17 de abril de 2017
17.04.2017

De Alicante a Córdoba del Tucumán

17.04.2017 | 03:21
De Alicante a Córdoba del Tucumán

Entre los jesuitas alicantinos más ilustres, el cronista Viravens cita a «el P. Lauro Muñoz, que fue Misionero en el Paraguay», pero se equivoca de apellido. Lauro Núñez nació en Alicante el 18-8-1632. Ingresó en la Compañía de Jesús el 21-9-1647, dando sus primeros votos en la residencia jesuítica de Alicante.

El novicio Lauro Núñez llegó a la provincia jesuítica del Paraguay en 1648. Lo hizo de la mano del procurador Juan Pastor y en compañía de otros trece misioneros, la mayoría novicios, a bordo del Santísima Trinidad, un navío de 280 toneladas capitaneado por Francisco Rodríguez de la Fuente. No fue un viaje tranquilo, puesto que el barco encalló en un banco de arena del Río de la Plata. No obstante, arribaron sanos a Buenos Aires el 18-1-1648. Entre ellos estaba el padre Francisco Altamirano.

La ciudad de Córdoba (perteneciente actualmente a la república Argentina) era la capital de la gobernación del Tucumán y sede del obispado. También era la capital del provincialato del Paraguay de la Compañía de Jesús. En 1599, los jesuitas se habían establecido allí oficialmente tras aceptar el padre Juan Romero, superior de la orden, la donación del predio en el que levantaron la residencia (en el lugar conocido hoy como Manzana Jesuítica).

En el colegio de la Compañía en Córdoba del Tucumán estudió el alicantino Lauro Núñez tres años de filosofía y cuatro de teología. A continuación, fue él quien impartió clases: filosofía durante cuatro años, teología moral durante otros cuatro, y teología escolástica a lo largo de otros veinte años.

Profesó sus últimos votos el 15-8-1666, siendo catedrático de la universidad cordobesa. Al ser nombrado el padre Altamirano provincial del Paraguay en 1677, Lauro Núñez asumió el cargo de secretario. 

Ejerció de rector del colegio de Salta (ciudad situada a 850 kilómetros al norte de Córdoba) durante cuatro años. Regresó a Córdoba para hacerse cargo del Noviciado durante quince años.

Primer mandato (1692-1695)
En Roma, el general de la Compañía de Jesús, el padre Tirso González, nombró el 14-1-1692 a Lauro Núñez provincial del Paraguay. Núñez cumplió sobradamente las instrucciones que recibió de González, en lo que respecta a la construcción de iglesias, colegios y casas de indios, respetando también las advertencias del general de que se tuviera moderación con el trabajo que realizaban los nativos.

Para llevar a cabo los proyectos de edificación en la provincia jesuítica del Paraguay, especialmente en la ciudad de Córdoba, el alicantino contó con los servicios de dos arquitectos de la orden: José Brasanelli y Juan Kraus. Al primero, Núñez le encargó la ornamentación de la iglesia cordobesa, cuya construcción había concluido en 1671.

Nombró como su secretario al padre asunceño Blas de Silva y, además de viajar asiduamente por la provincia, escribió varias cartas, generalmente después de cada visita, comunicando instrucciones y animando a los misioneros. Se conservan cinco cartas suyas de aquella época. En la primera de ellas, fechada el 20-8-1692, entre otras cuestiones señalaba que los indios varones no debían casarse hasta haber cumplido los 17 años, y las mujeres los 15, y que debía procurarse que los españoles no hicieran trabajar a los indios en días festivos. Y en la última de estas cartas, de finales de 1694, ordenaba que se dejara de fabricar aguardiente y que no se tomase vino, ya que los delitos más comunes eran los producidos por los desórdenes generados por las borracheras.

En 1695 fue terminado el convictorio (residencia de estudiantes), que llevaba varias décadas construyéndose. Núñez logró impulsar definitivamente las obras tras convencer a un antiguo alumno, Ignacio Duarte Quirós, para que donase 30.000 escudos de plata. Además, destinó a este fin el dinero reservado para los viajes que debían emprender periódicamente los procuradores de la orden a Europa.

Procurador y rector
Fue sustituido como provincial del Paraguay en 1695 por el padre Simón de León, quien convocó en ese mismo año la XIII Congregación de la provincia jesuítica, que eligió a Lauro Núñez y a otros dos padres como procuradores a Europa, aunque ninguno de los tres llegó a viajar a Roma. Núñez fue designado rector del Colegio Máximo de Córdoba y luego volvió a encargarse de la enseñanza de los novicios, conservando siempre el cargo de consultor de provincia, que ejercía desde 1676.

Segundo mandato (1702-1706
Al padre León le sucedió en 1698 como provincial del Paraguay el padre Ignacio de Frías, quien fue sustituido a su vez por Lauro Núñez, en 1702. En su segundo provincialato, el alicantino nombró como su secretario al padre Antonio Parra, volvió a visitar con frecuencia las misiones y escribió varias cartas, conservándose solo tres de ellas. En la primera, fechada en 1703, promovió la construcción de casas para indios y ordenó que se plantaran para ellos yerbales cerca de las doctrinas o misiones. Como en el colegio jesuítico de Córdoba moraban juntos los novicios y los escolares, Núñez tomó la iniciativa de adaptar un edificio donado por la familia Múgica como Noviciado, encargándole el proyecto al arquitecto coadjutor Juan Kraus, después de conseguir la aprobación del general González: «(?) tengo con mucho gusto en que se haga Casa separada del Colegio para Noviciado».

Denuncias y enfrentamientos
Durante sus mandatos, Lauro Núñez sostuvo varios enfrentamientos con el obispo del Tucumán, Manuel Mercadillo. Denunció éste que el provincial mantenía una red de intereses construida a base de favores y retribuciones, incluso con seglares. Pero en realidad la disputa que subyacía era relativa al cobro de diezmos y el control de la enseñanza. El dominico Mercadillo llegó a ordenar la clausura de las iglesias jesuíticas y creó una nueva universidad en un convento de su orden, al mismo tiempo que se negaba a otorgar los grados universitarios de los jesuitas. Éstos denunciaron la bula del obispo ante la Audiencia de Charcas, que quedó anulada tras la muerte de éste en 1704.

Pero las críticas más feroces contra la gestión de Núñez llegaron desde dentro de su propia orden. El padre Francisco Burges, procurador general, le acusó de haber nombrado rectores, consultores y procuradores incompetentes, cuyos únicos méritos eran ser leales a su persona, sin la autorización de la congregación provincial ni la confirmación de Roma, y de haberse gastado el dinero destinado a los viajes que debían hacer cada seis años los procuradores a Europa, en el adorno de templos y en la construcción del Convictorio, el Noviciado y pueblos para indios. Estas acusaciones tenían como trasfondo una feroz lucha por el poder y una profunda discrepancia sobre asuntos como el trato con los nativos. A diferencia de Núñez, Burges despreciaba los asuntos locales, y sentía un fuerte prejuicio sobre la capacidad y responsabilidad de los criollos.

Tirso González fue sustituido como general de la Compañía de Jesús por el padre Miguel Ángel Tamburini en 1705. Al año siguiente, éste cesó a Núñez, nombrando interinamente al frente del gobierno de la provincia del Paraguay al viceprovincial Gregorio Cabral, y, dos meses más tarde, al padre paraguayo Blas de Silva. Tres años después, éste fue sustituido por el mallorquín Antonio Garriga.

Un año después de su llegada, en 1710, Garriga presidió la XVI Congregación, durante la cual prácticamente trató de deshacer casi todo lo que había realizado Lauro Núñez durante sus dos provincialatos. Éste mostró su rechazo a través de tres tratados, cuya circulación prohibió el general Tamburini y que no se han conservado. El general ordenó que se paralizasen las obras del Noviciado (del que solo queda la cripta de la iglesia).

Lauro Núñez falleció en Córdoba el 29-4-1719. Además de las cartas mencionadas, hasta la actualidad han llegado varios informes redactados por este jesuita alicantino, que se encuentran en el Archivo de Indias. Entre ellos, uno sobre los guaraníes de Sacramento. 

En su necrológica, se recordaba que «él era aquel que durante su provincialato ensanchó el campo de nuestra actividad misional entre los infieles».

En la Biblioteca Nacional de Brasil se custodia la obra anónima «Carta de Edificación o Vida del P. Lauro Núñez», fechada en el mismo año de su fallecimiento. En 1737 apareció una censurada biografía suya, obra del padre Ladislao Orosz.

Lauro Núñez fue sin duda un personaje polémico en su tiempo, pero también muy importante para la Compañía de Jesús y para la historia de la ciudad americana de Córdoba. Sus logros son incuestionables. Gracias a él la imprenta llegó a las misiones, y se ampliaron y progresaron las reducciones de los chiriguanos y chiquitos. Fue considerado un oráculo por muchos habitantes de América del Sur. En el año 2000, la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad la llamada Manzana Jesuítica, ubicada en el centro de la Córdoba argentina, uno de cuyos principales artífices fue el jesuita alicantino Lauro Núñez. 

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