Momentos de Alicante

Horror en la estación

02.02.2016 | 01:14
Horror en la estación

Viernes 4 de octubre de 1912. Dos de la tarde. Llueve.

En la estación
En la estación de ferrocarril de Alicante, sita en la avenida de Salamanca, hay gente esperando a la llegada del tren de Andalucía, que como siempre viene con retraso. Pero son más los viajeros que se disponen a partir en el tren que tiene su salida anunciada para dentro de unos minutos. Muchos todavía están haciendo cola frente a la taquilla. Son personas procedentes de diversas localidades de la provincia. Entre ellas, por ejemplo, está Juan Serrano, alcalde de Denia, que se halla al final de la cola. Más adelante, casi al principio, se encuentra Martín Gual, notario de Monóvar, que esta misma mañana ha venido a la ciudad para recibir a su hijo Antonio, que ha llegado al puerto desde Barcelona en el vapor «Vicente Salinas». Éste se ha separado de su padre unos pasos mientras encendía un cigarrillo.


Remedios Galera está expidiendo los billetes al otro lado de la ventanilla. Acaba de incorporarse después de disfrutar de tres meses de permiso. Ahora mismo ha despachado tres billetes a Juan García Pastor, quien se dirige al vestíbulo para reunirse con su esposa, María Gomis Antón, y su hijo Juan. Éste tiene 30 años y es el mayor de cuatro hermanos. Residen en la partida rural de Moralet y han venido los tres a la ciudad esta mañana para hacer varias compras. Pensaban regresar a San Vicente en el tranvía, pero a causa de la lluvia el padre decidió que lo mejor era tomar el tren andaluz.


La familia García-Gomis se cruza con el carabinero José López Larrosa, que lleva toda la semana realizando su servicio en la estación. Unos pasos más adelante, el carabinero saluda al guardia de Seguridad Francisco Gabriel Seguí. Éste tiene 25 años, es soltero y lleva un rato vigilando a un anciano zarrapastroso que se halla sentado en el suelo, en un rincón del vestíbulo. Hace un momento le ha pedido que se identifique. Le ha dicho que se llama Sebastián Pebrero, que tiene 71 años y es natural de Lorca. Después le ha contado que jamás ha viajado en tren y que ha venido andando durante 19 días hasta Alicante para embarcar hacia Argel. «¿Y qué hace aquí, en la estación?», le preguntó. «Descansando», respondió el viejo.


Otro anciano deambula por el vestíbulo. Mejor vestido y con mirada añorante, es un antiguo empleado de la compañía ferroviaria. Muchos días pasea durante horas por la estación y sus alrededores. Se llama José Jover, pero casi todo el mundo le llama «tío Jover».


Mucho más joven es Rafael Furió, pues solo tiene 17 años. Vive con su madre en la calle del Cid, 7. Trabaja para Correos desde hace unos meses. Acompaña a Tomás Navarro, encargado del coche ambulante que recoge la correspondencia en la estación, para llevarla a la oficina central. Rafael tira la colilla que se estaba fumando al suelo y se dispone a marchar hacia los andenes, adelantándose a su compañero, en cuanto oye el ruido del tren acercándose a la estación.


En el tren


El tren mixto de Andalucía número 30 debería haber llegado a la estación alicantina a las 12.40, pero, como siempre, lleva bastante retraso. Está compuesto de tres coches de tercera clase, dos de primera, uno de segunda y el coche destinado al servicio de Correos, con un departamento de primera clase y otro de segunda.


La pendiente existente entre San Vicente del Raspeig y Alicante hace que todos los trenes tomen bastante velocidad. Y en esta ocasión ocurre lo mismo. El guardafrenos, Juan Chocano, natural de Alcázar de San Juan y de 18 años, va en el furgón de cola y, ya cerca del cambio de agujas, comprueba que el freno no funciona.


También es de Alcázar de San Juan el conductor del tren, Juan A. Hernández, que va en el furgón de cabeza. Sin embargo, no es él quien maneja el convoy.


El maquinista que debería conducir la locomotora se llama Ángel Rivas, pero tampoco él controla el convoy. Ha disfrutado de permiso para enterrar en Córdoba a una de sus hijas y ahora va de pasajero en el coche de segunda. Le sustituye José Sevija, alicantino y soltero, fogonero autorizado para ejercer de maquinista. Desde hace rato, ha observado que los frenos no funcionan con la seguridad debida por culpa de la lluvia. Los raíles mojados lo impiden a pesar de la arena que el fogonero ha ido arrojando. En el espacio de un año, éste ha sido el motivo de dos accidentes cerca de la estación alicantina, con descarrilamientos de vagones, aunque sin causar víctimas mortales. Pero esta vez el tramo entre San Vicente y Alicante se ha hecho a una velocidad excesiva, recorriéndolo en tan solo ocho minutos. Ya cerca de la estación, al entrar en agujas, Sevija acciona repetidas veces el freno, pero no funciona; el arenero está vacío, le dice el fogonero.


El convoy está a punto de entrar en la estación a gran velocidad, pero Sevija se mantiene en su puesto. No así su acompañante, el fogonero Fidel Abad, que salta fuera de la locomotora.


Consciente de que el accidente es inminente, también el revisor del tren, Carlos Villagarcía, se arroja a la vía. Por su parte, el inspector Leopoldo Apellaniz, que va en un coche de tercera, se echa al suelo del vagón.


La tragedia


La locomotora arrancó las toperas del final de la vía y continuó avanzando por el interior de la estación. Atravesó la pared, produciendo un gran ruido y enorme agujero, arrasó la taquilla y llegó hasta la escalinata exterior, derribando una de las columnas de la fachada principal y cayendo por fin de su lado derecho.


La confusión dejó paso al horror en cuanto las personas que permanecían ilesas (entre ellas el inspector Apellaniz y el alcalde dianense) se dispusieron a auxiliar a las heridas y contusionadas. Algunas de ellas fueron atendidas en la pequeña sala donde estaba instalado el botiquín; otras prefirieron buscar ayuda en las farmacias cercanas.


La primera autoridad que llegó a la estación tras el accidente fue el juez de instrucción Garriga Mercader. Después llegaron el alcalde, el gobernador civil, varios concejales, los jefes de Policía y Seguridad, guardias civiles, militares, el presidente de la Audiencia, etcétera.


Los trabajos de salvamento fueron dirigidos por el ingeniero Aniceto Aznar y realizados por médicos, practicantes y empleados de la estación.


Los guardias y militares contuvieron a la muchedumbre de curiosos que acudió a la estación, pero varios periodistas tuvieron acceso al lugar de la tragedia y uno de ellos, de Diario de Alicante, hizo esa misma tarde una descripción detallada y durísima de lo que vio: «(?) Bajo la máquina, en la escalinata, se veían muñones sangrientos, miembros retorcidos de gentes que hallaron la muerte inopinadamente entre las ruedas del tender. En el andén de salida en un rincón veíase el cadáver de un hombre horrendamente magullado (?)».


Cuatro personas murieron en el acto: el notario de Monóvar y los tres miembros de la familia García-Gomis.


Entre la multitud de heridos había personas procedentes de diferentes puntos de la provincia: Elche, Elda, Villena, Campo de Mirra, Cocentaina, Benejama, Orcheta, Petrel, Alcoy, Pinoso? Muchos de ellos fueron llevados a la Casa de Socorro y, los más graves, al hospital.


Entre otros, llevaron a la Casa de Socorro al guardia de Seguridad Francisco Gabriel Seguí, al guardafrenos Juan Chocano y al mozo de Correos Rafael Furió, que había permanecido bajo la locomotora más de una hora pidiendo auxilio. Sus dos piernas habían quedado fracturadas y la reja de la taquilla había caído sobre su cuerpo. «Lo primero que pidió fue agua y un cigarro que se ha fumado tranquilamente. Se teme que fallezca de un momento a otro», contaría el mismo reportero.


Al hospital militar fue trasladado el carabinero José López Larrosa, y al hospital civil el maquinista, el fogonero, el tío Jover, la taquillera y el anciano lorquino.


A las ocho de la noche falleció como se temía el joven Rafael Furió y, seis días después, también murió el tío Jover, con lo que el número de víctimas mortales del accidente ascendió a seis.


La inspección técnica ordenada por el juez dictaminó que «el freno de vacío se hallaba perfectamente cerrado, la marcha atrás a fondo y el regulador abierto del todo», deduciéndose que «el maquinista empleó todos los medios a su alcance para evitar la catástrofe».


La locomotora, una de las más antiguas que prestaban servicio, no resultó con grandes averías. No fue retirada de la escalinata de la estación hasta el domingo a las diez de la mañana, dando tiempo así a que muchos alicantinos saciaran su curiosidad y a que filmaran para sendos documentales las productoras cinematográficas Marín y Pathé.


www.gerardomunoz.com

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