Momentos de Alicante

A galeras por Miguelete

29.08.2016 | 01:01
A galeras por Miguelete

Pedro Giner tenía treinta años cuando embarcó en el puerto de Alicante para cumplir una condena de cuatro años de galeras a remo. Era el primer día del mes de julio de 1711. Fue recibido a bordo con la áspera bienvenida del látigo del cómitre. Antes de bajar al sollado inferior de la nave, tuvo tiempo de echar un último vistazo a la bahía, en cuyas tranquilas aguas rielaban los rayos solares y se mecían multitud de barcos, y a la amurallada ciudad que se mantenía unida a la falda de la montaña que la había parido muchos siglos atrás. Mientras descendía al interior lóbrego de la nao, volvió a reprocharse la estúpida decisión que le había acarreado tan grave desgracia.


Pedro había vivido siempre en su Benissa natal. Era labriego y estaba casado con una calpina. Ocho días antes, el 23 de junio, había salido de Benissa en dirección a Alicante con el encargo de traer a Manuel Ferrando 25 pesos que le debían varios vecinos suyos de una ropa que le habían comprado; y, para defenderse de eventuales salteadores que pudieran atacarle en el camino, se llevó consigo una escopeta. Al menos esto fue lo que le contó al gobernador alicantino el día 28.


Al pasar por Finestrat, se encontró con tres hombres que se preparaban para viajar también a Alicante. Uno de ellos, José Llinares, era del propio Finestrat, mientras que los otros dos eran vecinos de Villajoyosa. De éstos solo sabía que uno se llamaba Vicente y que el otro se apellidaba Llorca. Los tres también iban armados con sendas escopetas, para protegerse de posibles encuentros indeseables por el camino. Así se lo confesó al gobernador.


En realidad, el tal Vicente se apellidaba Padilla y era uno de los hombres de confianza de Laureano Seva, cabecilla de los migueletes austracistas de la Marina y lugarteniente del célebre Juan Bautista Basset. Nacido en Alboraya, Basset era un general de las fuerzas fieles al archiduque Carlos que había participado en la conquista de Dénia y Valencia. Tras la derrota ante los borbónicos en la batalla de Almansa (25 de abril de 1707), había conseguido reorganizar a sus tropas y llevárselas al norte, para defender la ciudad de Barcelona. En tierras valencianas solo quedaron algunos austracistas armados, que procuraban hostilizar a las tropas borbónicas mediante emboscadas, a manera de guerrillas. Estos milicianos eran llamados migueletes porque solían emplear escopetas con llave de chispa que tenían este nombre. Vicente Padilla era uno de ellos; como también lo eran su paisano Llorca y el finistrense José Llinares. ¿Es posible que Pedro Giner no supiera que sus tres compañeros de viaje eran migueletes? ¿No sería él también uno de ellos? «Desde luego que no», diría en su confesión ante el gobernador.


El caso es que el día 27, al llegar al barranco de Aguas, Pedro y sus acompañantes decidieron descansar junto a una fuente que había rodeada de algarrobos. El benissero, que se había quedado dormido, despertó al oír varios gritos, encontrándose con que sus compañeros apuntaban con sus escopetas a dos extraños. En época tan belicosa e insegura, cuando uno se encuentra por el camino con gente armada en un lugar recóndito, lo aconsejable es tomar precauciones para evitar un ataque y ser asaltado. De ahí que la reacción de sus compañeros fuera normal, apropiada inclusive, según le dijo Pedro al gobernador durante su posterior interrogatorio.


Pero resultó que los desconocidos formaban parte de una nutrida partida de soldados, la cual apareció de improviso por el camino. Alarmados al ver a sus compañeros amenazados, los soldados cargaron contra Pedro y sus compañeros. Éstos huyeron disparando sus escopetas, hasta que las abandonaron al quedarse sin munición a unos trescientos metros. Oyeron cómo los soldados les perseguían, pero supieron esconderse por la parte más honda y escarpada del barranco. Atrás, en el lugar donde habían acampado, junto a la fuente, Pedro había dejado su equipaje, incluidos los 25 pesos que debía entregar al alicantino Manuel Ferrando.


Al día siguiente, 28, poco antes del mediodía, para sorpresa de los guardias que vigilaban la puerta de la Huerta, Pedro se presentó en Alicante, para pedir que les fueran devueltos los 25 pesos y su escopeta, que habían cogido los soldados de la partida y que se hallaban ya en la ciudad.


La tarde anterior, ya anocheciendo, habían llegado en efecto a la ciudad los ocho soldados pertenecientes a la compañía del capitán Juan Blanquer, de Calpe, bajo el mando del teniente Pedro Boronat, quienes traían escoltados a un grupo de migueletes que el comandante Miguel de Zada había apresado unos días antes en Gandía. Los presos fueron encerrados en las mazmorras del castillo y Boronat fue a informar al gobernador de la plaza de lo sucedido unas horas antes en el barranco de Aguas. El brigadier Fernando Pinacho del Río, que era el gobernador político y militar, ordenó al escribano Juan Bautista Hernández que abriese de inmediato un sumario para aclarar lo ocurrido.


A primera hora del día 28, Rafael Garcerá y Pedro Castelló, los dos soldados que habían llegado de Calpe escoltando a los prisioneros y que habían sido sorprendidos el día anterior en el barranco de Aguas por cuatro migueletes, depositaron sendas declaraciones ante el gobernador y el escribano Hernández. Impelidos por la mucha sed que tenían, se habían adelantado a sus compañeros, para beber en la fuente que había en un garrobal del barranco. Allí fueron asaltados por cuatro migueletes que les apuntaron con sus escopetas y que les desarmaron. Reconocieron a dos de ellos: al Padilla, amigo del cabecilla Laureano Seva, y a Pedro Giner, de Benissa. Les amenazaron con ahorcarles por ser soldados borbónicos, pero fueron liberados por sus compañeros, que llegaron a tiempo, encabezados por el teniente Boronat. Los cuatro migueletes se alejaron disparando sus escopetas, que abandonaron a unos trescientos metros, antes de ir a esconderse por entre los matorrales y escarpas del barranco.


Cuando el gobernador se enteró de que uno de los migueletes denunciados, Pedro Giner, se había presentado voluntario en la ciudad, pidiendo que le devolvieran su escopeta y dinero, no dudó en ordenar su encierro inmediato en la cárcel, si bien tardó un buen rato en superar el asombro que tal noticia le ocasionó.


Fue a primera hora de la tarde cuando el gobernador se acercó con el escribano a la cárcel, para interrogar al detenido. Les contó éste su desdichada aventura desde que salió de Benissa cinco días antes: Su intención de venir a pagar la deuda que se le debía a Manuel Ferrando; su asociación con los otros tres viajeros para venir hasta la ciudad, sin sospechar por supuesto que fueran migueletes; su sorpresa cuando, al despertar en el barranco de Aguas, vio a sus compañeros de viaje apuntando y desarmando a dos soldados; la rapidez con que todo sucedió cuando aparecieron los otros soldados, disparando; su huida precipitada, abandonando su equipaje y el dinero?


La aparente ingenuidad de Pedro confundió al veterano brigadier. O aquel hombre era realmente inocente, o se trataba de un idiota que creía poder engañarles con una historia tan candorosa, pensó.


Aquella misma tarde, mediante un auto, ordenó que se ejecutara sin tardanza el careo entre el acusado y los testigos. Todavía no anochecía cuando Pedro y otros dos reos fueron sacados de la comuna de la cárcel. Colocados en mitad del reducido patio, con Pedro en medio, el gobernador hizo comparecer a los testigos por separado. El primero fue Garcerá, seguido de Castelló, y después Roque Morató y Jaime Boronat, dos de los soldados que rescataron a los dos primeros cuando el día anterior se encontraban amenazados por los migueletes en el barranco de Aguas. Los cuatro reconocieron a Pedro. Los dos primeros, incluso, le señalaron como uno de los que más amenazas profirió contra ellos, por ser vasallos del Borbón, diciendo que habrían de ahorcarlos.


Dos días después, el 30 de junio, el gobernador firmó el auto por el que condenaba a Pedro Giner a cuatro años de galeras a remo, «que se hallan en este puerto por las necesitadas que estan de forzados», así como al pago de «cien ducados para las obras de este castillo, y las costas de esta causa».


No sabemos si Pedro sobrevivió a los cuatro años de galeras, pero, si lo hizo, debió desembarcar en el puerto de Alicante nueve meses después de que el general austracista Juan Bautista Basset fuese traído prisionero al castillo de Santa Bárbara, tras la toma de Barcelona por el ejército borbónico (11-9-1714). De aquí fue trasladado a otras prisiones españolas, falleciendo el 15-1-1728 en Segovia, pocos meses después de ser liberado del alcázar por su mal estado de salud.


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