A. TERUEL
A
yer se cumplieron diez años de la «gota fría» que asoló gran parte de la ciudad de Alicante y que, además de causar todo tipo de daños materiales, costó la vida a cuatro personas. Lo ocurrido aquel 30 de septiembre de 1997 vino a mostrar que la ciudad carecía de un sistema adecuado para afrontar este tipo de episodios de fuertes lluvias, que pudiera absorber las aguas y conducirlas hasta el mar sin problemas. Por ello, la tragedia motivó la elaboración de un ambicioso plan antirriadas, destinado a minimizar las consecuencias ante una situación similar.
Sin embargo, parece ser que este triste precedente no ha sido tenido en cuenta en determinados puntos de la ciudad, sobre todo, curiosamente, en las zonas que desde entonces han tenido una mayor expansión urbana. Prueba de ello son los efectos del último temporal sobre la Playa de San Juan y la Albufereta, con decenas de viviendas anegadas y cuantiosas pérdidas materiales, a pesar de que estas lluvias tan sólo han sido un tercio de intensas que las de hace diez años.
En estos lugares, el encauzamiento de barrancos ha sido sin duda muy positivo para paliar los efectos de las lluvias, pero insuficiente. Hace una semana, ingenieros y geógrafos venían a recordar la condición de antiguo marjal de estas zonas, lo cual, unido a su baja altitud, las hace muy proclives a inundarse continuamente. Por ello, hacían un especial hincapié en la necesidad de dotar a estas nuevas áreas urbanas de las infraestructuras necesarias en cuanto a captación y salida de aguas pluviales, para evitar que se inunden calles, garajes y bajos de viviendas.
Las voces más sensibles hacia el medio ambiente inciden en que estos espacios considerados de riesgo no deben ser urbanizados, por el peligro que ello conlleva, mientras que los más técnicos recalcaban que este tipo de obras son largas y costosas. No obstante, todos coincidían en que, al menos, esta vez las consecuencias habían sido menores, gracias a la reacción ante lo ocurrido en 1997.