociarlo al que se hacía en las grandes capitales de la nación. Los encuentros que organizó el Grup d'Elx, a los que asistieron los mejores artistas españoles del momento, contribuyeron a difundir entre nosotros las nuevas ideas.

Atribuir la renovación del arte en la provincia únicamente al trabajo de estos hombres quizá resulte exagerado. Su labor fue, sin duda, destacada, pero quizá debamos verla como un elemento más del espíritu abierto que marcó la época. Aunque, en ocasiones, los cambios puedan deberse al genio individual, lo normal es que las cosas se produzcan de otra manera. Suele necesitarse algo más que la voluntad de un individuo para iniciar el proceso: hace falta un fermento que ponga a trabajar a la vez a un buen número de voluntades diferentes. Eso fue lo que sucedió en la provincia de Alicante en esta ocasión.

La gran transformación
En el transcurso de los años que van de 1965 a 1975, Alicante vivirá una transformación cultural de una intensidad y magnitud desconocidas hasta entonces. En cada población de cierta importancia surgirá un grupo de teatro: en Elche será La Carátula; en Elda, Coturno; Alba 70, en Alicante. Es en este periodo cuando La Cazuela, que se había fundado en Alcoy, en 1955, realice los montajes que le proporcionarán una fama nacional. En 1965, los alcoyanos presentan una adaptación de «El proceso», de Kafka y, al año siguiente, «La muralla china», de Max Frisch, la obra que tanto prestigio habrá de darle al grupo. La modernidad de los repertorios será una de las características de estas compañías. Las obras que producen son, casi todas ellas, de autores contemporáneos y, en muchos casos, de dramaturgos extranjeros. Hay un deseo general de cambio, un ansia por conocer cosas nuevas, actuales, en un intento de recuperar el tiempo perdido.

Esta inquietud no será exclusiva del mundo del teatro, y alcanzará otros ámbitos. A partir de 1965, los acontecimientos se suceden con rapidez, de un modo casi vertiginoso. En diciembre del 66, inicia sus sesiones el Cine Club Chaplin. Un año después, en 1967, se funda el Club de Amigos de la Unesco, bajo la presidencia de honor de Oscar Esplá. Ese mismo año, el Instituto de Estudios Alicantinos inicia una etapa con mayor presencia pública. Fundado en 1953, el Instituto apenas había mantenido actividad hasta la llegada de Pedro Zaragoza a la Diputación Provincial. El Centro de Estudios Universitarios „que será la base de la futura universidad„ se crea en 1968. Cuatro años después, en 1972, la Sociedad de Conciertos comienza a ofrecer sus recitales. El Aula de Cultura de la Caja de Ahorros se inaugurará en 1974, y, al año siguiente, lo hará la Asociación Independiente de Teatro, que traerá a Alicante a las mejores compañías del país.

Estas instituciones desempeñaron, cada una a su modo, un papel relevante en la difusión de la cultura en Alicante. Con todo, hay dos que merecen una especial atención por el papel que desempeñaron en la transformación de la provincia: el Aula de Cultura y el Centro de Estudios Universitarios.  

El Aula de Cultura de la Caja de Ahorros fue un proyecto personal de Francisco Oliver Narbona, su director general por entonces. En una de esas paradojas que con frecuencia nos ofrece la historia, fue un hombre de talante conservador quien creó la institución que más contribuyó a difundir las ideas modernas y liberales en Alicante. Oliver nombró director del Aula a Carlos Mateo, que había desarrollado toda su vida laboral en la Caja. Con un gran sentido común, Mateo abrió el Aula a las necesidades de la sociedad alicantina y ésta respondió llenando a diario las instalaciones. En el transcurso de unos meses, «el Aula –en palabras del propio Mateo– se convirtió en un auténtico foro de debate del mundo de las ideas y del pensamiento, y expresión de las corrientes estéticas y artísticas de la modernidad». Alain Touraine, Lefevbre, Umberto Eco, Leonardo Sciascia, Franco Basaglia, Paul Ricoeur, Edgar Morin, Jean Braudillard, Ferrater Mora, Hugh Thomas, Tuñón de Lara o Paul Preston fueron algunos de los conferenciantes que pasaron por sus salas. La programación tuvo siempre, en todo momento, un gran aliento intelectual.

La creación, en 1968, del Centro de Estudios Universitarios será un hecho de extraordinaria importancia en el futuro de Alicante. Aunque los comienzos fueron un tanto convulsos y la empresa estuvo a punto de naufragar en algún momento, la idea logró abrirse paso y once años más tarde Alicante tenía universidad. El periodista Mira Candel ha contado con detalle estos pormenores en el libro que escribió sobre la historia del CEU. Pese a la modestia con que el Centro funcionó en los primeros años, con el tiempo ha sido la institución que ha tenido un mayor impacto sobre la cultura alicantina. Sus efectos sobre la provincia, en general, fueron extraordinarios y la universidad se convirtió en un agente cultural de primer orden.

Cambio de escenario
La llegada de la democracia supondrá el fin del movimiento que había renovado la cultura alicantina de una manera tan excepcional. No hay en ello ninguna paradoja, pues se trata de un hecho perfectamente natural. Llega un momento en que estos movimientos se agotan porque las circunstancias que los propiciaron cambian o desaparecen, como todo en esta vida. Como es comprensible, el fin de la actividad no se produce de un día para otro, porque se precisa un tiempo para abandonar la escena. Hacia el final de los setenta, un observador atento ya podía intuir que el clima cultural estaba cambiando en la provincia. La aparición de los partidos políticos desempeñará un papel fundamental en este giro. La novedad que suponía trabajar en la política, atrajo a muchas personas que hasta ese momento habían dedicado su tiempo a la cultura.

Pronto se vio que la nueva situación del país requería unas instituciones diferentes para promover la cultura. La iniciativa privada, que había estado en la base de lo sucedido en Alicante, y que tanto éxito obtuvo, fue sustituida de una manera paulatina por la oficial. Comenzó una época donde el dinero público entró con facilidad –y, a menudo, de manera exagerada– en el mundo de la cultura. El resultado fue un progresivo desplazamiento hacia el espectáculo. La exposición Cota Cero, que se inauguró en Alicante el mes de enero de 1985, es un buen ejemplo del cambio que se estaba produciendo. Organizada por el crítico Kevin Power, sus objetivos eran llamativos pero sus consecuencias resultaron simples: mostrar lo variado de la pintura española del momento. La exposición deslumbró pero los resultados fueron parcos.

En los últimos treinta años, la cultura en Alicante ha alcanzado –siempre dentro de un tono menor– una cierta normalidad. Al estar en manos de los políticos, sus resultados han dependido en cada momento de la calidad profesional de estas personas. Como todo el mundo conoce la historia de Alicante en este tiempo, no me extenderé más. Hay, sin embargo, un fenómeno al que me quisiera referir: el número tan elevado de personas que se dedican a la práctica del arte –pintar o escribir– en la actualidad. Siempre han existido aficionados a ejercitar una u otra forma de arte, pero las proporciones que ha alcanzado el fenómeno no las había visto jamás.

En contra de lo que cabía esperar, el aumento del número de practicantes no se ha traducido en una mejora del clima cultural; al menos, en una mejora perceptible. Desde hace un tiempo, la provincia de Alicante ha caído en un cierto conformismo que es, por lo demás, una de las características de la época. Nuestras diversiones nos ocupan de tal modo que no nos queda tiempo para cultivar un espíritu crítico. Tal como están las cosas, no creo que esto pueda cambiar en el futuro. Desaparecida el Aula de Cultura, en las circunstancias tan penosas por todos sabidas, Alicante vive al margen de los circuitos de la actualidad. Sólo algunas galerías de arte, muy pocas, resisten en una lucha desigual. Uno echa en falta aquella información directa, viva, actual, que el Aula de Cultura ofrecía y que mantuvo hasta su cierre. La universidad, que podría haber ocupado ese lugar, ha renunciado a ello por unas u otras razones. Sin arte nuevo, sin ideas, sin un debate sobre esas ideas, es difícil que una sociedad pueda evolucionar.

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