TESTIMONIOS

«Las gentes del mar» por Angeles Cáceres

 
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Los cuatro

 hijos de Rafaela, mujer y madre de marineros, casi todo el año sólo están presentes en sus fotografías
Los cuatro hijos de Rafaela, mujer y madre de marineros, casi todo el año sólo están presentes en sus fotografías   CRISTINA DE MIDDEL
 MULTIMEDIA

ÁNGELES CÁCERES La mujer de José López López, armador del «Corisco», se llama Rafaela y tiene en la cara un telo de tristeza del que no puede desprenderse. Fotos no quiere pero al tirarle apenas de la lengua, suelta, como el reventón de una galerna mala, el turbión de amargura que carga en el alma un tiempo tan largo y tan ancho que ocupa toda su vida.
Mucho «padeser» es esto, la que no es madre de marineros qué va a saber. No dormir. No vivir. Miras al cielo, ves una tormenta, piensas en ellos y te echas a temblar. Cinco criaturas parí, quiso Dios que cuatro fueran hombres y los cuatro se me han ido al mar. Antonio, el patrón que ha recogío a esa pobre gente; los mellizos, José y Juan Bautista; y el último, Rafael. Ojalá no hubiera parío más que hijas, putas aunque fuera, que así volverían a dormir a la casa, si no de noche, de día. Usté qué sabe lo que es llamarlos por satélite, que estén ocupaos y no se enteren, y tú en un sinvivir: ya se me lo ha tragao un golpe de mar. Y su marido, ¿dice lo mismo? Él qué ha de decir, si es hombre y marinero. Ahí tiene, tan contento, los cuadros de los cuatro barcos puestos por la casa; yo, ni mirarlos quiero. Ahora está en el Polígono con el pescao, a la hora de comer vendrá.

En la Ermita del Carmen, abierta a media mañana y medianera con la Cofradía de Pescadores, hay tres mujeres sentadas en los bancos rezando por sus hombres. El presidente de la Cofradía, José Ramón García, dice que lo del «Corisco», como lo de los otros barcos de antes y los que vendrán después, no es hazaña ninguna: lo normal entre pescadores. Que a la hora de salvar vidas no se piensa en otra cosa, ni en la comida, ni en el agua, ni en los problemas de papeleo. Que es una obra bien hecha y punto. Que salvar gente los llena de orgullo porque siguen siendo humanos y eso es una lección para quienes no lo son. Antes de inventar el Salvamento Marítimo ya estábamos nosotros -dice-, y seguimos haciendo lo mismo. Oiga, ¿y es cierto que las pateras buscan la ruta de los caladeros, por si acaso? No, qué van a buscar; el mar es muy grande y los caladeros cambian de sitio constantemente; ellos lo único que buscan es llegar a Europa cuanto antes, y vivos. José Ramón a los 14 años ya estaba faenando en el Sáhara y ha vivido de todo, barcos perdidos, compañeros perdidos también? cómo no vas a ayudar. Y dice que habría que hacer un llamamiento a la Unión Europea para que haga convenios con los países ribereños del Mediterráneo, y arbitrar alguna forma de compensar las pérdidas de los pesqueros que salvan a la gente de morir ahogada, porque hasta ahora los pescadores en esos casos no tienen más que pérdidas: aunque, eso sí, la conciencia tranquila. José Ramón tiene un hijo que se llama al revés, Ramón José, estudiando para marino mercante. Pero, qué cosas, las vacaciones se las pasa faenando de pescador.
A la hora de comer, José López, armador, no sabía si el barco había tocado puerto ya. A las 6 de la mañana le dijo su hijo que iban navegando para tierra, con temporal y la comida escasa porque habían cargado alimentos para diez y ahora iban sesenta; con mujeres y criaturas, y esos van primero. Dice que un caso de rescate como éste «no se le había combinado nunca antes», pero que el hijo sabría valérselas. También se niega a dar la cara a cámara, a esta gente con dar el corazón les sobra. Que la pesca va regular porque hay poca pero que con lo que les pagan por el pescado, tienen. Que situaciones así suponen siempre pérdidas, pero que con la mar unas veces ganas y otras toca perder. No lo sabrá él, que empezó a trabajar en un barco a los 10 años. Trabajo duro éste, ¿eh?. No señora, se lleva bien, es un trabajo como otro; a cada oficio, lo suyo.

A mediodía cuenta la tele que el «Corisco» ha desembarcado en Libia a sus cincuenta pasajeros sobrevenidos, corto es siempre el sueño de los pobres; al menos están vivos, algo es algo. A las cuatro de la tarde nos recibe Gemma Ambit, mujer de Antonio López Chacopino, patrón de barco, y madre de tres hijos de 5 años, 20 meses y el último 6 apenas. 27 años tiene ella, pocos parecen para el sobresalto en el que vive desde que se enamoró de Antonio, con el que se casó a los 21 «para poder estar juntos 10 días enteros cuando venía de los viajes, porque de novios tenía que estar en mi casa a la hora de cenar y casi ni tiempo teníamos de vernos». Gemma, como medio Santa Pola, también es hija de pescador; pero de bahía, de los que vuelven a casa a dormir. Así que tener al marido siempre entre las olas y lejos por esos mundos se le hace muy largo y muy pesado; por el miedo que pasa por su vida, mayormente; y por la soledad, que eso solo lo entiende quien lo vive. Cuando el hijo mayor vio a su padre en la tele se arrancó a gritar: ¡mira, mira, es el papá y está como Supermán! El papá lo llama cada día por satélite para darle las buenas noches y decirle que vuelve muy pronto, aunque sea mentira. Y este lunes, al mismo dejar en tierra con su desencanto a cuestas al puñado de personas desesperadas que recogió en altamar, la ha llamado a ella. Con el corazón en un puño, dice, porque «él es muy sentimental, muy afectivo» y se había encariñado con los niños, y dice que llevarlos de vuelta otra vez a Libia, el país del que su madre los sacó jugándose la vida para llevarlos a Italia junto al padre que los esperaba con la esperanza de un futuro mejor entre las manos, le ha hecho sentirse muy mal. Que los han tenido que engañar, porque si no se le tiraban al agua.
Antonio vuelve hacia el 27. Lo primero que harán será celebrar su cumpleaños y 6º aniversario de boda con una cena solos, porque fue el día 13 y él ese día no estaba para celebraciones sino salvando gente que se ahogaba. Y durante unas noches, pocas, en la almohada de Gemma estará la cabeza de su hombre. Luego, enseguida, volverá a la mar.

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