Momentos de Alicante

Santa Bárbara

12.09.2016 | 01:25
Santa Bárbara

Antonio y su esposa salieron de la casa después de desayunar, y anduvieron juntos los pocos pasos que les separaban de la puerta de la iglesia. Ambos edificios eran aledaños, compartiendo un muro de piedra levantado dos siglos atrás.


El sol luchaba por abrirse paso entre las nubes grises y pesadas que sobrevolaban el horizonte marítimo, al mismo tiempo que un vientecillo persistente y fresco recorría la costa como si un dios invisible y septentrional la acariciara con su frío hálito. Antonio cubría su cabeza con un bicornio y sobre su uniforme de brigadier llevaba un capote gris de bayeta con esclavina. Ella se abrigaba con un cabriolé y un sombrero de capota de tela, atado bajo la barbilla con cintas.


Se despidieron un momento antes de que ella entrase en la ermita y él continuase avanzando hacia el lienzo de muralla medieval que separaba los almacenes de pólvora del resto de la fortaleza. Se cruzó con varios soldados y oficiales que le saludaron con respeto. Uno de ellos, capitán de artillería, le informó de la necesidad de que se elaborasen más cartuchos de pólvora, puesto que ya apenas si quedaban, y él le dio su conformidad, recordándole la conveniencia de que aquella labor se realizase a una distancia prudencial del polvorín. El oficial le dijo que, como en ocasiones anteriores, se haría al otro lado de la muralla que Antonio acababa de atravesar por uno de los portones.


Como cada mañana, marchó el brigadier hasta la explanada más elevada de la fortaleza, conocida como Macho, para contemplar el panorama que desde allí se divisaba: la ciudad de Alicante, amurallada y pegada al monte Benacantil, en cuya cúspide se hallaba el castillo que Antonio gobernaba, así como todo cuanto la rodeaba: la bahía que se abría entre los cabos de las Huertas y de Santa Pola, y el vasto territorio que se extendía desde el nordeste hasta el suroeste.


Un mes antes, en el amanecer del 16 de enero, la ciudad y el castillo de Santa Bárbara habían sido asediados por las tres divisiones napoleónicas que mandaba el general Montbrun. Desde este mismo lugar en que estaba ahora, Antonio había observado cómo las tropas imperiales se desplegaron por el Altozano, recordó mientras miraba la pequeña elevación que había a occidente, donde se levantaban la iglesia y el convento de los Ángeles. La artillería francesa bombardeó contra el recién construido castillo de San Fernando, pero sus cañones, los que guarnecían la fortaleza que él gobernaba, respondieron con prontitud y eficacia, desmontando la pieza que los galos habían colocado en el cerro de los Ángeles. El disparo certero fue hecho desde el baluarte de la Ampolla, cuyos defensores estaban bajo el mando del capitán Vicente Torregrosa, natural de San Vicente del Raspeig. El sitio duró solo día y medio, alejándose Montbrun con sus soldados en dirección a La Mancha.


Pero la amenaza de otro asedio, más duradero y sangriento, estaba presente en los pensamientos de Antonio mientras regresaba a la iglesia. Prácticamente toda España estaba invadida por la Grand Armée. Todas las poblaciones próximas a la ciudad de Alicante habían sido ocupadas ya por las tropas napoleónicas. El ejército español se había batido en retirada desde Denia, Alcoy, Villena y Orihuela, encontrando sus sobrevivientes refugio en Alicante.


Antonio vio a varios artilleros cargando barriles de pólvora hasta el otro lado de la muralla. Llevaban gorras de cuartel, del mismo color azul turquí que sus chalecos y pantalones, y con el emblema en forma de bomba en el cuello vuelto de sus casacas. El capitán que le había informado unos minutos antes se hallaba dando instrucciones a un sargento del lugar donde debían ser depositados los barriles, antes de comenzar el trabajo de elaboración de cartuchos. Respondió al saludo que ambos le hicieron marcialmente desde la distancia y se aproximó a la ermita de Santa Bárbara, justo cuando su esposa salía de ella. Coincidió que en ese momento se le acercaba también un teniente de caballería, recién llegado de la ciudad, que le traía un mensaje verbal del general Roche: debía acudir de inmediato a la Casa Consistorial para mantener una reunión urgente con él y con los generales Mahy y Freire.


Era una pequeña contrariedad porque ese día, viernes 21 de febrero de 1812, era el vigésimo aniversario de boda del brigadier y su esposa. Antonio le había prometido que comerían juntos, pero aquella reunión a la que debía acudir amenazaba con mantenerle en la ciudad hasta la tarde o la noche. La acompañó hasta la puerta de su casa y se despidió de ella, como solía hacer cuando la veía triste, sonriéndole y acariciando uno de los rizos de color pajizo que se escapaban de su sombrero y le caían sobre la frente. No hicieron falta las palabras. A ella le bastó su mirada, para comprender que volvería a su lado en cuanto le fuera posible. Era una de las ventajas de un matrimonio largo y sin hijos, pero feliz. Ella entró en la Casa del Gobernador, y él fue a montar su caballo para bajar a la ciudad.


Las campanas de la colegiata avisaban de que eran las diez de la mañana cuando el brigadier Antonio de la Cruz, gobernador del castillo de Santa Bárbara, se apeaba de su caballería en la plaza de la Fruta y se disponía a entrar en el Ayuntamiento. De improviso, un estruendo enorme hizo que todos los alicantinos quedaran paralizados por la conmoción. El recaudador Luis Bonet y el depositario José Albelda, que salían en ese momento del Ayuntamiento; el escribano Manuel Caballero Muñoz y el arquitecto Antonio Jover, que se hallaban charlando en la misma puerta; Juan Bautista Plaza, fiel del matadero para los asientos de la carne, y el nevero Carlos Pina Pérez, que llevaban unos minutos discutiendo en mitad de la plaza; los alguaciles José Simón, Antonio Badía y José Martínez, que estaban a punto de saludar al gobernador del castillo; el propio brigadier De la Cruz; todos alzaron sus miradas entre sorprendidos y alarmados hacia la cumbre del Benacantil. La columna de humo negro que empezó a ascender hacia el cielo ya casi totalmente despejado de nubes dejó bien claro en dónde se había producido tan tremenda explosión. De todos cuantos había entonces en la plaza de la Fruta, fue Antonio el primero en reaccionar, volviendo en busca de su montura y cabalgando a toda prisa por las calles alicantinas, sin pensar casi en los peatones que la recorrían, para subir cuanto antes al castillo.


Mientras se bajaba del caballo, el oficial de guardia le informó del motivo de aquella catástrofe: había explotado uno de los barriles de pólvora con los que se estaban elaborando los nuevos cartuchos, tras prenderse fuego accidentalmente con la complicidad del vientecillo, que se supone había acercado hasta él una chispa escapada de las cocinas. Pero Antonio apenas si escuchó las palabras del oficial. Voló más de prisa que el viento asesino hasta el lugar del trágico suceso, con el corazón palpitándole un presentimiento terrible. Un presentimiento que se confirmó en cuanto vio a las decenas de cuerpos horriblemente mutilados que yacían entre la muralla medieval y la ermita de Santa Bárbara y la Casa del Gobernador, edificaciones estas que habían quedado reducidas a escombros. Muchos heridos eran llevados al hospital de la fortaleza mientras se lamentaban con quejidos o gritos de dolor. Varios oficiales daban órdenes confusas en un intento por organizar el rescate de las víctimas.


Antonio no pudo ponerse al frente de aquella tarea, pues su pensamiento estaba centrado en una única idea. Desesperado, preguntó a cuantos soldados y oficiales encontró si sabían dónde estaba su esposa, pero ninguno supo responderle. Corrió entonces hasta el lugar donde había estado erigida su casa y buscó entre los escombros, hasta que encontró medio enterrado el cuerpo sin vida de su adorada mujer. La liberó con cuidado de los cascotes y la abrazó al mismo tiempo que sus ojos se convertían en fuentes de aflicción. Musitó palabras de lamento y de amor sin aparente ilación, como estertores angustiosos del alma, y al cabo de un eterno momento la separó de su pecho para contemplar su rostro, bello a pesar del polvo que lo cubría, y acariciar uno de los rizos de color pajizo que le caían sobre la frente.


Aquel fatal accidente causó el mayor número de víctimas que sufrió la ciudad de Alicante durante la Guerra de la Independencia. Murieron cincuenta personas, entre las que se encontraba la esposa del gobernador del castillo de Santa Bárbara, el brigadier Antonio de la Cruz. Éste fue sustituido al mes siguiente por el mariscal José San Juan.


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