REPORTAJE

«En el corazón de la zona cero» por Mercedes Gallego

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Un grupo

 de vecinos traslada sus enseres en una imagen tomada ayer en Els Poblets
Un grupo de vecinos traslada sus enseres en una imagen tomada ayer en Els Poblets   TINO CALVO
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MERCEDES GALLEGO En la esquina de la calle Divina Aurora con Príncipe de Asturias, junto a la puerta con los cristales reventados por el agua de la Casa del Pueblo de El Verger, una mujer con los ojos enrojecidos por las pocas horas de sueño y las muchas de llanto observa absorta la que ha sido su casa durante los últimos cuarenta años con la expresión de quien no da crédito a lo que está viendo. El agua ha superado con creces su estatura y ha ha hecho añicos, además de los electrodomésticos, una buena parte de los recuerdos de su vida. Unos metros más abajo, en pleno corazón de la zona cero de este pequeño pueblo de la Marina Alta, la limpieza y el desescombro de lo poco que el río Girona ha querido indultar no permite contemplaciones. No hay tiempo para otra cosa que no sea trabajar a destajo para recobrar una normalidad que los vecinos ansían pero que, dada la magnitud de los daños, puede tardar en llegar.

En ambos márgenes del río la actividad a media mañana es frenética. Camiones de bomberos, brigadas forestales de la Generalitat, efectivos de la Unidad Militar de Emergencias, miembros de Protección Civil, de la Policía Local, de Cruz Roja, empresas de limpieza y decenas de unidades móviles de TV de todo el país. Un hervidero que contrasta con el peso que cada uno de los damnificados lleva sobre sus hombros y que se vive de puertas adentro.

Tal es el caso de Miguel Bonet, propietario del supermercado El Río del que ayer sólo quedaban los despojos: la máquina registradora encenagada, las latas de berberechos cubiertas de lodo, la cámara frigorífica desplazada por la fuerza de una avenida de agua que capaz fue de hacer saltar por los aires cerraduras de acero y persianas metálicas y que, tras alcanzar los 1,75 centímetros de altura en un abrir y cerrar de ojos, a punto estuvo de llevarse también a Miguel por delante de no haber corrido escaleras arriba, donde tiene la vivienda. Ayer, con un delantal blanco como si a punto estuvieran de entrar los clientes y él tuviera algo que venderles, deambulaba como un sonámbulo entre los restos del naufragio mientras su hijo intentaba racionalizar el desastre y aventurar la fecha de la reapertura aún a sabiendas de que en estos momentos es inútil predecir nada.

En la misma calle, un poco más arriba, el propietario de una tienda de artículos de pesca y pájaros no ha tenido más suerte. El agua no sólo ha destrozado hasta el último rincón de su local sino que acabó con la vida de los animales que había dentro. Ayer era día de peritos, de trámites y de seguros y mientras él conversaba por el móvil dos vecinas ayudaban a limpiar de barro los pocos artilugios que se han podido salvar. No es este comerciante el único damnificado que está recibiendo ayuda desinteresada de amigos, vecinos o conocidos. Este estallido de solidaridad, que los afectados coinciden en destacar, está siendo una constante en todos los escenarios que esta riada ha situado en el mapa de las tragedias.

También el Ejército, la Unidad Militar de Emergencias creada en 2005 para estas situaciones, se lleva una buena parte de los agradecimientos. No en vano, tampoco han parado desde que la desgracia enseñó sus fauces y utilizando día y noche han logrado retirar lodos y una buena parte enseres que la riada dejó inservibles.

El paisaje en esta zona del pueblo, junto al río, donde tampoco faltaban curiosos que con sus móviles o cámaras buscaban capturar lo insólito, contrastaba con la absoluta normalidad que reinaba en el resto del pueblo rota sólo por la presencia por las calles de los más pequeños, para los que ayer no hubo clase. Los de Secundaria, que van al instituto de Ondara, no tuvieron tanta suerte.

En Beniarbeig, en cambio, las clases no se suspendieron y eso que para los que viven al otro lado del puente que se llevaron las aguas el rodeo hasta el colegio es considerable. En este puente maltrecho y con los ojos anegados de cañas se concentraba ayer el grueso de las miradas de aquellos que están trabajando en la reparación de todos los desperfectos -desde el propio puente hasta el cableado telefónico-, de los periodistas y de algunos vecinos curiosos.

Justo en el borde del precipicio, con la mitad de la vivienda bajo sospecha de haber resultado herida de muerte por el envite del agua, Diana, una joven colombiana que espera su primer hijo para dentro de cuatro meses, observa desde el balcón el ir y venir de palas excavadoras mientras la estratégica situación de su terraza la ha convertido en un plató improvisado donde, a la hora del telediario, cámaras y periodistas suben y bajan en un continuo ir y venir. A ella, al igual que a su marido y a otros compatriotas que ocupan la primera planta del inmueble, los desalojaron el viernes por la mañana, unas horas antes de que el puente saltara en pedazos, cuando las cosas se empezaron a poner feas. Pasaron algo de miedo pero lo que ahora les preocupa tiene forma de grieta y recorre una pared de arriba a abajo.

El panorama en los aledaños de las salinas de Calpe no es menos desolador. A media tarde de ayer, tres días después de la descarga, el agua lo sigue llenando todo. Dos máquinas excavadoras perfectamente sincronizadas empujaban el agua al unísono intentando escupirla al mar. Todo un espectáculo para una buena parte de los residentes centroeuropeos que en estas fechas ocupan apartamentos del Hotel Atlántico, en pleno epicentro de la zona inundada, y que con unas cervezas y un termo con café aderezaban el show.

A menos de 500 metros, en el Pla del Mar, Mario y Beni no tienen cuerpo para fiestas. Con la ilusión de vivir en una casa baja vendieron su piso, se hipotecaron hasta las cejas, se metieron en reformas y ahora todo está bajo las aguas. Ayer su calle era aún intransitable. Más de medio metro de agua seguía estancada después de que la tromba de viernes anegara todo lo que encontró a su paso. De momento están viviendo en un apartamento que les ha facilitado el Ayuntamiento, pero no sólo saben que tardaran mucho hasta que puedan volver a su hogar sino que ahora, visto lo visto, ya no quieren hacerlo.

Beni no entiende cómo nadie les avisó de que la zona en la que se levantaron estas casas era inundable. Aún así, quiere creer en las promesas de ayudas que tanto desde la Generalitat como del Gobierno central les están haciendo, pero tiene miedo de que cuando decaiga la atención de los medios de comunicación lo prometido se olvide. Quien seguro no olvidará estos días es el pequeño Mario, el hijo de la pareja, que ajeno a la difícil situación que están atravesando sus padres chapoteaba ayer feliz con su botas de agua en el mismo lugar donde habitualmente juega al fútbol.

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