REPORTAJE

En horas bajas

La vivienda tradicional unifamiliar que conformaba la mayoría de los barrios acelera su desaparición y sólo se prevé mantener algunas manzanas en lugares como Los Ángeles o San Gabriel

 
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De ese bello barrio residencial que fue Benalúa en la primera mitad del siglo XX poco queda ya. En las últimas décadas las viviendas unifamiliares han ido siendo sustituidas por bloques de pisos levantados sobre las mismas calles estrechas, creando importantes problemas de aparcamiento. Otros distritos como El Pla llevan décadas metidos en ese proceso mientras que es ahora cuando las casas tradicionales de San Antón o Villafranqueza van cayendo como fichas de dominó para levantar apartamentos en su lugar.

CLARA R. FORNER L a febril actividad constructiva de la ciudad de Alicante ha llegado ya a barrios que hasta ahora habían conservado en gran medida su tipología tradicional. En las calles de San Antón o de Villafranqueza, que hasta hace pocos años estaban formadas por las típicas viviendas unifamiliares - con planta baja y un piso o dos, como máximo, más patio trasero - , ahora se levantan bloques de apartamentos con varias alturas.
Otros barrios ya pasaron por esta transformación y ahora sus habitantes lo están pagando, como Benalúa o San Blas, donde la tarea de buscar aparcamiento resulta en ocasiones casi un imposible pues en el mismo espacio que antes ocupaba una familia con un coche ahora residen diez o veinte.
En estos barrios las plantas bajas van cayendo como fichas de dominó. «Yo antes tenía luz en mi casa e intimidad en el patio, pero desde que tiraron tres casas para levantar un bloque de viviendas he perdido toda la tranquilidad», relata María Esteve, una vecina de Carolinas, que asegura que «aquí ya no hay quien aparque». Además, esta mujer explica que «la gente, además, está loca por vender debido a que, al poder levantar varias plantas, se paga muy bien el metro cuadrado. Pero quienes desearíamos mantener nuestra casa de toda la vida lo tenemos cada vez más difícil porque nos van rodeando».
Entre las zonas más afectadas por esta situación se encuentra, además de las citadas, El Pla o el entorno de Campoamor.
El arquitecto Justo Oliva considera que el problema reside en que «la ciudad se está colmatando porque lo permite el Plan General de 1987 y yo pienso que es incorrecto pues lo que hace falta en esas calles es justamente lo contrario, el esponjamiento, para crear plazas y lugares donde puedan jugar los niños».
Este profesor de Universidad señala que «en esos barrios, igual que en el centro, las calles tienen una anchura prevista para casas de una planta baja con un piso y una o dos alturas, pero ya en los años 50 empezaron a construir esos bloques de viviendas que se consolidaron con el Plan General de 1987 y eso está produciendo que las calles pierdan su encanto y la ciudad empiece a ser inhabilitable».
Oliva Meyer también critica el abuso en la construcción de vuelos - elementos que sobresalen de las fachadas, como los balcones - en los edificios actuales, ya que quitan luz al vial. El arquitecto recuerda que «San Blas o Benalúa eran barrios muy bellos a principios del siglo pasado. Había calles preciosas con arbolado, muy coherentes, pero ahora se han desvirtuado».
El catedrático de Urbanística de la Universidad de Alicante, José Ramón Navarro Vera, coincide en lamentar la transformación de algunos barrios. El experto explica que cualquier alteración en elementos como «la sección del viario, los fondos edificables o las alturas, así como otros elementos del espacio público - anchos de aceras, o mobiliario urbano - afectan a la calidad del paisaje, como ha ocurrido en Benalúa, que fue proyectado por Guardiola Picó a finales del siglo XIX». Según explica, estas calles «originalmente tenían un gran interés urbanístico por su vinculación con la cultura urbana moderna de los nuevos tejidos de Ensanche». Hoy, agrega, en la Escuela de Arquitectura este ejemplo es muy estudiado «pero está desvirtuado porque se ha roto esta relación, aunque se mantiene el ancho de las aceras y el arbolado, pero eso sólo es un consuelo resignado».
Navarro Vera apunta que en estas transformaciones «lo único que se mantiene es el espacio de la calle, que en muchas ocasiones queda relegado a una función de tráfico».
Además, los aumentos de altura conllevan incrementos en la densidad de habitantes y, en un tejido que no fue proyectado para esas densidades, el resultado es la congestión». En todo caso, el experto destaca que «este proceso de densificación es bastante común en el territorio y Crevillente o Elda son el paradigma de estos signos de congestión».
A diferencia de Oliva Meyer, Navarro Vera opina que una de las virtudes del PGOU de 1987 «es que defendió de manera integral estas edificaciones y trabajó bien la ciudad consolidada».
Son unas cuantas manzanas las que el citado Plan General califica como «conservación de periferias» y, por tanto, obliga a preservar su tipología actual. Una de estas zonas está comprendida entre la calle Teulada y la avenida de Novelda, en el entorno de un edificio que contrasta sobremanera con las plantas bajas: el centro social Isla de Cuba.
También en el barrio de San Gabriel existe un grupo de once manzanas entre la calles de Millán Astray y Buenavista que reciben la misma catalogación que las anteriores.
Otras «islas», dentro de la subida generalizada de alturas en todos los barrios tradicionales de Alicante, son cuatro manzanas del Barrio Obrero y alguna en San Antón Bajo. Fuentes municipales explican que lo que se ha buscado en el otro San Antón es igualar los tejados. Por tanto, las mayores alturas se permiten junto a la calle de San Vicente y se van reduciendo conforme se sube hacia la avenida de Jaime II. Visto desde el castillo, los tejados formarían una línea recta en la que se han prohibido chamizos, antenas y casetas que rompan la alineación.

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