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Llantos y frío en la primera noche sin nada

Miles de personas con maletas dejaban sus casas ante el temor de réplicas del seísmo, formando un éxodo que cruzaba la ciudad. Habían sentido por primera vez el temor de perderlo todo, la incertidumbre de tener que partir de cero. Y esto, empeorado por el frío y el hambre por dormir a la intemperie en el Huerto de la Rueda.

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Llantos y frío en la primera noche sin nada
Llantos y frío en la primera noche sin nada 
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Olga López Hombres golpeándose en la cola para conseguir alimentos, esperas interminables para hacerse con una manta o una silla, familias saliendo de la ciudad a pie arrastrando sus maletas, formando un éxodo humano tratando de huir de la pesadilla. Y como sonido de fondo, el escándalo de helicópteros, cientos de ambulancias atravesando la ciudad sin pausa, una voz que por megafonía nombraba a los desaparecidos buscados por sus familiares y, en primer plano, el ruido del dolor, el llanto de cientos de personas desgarradas de tristeza por haberlo perdido todo.
La imagen de la explanada del Huerto de la Rueda, donde pasaron la noche al aire libre millares de afectados por el seísmo de Lorca, recordaba a las imágenes que llegan desde los países en guerra. Un campo de refugiados en el centro de Lorca y metros más lejos, escombros similares a los de un bombardeo.
Y los ciudadanos, unidos por la catástrofe, intentaban conseguir cosas tan básicas como mantas o alimentos para echar una cabezada. Todos unidos, tirados en el suelo del recinto, junto a sus maletas y los pocos enseres que habían logrado sacar de sus viviendas.
La mayoría de los ciudadanos que estaban en el Huerto Ruano, tenían la casa "totalmente destruida" según explicaban. "Ahora soy yo la que pide ayuda a la gente, a las familias de toda España, como tantas veces he visto por televisión, porque me he quedado sin casa, mis padres están en el paro y yo gano 500 euros como dependienta, mi vida se ha echado a perder en unos segundos", balbuceaba entre llantos Irene, de 18 años.
"¿Que si voy a volver a dormir a mi casa? ¿A qué casa? Si mi piso está destrozado, se ven hasta los hierros de los pilares" y no puedo entrar al comedor por las piedras que hay dentro", describía Alberto, sin querer "pensar en el futuro".
Otros intentaban ver la botella medio llena, y repetían que "lo importante es que nadie de la familia está herido, que vaya desgracia tienen encima los parientes de los muertos".
"¿Sabéis algo más, han dicho si hay más personas fallecidas?", preguntaban a los medios los afectados, sin noticias del exterior.
"Mi marido ha ido a casa para conseguir mantas, que los niños van a coger una pulmonía, pero no le han dejado pasar", comentaba Isabel mientras su hijo de siete años la consolaba con unas palabras de ánimo.
"Muchos lorquinos tienen casas en Águilas y se han ido para allá, otros están en el campo, como el hombre al que yo cuido, que se está pasando la noche en la casa de campo con su familia", explicaba Hassan, un magrebí que trabaja cuidando a un anciano. "Me han dicho que me fuera con ellos, pero yo prefiero quedarme con mis compatriotas, que solo nos tenemos a nosotros", añadía.
La mezcla y la unión de los afectados era la protagonista del Huerto de la Rueda: gente sola, en parejas, en grupos, y de todas las nacionalidades, sobre todo magrebíes y ecuatorianos. Eso y el frío, del que la mayoría no pudo protegerse hasta las cinco de la madrugada, cuando el reparto de mantas se amplió. algunos niños lograron conciliar el sueño y sus padres les tapaban los pies con lo chaquetas que hacían de edredones improvisados, lo que implicaba que ellos se quedaran un manga corta.
"Me gustaría cerrar los ojos y que dentro de unas horas, cuando amanezca, que todo esto haya sido una pesadilla y pueda volver con mis hijos a casa, llevarlos al colegio y hacer nuestra vida, que el terremoto nos la ha derrumbado", decía entre gritos María José, de 35 años, mujer de un policía local, que a esas horas trabajaba para ayudar a reconstruir la Ciudad del Sol, convertida en la ciudad de la sombra y la desolación.

Peleas en las colas para conseguir alimentos
A las doce de la noche, los miles de refugiados en la explanada habilitada para los afectados en el Huerto de la Rueda, la mayoría de los afectados no tenían mantas para cubrirse, ni sillas, ni alimentos. Los ancianos sí que estaban atendidos por los voluntarios de Cruz Roja en los hospitales de campaña, y los niños se cubrían con las mantas térmicas de alumninio de las que se utilizan para tapar a los fallecidos, ante la imposibilidad de conseguir otras.
A la una de la madrugada, las colas para conseguir una de las magdalenas y bebidas energéticas que repartían se multiplicaba. Y después de horas sin comer y con la mente abrumada por la pesadilla, algunos de los hombres que hacían cola perdieron los estribos emprendiéndola a golpes con otros afectados que hacían cola. En uno de estos episodios violentos, un ciudadano llegó a golpear a otro con un palo de madera, y en otro los sanitarios tuvieron que atender a un vecino que sufrió un ataque de ansiedad.
Horas más tarde, pasadas las dos, se repartió agua. Conforme pasaban las horas y los afectados iban consiguiendo alimentos, el tenso ambiente se relajó. A las cuatro de la mañana, las colas volvieron a formarse para conseguir una porción de pizza caliente, y a las cinco de la madrugada aún había que esperar quince minutos para hacerse con un sandwich, un refresco y un yogur.
Los operarios que trabajaban a destajo para instalar grandes tiendas de campaña y retretes portátiles se esmeraban junto a los empleados que repartían sillas, prácticamente tan codiciadas como los alimentos. Y para conseguir mantas, otras colas de metros. Mientras, los voluntarios de Cruz Roja, sonrientes y demostrando su profesionalidad. O.L.T./ EFE

Ancianos atendidos por caídas e infartos
Las camillas de los hospitales de campaña instalados en el Huerto de la Rueda estaban ocupadas por decenas de ancianos que habían sufrido caídas con el movimiento de la tierra y presentaban contusiones o roturas de huesos. Crisis hipertensiva, desorientación, hipotermia y hasta un infarto eran los diagnósticos del personal sanitario que atendía a las víctimas. "Los ancianos son especialmente sensibles a cualquier suceso, y más a una catástrofe de este tipo; ellos no resisten una la noche a la intemperie, así que los más sensibles dormirán en el interior de las tiendas", explicaba un voluntario de la Cruz Roja. "En mis 85 años, nunca he pasado más miedo ni he visto tanta tristeza en la ciudad", comentaba afligido un anciano. O.L.T.

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