Momentos de Alicante

Lo peor estaba por llegar

23.02.2016 | 00:48

El domingo 12 de julio de 1936 Pepe Ramos embarcó en el muelle alicantino en el buque Ciudad de Alicante, conocido popularmente como El Mallorquín porque tenía como destino el puerto de Palma. Le despidieron sus hijas y su esposa, Elvira Ramos, con quien se había casado en la iglesia de Santa María 26 años atrás.


El viaje comercial de Pepe se hizo más largo y angustioso de lo esperado porque pasaron los días, las semanas y los meses sin que su familia supiera nada de él. El sábado siguiente a su partida se produjo un golpe militar que propició el inicio de una guerra civil. Una guerra civil que sumió a la mayoría de los españoles en la inquietud, en el miedo, en el dolor?, y que hizo más triste y desesperante la vida de Elvira y sus hijas, que seguían sin noticias de Pepe.


José Ramos Esplá había nacido en Alicante el 7 de febrero de 1886. Tenía, pues, cuando desapareció, 50 años y cinco meses de edad. Sus dos hermanos, Concepción (nacida en agosto de 1882) y Rafael (octubre de 1883), se movilizaron para ayudar a su cuñada Elvira en la búsqueda de Pepe. Rafael era médico de la Casa de Socorro, secretario del Colegio Médico, presidente del Tribunal Tutelar de Menores y presidente de la Junta Municipal del Partido Republicano Radical Socialista, pero, a pesar de que recurrió a todos sus amigos, compañeros y conocidos que tenían alguna influencia, ninguna información obtuvo respecto al paradero de su hermano. Y el hecho de que la isla de Mallorca estuviera bajo el dominio fascista desde poco después del inicio de la guerra, hizo que el desasosiego de la familia de Pepe fuera trocándose poco a poco en resignado pesimismo.


Pero casi cinco meses después de que marchara a Palma, el 1 de diciembre, llegó a casa de Pepe un telegrama suyo, enviado desde Orán, que decía así: «Estoy bien, remitid quinientas pesetas consulado español, abrazos. Pepe».


Como era de esperar, aquel telegrama llenó de júbilo a los familiares de Pepe. Su esposa mandó el dinero a Orán de inmediato.


Dos días después, Pepe regresaba a su casa. Abrazos, besos, suspiros, lágrimas? Pepe le contó a Elvira y a sus hermanos su odisea con todo detalle. Una historia de sufrimiento y terror que Pepe transmitió al día siguiente a un redactor del diario alicantino El Día.


Este periódico notició el 5 de diciembre el regreso de José Ramos Esplá y publicó la entrevista que había concedido a uno de sus reporteros. El titular, en portada y a seis columnas, decía: «Lo que cuenta de su cautiverio en Mallorca un alicantino».


«Al estallar el movimiento fue imposible salir a la calle y el día 24, o sea, seis días después, junto con otros viajantes de comercio, fui detenido llevándonos al Castillo de Bellvert. Se nos detuvo alegando que éramos catalanes, pero al aclarar que yo era alicantino me dijeron: "Usted no se preocupe; no le pasará nada. Mañana lo arreglaremos". Pero tal mañana fue que estuve detenido en la antedicha fortaleza ¡ciento diez días! (?)», contaba Pepe.


El castillo de Bellver es una fortificación situada a tres kilómetros de Palma. El Gobierno de la República lo había cedido al Ayuntamiento de Palma, que lo convirtió en un museo de arte antiguo, pero los militares golpistas lo usaron como prisión.


«Nos hacían comer un rancho de lo más nauseabundo y el café era peor que agua sucia. Hubo una ligera protesta que valió para que nos amenazasen con pistolas y fusiles y al que no se conformaba con aquella bazofia lo dejaban tieso. Ante ello no hubo más remedio que acatar el rancho y lo que trajesen. No por ello perdonaban la vida a uno, ya que cada día aligeraban las celdas de compañeros que nunca volvían. Es incalculable la cifra de fusilamientos hechos en personas civiles que nada tenían que ver en lo que se debatía; el solo hecho de respirar ambiente antifascista, aunque solo íntima y calladamente, era suficiente.


»(?) Todas las mañanas sonaban unos nombres de presos -nombres que ya no han sonado más-, se les hacía salir y?».


Un día después del golpe de Estado, el general Mola, uno de los dirigentes golpistas, dijo: «Hay que sembrar el terror (?), hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros. Cualquiera que sea abierta o secretamente del Frente Popular debe ser fusilado».


Cumpliendo con esta orden y otras por el estilo, los militares golpistas ejercieron en Mallorca (como en el resto del territorio por ellos ocupados) una represión antirrepublicana que no distinguía inocentes, registrándose unos dos millares de víctimas en la isla durante los primeros meses de guerra. Tal como indicara el periodista Javier Lacosta, además del odio a la República democrática, «se adivina otro patrón de conducta de los represores: todos los nombres de sus víctimas observan la grafía, la fonética y la patronímica catalana. Se confirma así que los alzados ensalzaron su españolidad por vía de la persecución de personas afectas al catalanismo».


En el castillo de Bellver fueron encerrados hasta 800 presos republicanos, que fueron empleados en su mayoría como mano de obra forzada en la construcción de la carretera por la que se accedía a la fortaleza. Entre ellos estaban Alexandre Jaume, que como diputado había conseguido la cesión del castillo a la ciudad, y Emili Darder, alcalde en el momento de la cesión; ambos fueron fusilados.


En 2007 fue colocada una placa con el siguiente texto en catalán: «El castillo de Bellver fue prisión durante los primeros meses de la guerra civil. En memoria de todas las personas que desde la represión franquista desencadenada por el golpe de estado de 1936 contra el gobierno legítimo de la II República fueron perseguidas, hechas prisioneras e incluso asesinadas».


Pepe Ramos Esplá seguía contando: «Una mañana, a últimos de Noviembre, dice un guardián con voz de trueno: "José Ramis", y repite este nombre varias veces; yo como soy Ramos no contesté, pero un vecino de celda me dice: "A ver si eres tú". Entonces pregunté: "¿No será Ramos?". Se me contestó: "¿Y el segundo apellido?". "Esplá", dije yo. "Pues usted es, hombre de Dios, hace una hora que le buscamos". Salí con el consabido miedo pues así los llamaban a los otros para hacerles realizar el viaje eterno. Ni poder articular palabra que hubiese servido de despedida a los vecinos. Era tal la impresión? Y sin embargo, cuán lejos de pensar lo que había de suceder.


»Al presentarme ante el Director del Castillo-fortaleza y decirme que quedaba en libertad, no sé lo que me pasó.


»¡Volver a ver a mis hijas, esposa, familiares, cosa que parecía imposible!


»Se me dijo que estaba en libertad por ser mayor de cincuenta años. Que me repatriaban a Argel o a cualquier otra nación que no fuese España, de la cual tenía que renegar, así como de la familia. De no ser así, volvería a la celda.


»A todo dije que sí, que conforme me arreglaron el pasaporte y otros documentos y en un barco salía el día 26 del pasado mes hacia Argel.


»Estando todavía en la isla, pude enterarme de que a las mujeres, niños y a los mayores de cincuenta años, se les permitía salir (?). Sólo a los catalanes no les dejan salir. De ellos quedarán pocos para contarlo. El ser catalán es allí un delito.


»Del régimen interior de la isla, saqué la consecuencia de que todo se mueve bajo la batuta de la Italia fascista, siendo el conde Rossi el "factótum o casi totum".


»Ondea por todas partes la bandera monárquica, roja y gualda, pero aun así, se respira ambiente italiano: armamento, buques de guerra, aviones? todo italiano; hasta los mandos (?)».


Desde Argel fue a Orán, donde había varios conocidos suyos alicantinos. Y desde Orán, a Alicante.


Pepe acabó su relato con las siguientes palabras:


«(?) puedo decir a los alicantinos, mis paisanos, y a todos los españoles: ¡No desaniméis; el fascismo será arrollado y sepultado bajo nuestros pies! (?) ¡Ningún corazón noble puede albergar semejante doctrinado! ¡No pasarán! ¡¡No pasarán!!»


Pero pasaron, y lo peor estaba por llegar.


Los tres hermanos Ramos Esplá fueron enterrados en la misma tumba en el cementerio alicantino. Concepción murió el 6 de noviembre de 1953 (71 años), José el 10 de abril de 1968 (82 años; en la lápida pone 83) y Rafael el 8 de junio de 1971 (87 años).


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