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Guerra: «Si no hay consenso para cambiar la Constitución, mejor no tocarla»

El titular de la Comisión Constitucional del Congreso admite que «hoy sería imposible» un acuerdo como el de 1978

 
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l presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, Alfonso Guerra, admitió ayer durante una conferencia en el Club INFORMACION que «hoy sería imposible elaborar por consenso una Constitución» como la de 1978. Con motivo de la clausura de la exposición sobre las Constituciones Españolas que organiza la Universidad de Alicante y acoge el Club, Guerra definió la Carta Magna como el «armisticio» entre los españoles, «el final de la Guerra Civil».
Las más de 240 personas que abarrotaban el salón de actos del periódico - además de otras 150 que tuvieron que seguir la intervención fuera del recinto - aplaudieron las reflexiones que el diputado socialista y ex vicepresidente del Gobierno fue desgranando a lo largo de su conferencia, en la que hizo un prolijo repaso a la historia constitucional española.
Especialmente centrado en los prolegómenos de la Constitución del 78, Alfonso Guerra lamentó que el escenario político actual imposibilite un acuerdo «social» idéntico al que permitió aprobar el documento que hoy articula toda la legislación del Estado. «Consenso es la palabra que mejor define la Constitución del 78. Hoy sería imposible elaborar una Constitución por consenso», aseveró.
El veterano dirigente del PSOE adujo que para lograr un acuerdo del calibre del que se adoptó en la Transición son necesarias «transacciones; las renuncias son básicas. Un consenso no es más que un conjunto de renuncias. Una Constitución, o tiene el pacto social detrás apoyándola o no es una Constitución. La de 1978 no dejó satisfecho a nadie, pero esa es su mayor virtud».
Combinando el tono académico («temo decepcionarles, quizá esperaban otro tipo de cosas», avisó al inicio); con anécdotas y reflexiones sobre el pasado y la actualidad política, Guerra recordó que los «lodos» del pacto constitucional logrado por UCD, PSOE, PCE, AP y los nacionalistas vascos y catalanes «fueron removidos» a partir de 1995, con la victoria del Partido Popular y el primer gobierno de Aznar, a los que no citó expresamente, salvo en las ocasiones en que aludió a «la derecha».
En ese sentido, se refirió a lo que los populares bautizaron hace 12 años como «la segunda transición», un proceso histórico cuya filosofía «no encaja en el espíritu constitucional». «Había que ver dos cuestiones: a dónde se dirigía esa segunda transición y advertir que no estuvieron en la primera, y si estuvieron, no estaban a favor [de la Constitución]».
Continuó con esta idea cuando afirmó que «todo lo que había resuelto la Carta Magna de 1978 ha sido puesto en crisis por una nueva generación [de políticos] que no sienten la misma presión que nosotros en 1977 y que se sienten liberados del dolor de la Guerra Civil». Por consiguiente, concluyó el argumento, «si para modificar la Constitución no existe el consenso, yo prefiero no tocarla. La reforma de la Constitución exige acuerdo. No es ético que quienes quieren tener el monopolio de la Constitución, no la defendieran en 1978», subrayó en alusión a algunos dirigentes populares y nacionalistas.
Demonización Precisamente, la pluralidad que hoy reflejan las autonomías era una de las cuestiones que debieron abordar los constitucionalistas tras la muerte de Franco, junto con el tradicional enfrentamiento «militar» entre los gobiernos que se fueron sucediendo en el poder en los dos últimos
Para explicar esta circunstancia, tan debatida al día de hoy, Alfonso Guerra se remontó al final de la Inquisición, en las postrimerías del siglo XIX, y a la pérdida de las últimas colonias españolas en 1928. Las burguesías catalana y vasca, dijo, aprovecharon entonces la debilidad del Estado para reclamar un régimen distinto al marcado por el Gobierno central. Recordó entonces al historiador romano Pompeyo Trogo, que observó que cuando los españoles carecen de problemas fuera, se los crean dentro. Directo a la yugular de algunos dirigentes regionalistas, que «viven de crear problemas donde no los hay en lugar de resolvérselos al ciudadano», Guerra admitió su escasa simpatía por los nacionalismos, aunque defendió su derecho a la reivindicación. «Yo daría la mitad de mi vida para que los nacionalistas defiendan sus ideas; la otra mitad la necesito para evitar que triunfe lo que defienden», apostilló.
Guerra advirtió de que 29 años después de aprobarse el texto constitucional, «algunos plantean de nuevo una encrucijada». Dijo que toda Constitución es reformable y que él mismo estaría dispuesto a cambiar algunos artículos porque «es legítimo pensar así». Ahora bien, avisó: «La reforma de la Constitución exige acuerdo. Mi esperanza está más puesta en el sentido común de los españoles que en las élites políticas. Prefiero no tocar el texto constitucional a modificar el consenso» que se alcanzó el 8 de diciembre de 1978.

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