MYRNA SOLERA
"Cuando llegué al poblado los niños sólo querían tocarme la cabeza y el pelo, incluso se peleaban por ponerse a mi lado, y eso que no soy una estrella del rock", comenta con una nostálgica sonrisa Carlos Lozano, enfermero vecino de Mutxamel y cooperante en Senegal. Esta es su primera expedición y las dos semanas de estancia en Touba le han dejado un sabor agridulce. "Tengo la sensación de no haber contribuido lo suficiente. Mi meta ahora es acumular experiencias para descubrir cómo poder ayudarles de verdad. Desde el primer mundo debemos ir más allá y enseñarles a administrar los recursos".
Touba es una pequeña ciudad donde la gran mayoría de los poblados están formados por casas hechas de cáñamo y paja, las calles están repletas de basura y beber el agua no es muy aconsejable. "La higiene es la mayor traba. Al lado del centro de salud donde limpiábamos todo el instrumental había un nido de ratas. Los niños bebían un agua con la que nosotros ni siquiera nos lavábamos los dientes", declaró Lozano. En dos semanas de estancia en la que estuvo arropado por una médico valenciana y otro enfermero consiguieron realizar cerca de 200 revisiones médicas, entre niños y adultos. Además con estas revisiones conseguieron dotarles de medicamentos e instrumental para una larga temporada. "Un día me vino un niño con una brecha enorme en la cabeza. No tenía anestesia asi que lavé la herida como pude y con dificultad le expliqué que le tenía que suturar sin ningún tipo de paliativo. El niño se retorcía de dolor pero me impresionó ver su entereza aguantando siete puntos de sutura. En España esto es impensable".
La comida y la higiene brillan por su ausencia. Circunstancias que en países occidenteles ni siquiera se plantean allí suponen el pan de cada día. "Una noche mientras dormía escuché el ruido de una rata. Ni siquiera me moví del miedo que tenía. Al día siguiente unos niños estaban jugando en el centro de salud cuando salió una rata. Entre todos se agruparon para darle caza y pensé que era la única forma que tenían los niños de divertirse y jugar. Cuando lograron apresarla descubrí que lo que realmente querían era comérsela. Esos niños me enseñaron una auténtica lección de supervivencia", confesó con voz apenada Lozano.
Para estos cooperantes la despedida fue lo más duro. Ellos volvían a su realidad dejando atrás un mundo de penurias. Incluso una madre suplicaba que se llevaran a su niña para darle una vida mejor. "Cuando nos marchábamos saqué una foto a una chica que me impresionó mucho su mirada. Era una de las que no nos dio tiempo de hacerle la revisión y sus ojos decían ¿os vais y no me hacéis la revisión a mi?".
Hambre, miseria e Internet
En la ciudad de Touba conviven el hambre con la tecnología, algo en teoría inconcebible en el Tercer Mundo. Los carros tirados con burritos y vehículos que en occidente sólo encontraríamos en desguaces son el transporte de los senegaleses. "Cuando llegas a Touba te encuentras con la auténtica globalización. Nada más llegar al poblado encontré un cartel enorme de la empresa de comunicación Orange. Es un desequilibrio que contrasta de una forma muy clara. Apenas tienen para comer y subsistir sin embargo los enfermeros del centro de salud disponían de conexión a Internet y dos o tres móviles por persona. En las casas de cáñamo te encontrabas colocadas antenas de televisión. Los móviles que en el primer mundo se han quedado anticuados se los mandamos allí en lugar de subsanar necesidades básicas. Ellos viven el día a día y si les das dos duros irán destinados a comer ese día, sin pensar en el mañana. Debemos entre todos darles el material necesario para que puedan ser autosuficientes y no quedarnos en lo superfluo". Entre sus planes la Asociación tiene en mente proyectos como el impulso de fábricas de jabón o hectáreas de cultivos para el autoconsumo.