Momentos de Alicante

Tragedia en la Tabacalera

30.05.2016 | 02:05
Tragedia en la Tabacalera

Dos meses y medio después de que concluyera la rebelión de Pantaleón Boné con el fusilamiento de los Mártires de la Libertad en el malecón, se produjo un incendio en la fábrica de tabacos de Alicante. Fue el 20 de mayo de 1844.

Aquella mañana, Paquita Jiménez y sus hijas Manuela y María entraron en la fábrica de tabacos cuando faltaban pocos minutos para las ocho, a fin de iniciar su jornada de trabajo de diez horas. Como ellas, otras tres mil operarias y más de ciento treinta peones y oficinistas comenzaron a ocupar sus puestos; ellas en los talleres de confección, ellos en los despachos y almacenes.

Pero aún no habían tenido tiempo siquiera las cigarreras de sentarse en las bancadas, cuando corrió el aviso, entre chillidos y carreras, de que el almacén estaba ardiendo. Sin que la mayoría de las mujeres vieran las llamas, oyeran el crepitar del fuego u olieran el humo, corrieron todas (operarias, capatazas y maestras) precipitadamente hacia fuera de la fábrica, en medio de un clamor aún más impresionante que el incendio que en verdad había nacido en el almacén. Un incendio que creció con pavorosa velocidad, propagándose a las demás dependencias de la antigua Casa de la Misericordia, devorando todos los obstáculos, ya fueran puertas, paredes, rejas, huerto o claustro.

Por fortuna, las más de tres mil tabacaleras lograron salir de la fábrica en llamas sanas y salvas, por lo que muchas de ellas pasaron muy pronto de los gritos y los llantos a las exclamaciones y oraciones. Mientras contemplaban cómo el incendio convertía rápidamente en un montón de escombros la que había sido la tercera Fábrica Nacional de Cigarros de España (después de la de Sevilla y Cádiz), las cigarreras elevaron sus agradecidas plegarias al cielo, en especial a la Santísima Faz, reliquia conservada según creencia popular en el cercano monasterio del mismo nombre, pues enseguida se generalizó la certidumbre entre ellas de que todas habían salvado la vida merced a la milagrosa intervención de dicha reliquia.

También lograron salvarse los hombres que se hallaban a tan temprana hora dentro de la fábrica, excepto dos mozos de almacén que perecieron al caérseles encima la techumbre cuando se ocupaban de salvar barricas de tabaco. De modo que, si de veras la Santísima Faz obró milagrosamente aquella mañana en el barrio alicantino de San Antón, tal milagro no fue completo.

Pero la peor tragedia que se vivió en la tabacalera alicantina se produjo diez años más tarde.

En la mañana del 17 de julio de 1854, la noticia de que las calles de la ciudad estaban llenas de hombres que proclamaban la rebelión progresista contra el Gobierno moderado, recorrió cada taller, cada oficina y cada almacén de la fábrica con tal rapidez, que casi todas las operarias se precipitaron al mismo tiempo hacia la salida, alarmadas por el riesgo que, pensaban, debían estar corriendo sus padres, esposos, hermanos e hijos, pues todas recordaban lo ocurrido durante la rebelión de Boné.

Cerca de cuatro mil operarias había en ese momento dentro de la fábrica de tabacos. Casi todas ellas salieron del edificio, reconstruido por completo tras el incendio, sin mayores complicaciones. Entre estas se hallaba Paquita Jiménez, ya que el taller de manuales para mayores en el que trabajaba se encontraba en la planta baja. Pero sus dos hijas, Manuela y María, estaban en el piso superior, cada una en un taller distinto, aunque se vieron en el mismo rellano de la escalera, junto con muchísimas otras compañeras que, como ellas, deseaban bajar cuanto antes. Tantas eran, que la escalera se hallaba completamente llena y apenas si podían moverse de los escalones que ocupaban, pues la salida estaba también obstruida allá abajo por cientos de mujeres más que se arremolinaban y empujaban, gritando de desesperación.

Muy pronto los gritos y empujones comenzaron a oírse y a sentirse también en el rellano donde estaban Manuela y María Fillol. La mayor, más cercana a la escalera, animaba a su hermana para que se le acercara, pues quería cogerle de una mano, convencida de que así podría ayudarla a salir antes. Pero a María no solo le resultó imposible avanzar, sino que además empezó a sentir dificultad para respirar cuando las muchas otras mujeres que iban detrás de ella la empujaron y apretujaron contra las que tenía delante. Los chillidos de desesperación y daño fueron creciendo en número e intensidad, hasta que la algarabía resultó ensordecedora.

Una de las que más chillaba era Manuela, presa del pánico al ver cómo su hermana no gritaba porque apenas si podía respirar, mirándola con ojos cada vez más desvaídos, como si estuviera a punto de desmayarse, o de ahogarse. Pese a estar a menos de seis pasos de ella, Manuela no podía ayudarla, y tan angustiosa situación la incitaba a llamarla con grandes gritos, alaridos que se confundían con muchos otros que salían de decenas y decenas de gargantas.

De pronto, un ruido inhumano, mucho más grande que el de todos aquellos chillidos juntos, acompañó al derrumbe de una parte del antepecho de la escalera, el cual cayó al patio desde una altura considerable. Inmediatamente detrás cayeron las cigarreras que se hallaban apoyadas en dicho antepecho y, tras ellas, debido a la falta de apoyo y a los empujones que se dieron unas a otras en su afán de ponerse a salvo, cayó un grupo aún más numeroso de las que en aquel rellano se agolpaban. Quince de aquellas infelices murieron en el acto y muchas más sufrieron graves contusiones. Entre las que peor suerte tuvieron se encontraba María Fillol, hermana de Manuela, hija de la operaria mayor Paquita Jiménez.

Las quince cigarreras que fallecieron en aquel trágico accidente vivían en los distritos más humildes de Alicante (barrios de Arrabal Roig y San Antón, y ladera del Benacantil, desde la plaza del Carmen hasta la plaza del Puente) y en las partidas de San Juan, Campello y Benimagrell. Francisco Riera Galbis, administrador de la fábrica de tabacos, visitó durante ese mismo día y los dos siguientes la docena de casas donde las fallecidas eran veladas por sus parientes. En una de aquellas casas habían perecido dos hermanas, y en otra la madre y dos hijas.

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