Cuentan que cuando el cuartel acogía a los soldados que hacían el servicio militar en Rabasa el barrio tenía "un montón" de bares y de tiendas. Ahora apenas quedan tres bares, la farmacia, la panadería, el kiosco y una verdulería. "Es el principal problema que tenemos, que no hay tiendas y cuando necesitamos algo tenemos que ir a Los Ángeles pero, por contra, estamos muy bien aquí, hay mucha tranquilidad y no hay prácticamente delincuencia", dice Mari Carmen, una vecina que lleva 38 años viviendo aquí en una de las tradicionales casas de una planta con el patio dando a la calle. Si se cumplen las previsiones, a la tranquilidad que tanto valoran los alrededor de 1.300 vecinos que viven aquí, le quedan los días contados debido al famoso y polémimico Plan Rabasa que, como poco, multiplicará por cuatro su población ya que de las 13.300 viviendas previstas, unas 2.000 se levantarán en el perímetro del barrio.
Mientras llega o no llega el Plan, Rabasa sigue siendo, como dicen los vecinos, un barrio tranquilo en el que uno puede encontrarse todavía viviendas con la puerta de la calle abierta y en el que los vecinos, ahora que el calor aprieta, hacen la vida en los patios que dan a la calle. Las casas son de una o dos plantas y no se pueden levantar más. Cuenta Antonio Balibrea, el presidente de la Asociación de Vecinos de Rabasa que cuando se planteó un primer PAI en la zona, se proyectaron varias torres. Los vecinos recurrieron al general Cardona que mandaba en el cuartel y éste recurrió a su vez al Ministerio de Defensa, cuyo titular era Federico Trillo, para evitar las torres apelando a medidas de seguridad. De hecho, una ley impide construir nada a cien metros de la pared del acuartelamiento, al margen, claro, de lo que ya hay, pero además se determinó que en un espacio de seis kilómetros ningún edificio podía superar la altura de la base de la antena del cuartel de forma que las viviendas que se harán en el barrio dentro del Plan Rabasa serán de una o dos plantas, altura que podrá ir creciendo conforme se vayan alejando del acuartelamiento.
De hecho, la limitación de altura es lo único que da una cierta uniformidad, ya que el barrio podría ser la pesadilla de un urbanizador: una vivienda moderna con la fachada de cristal y acero junto a otra de más de cincuenta años encalada. Una azul de dos plantas con techo plano junto a otra ocre con franjas y tejado a dos aguas, y así todo el barrio. En una de las casas más curiosas encontramos a Isabel. Su vivienda, al menos por fuera, podría ilustrar el cuento de la casita de chocolate, con barandillas hechas de troncos, celosías de madera, cristaleras con flores pintadas e incluso una bandera pirata junto a la chimenea exterior. La ha creado su marido, conocido como Tom Rock, uno de los grafiteros más antiguos y punteros de Alicante que se dedica a la tematización y decoración de interiores. "Llevamos aquí 15 años -dice Isabel-. Vinimos porque mi marido necesitaba un lugar donde trabajar y poco a poco lo convertimos en nuestra casa, y estamos muy bien aquí".
En el barrio hay varias plazas recientemente creadas o remodeladas gracias al plan E. Todas son similares, mucho hormigón, bancos, un par de juegos infantiles, una pérgola de madera y árboles que en algunos casos todavía tienen que crecer para dar suficiente sombra. Será por eso y por el calor de estas fechas pero, pese a que los niños todavía no han empezado el curso, encontramos tres de las principales plazas vacías tanto por la mañana como por la tarde. "Es que hace mucho calor y la mayor parte de los vecinos tienen su patio exterior con toldos o algún arbolito como para salir a la calle con la que cae", dicen Conchi y Vicenta que toman el fresco en una silla en la puerta. En una de las plazas sí encontramos en un banco a Miguel "el Miqui" y a Francisco "el Belmonte", como dicen que les llaman. Son dos chicos jóvenes que, tras destacar que lo que más les gusta del barrio es la tranquilidad, añaden que uno de los principales problemas es la vivienda. "llevo esperando una casa desde hace dos años", dice Miguel, "nos apuntamos pero no empiezan y así estamos muchos jóvenes que queremos quedarnos en el barrio pero para eso tienen que construir". Miguel se refiere a las viviendas de protección oficial previstas dentro del PERI del barrio que, con un poco de suerte, según Balibrea, podrían iniciarse en un par de años. "Ah, y también nos gustaría que hubiera más chicas aquí, hay pocas", añade Francisco riendo.
En las zonas ajardinadas apenas hay pequeños grupos de ancianos, un par de niños jugando en los columpios ante la mirada de su abuelo y algún adolescente con una pelota en una destartalada pista de hormigón con una cesta de baloncesto, sin red, situada en la Plaza de la Pérgola. ¿Dónde se reúnen entonces los vecinos al menos durante los meses de calor? En el barrio hay tres bares y una horchatería. En el bar Rabasa en la calle de Gata de Gorgos hay bastante animación. Un grupo juega al dominó mientras otros vecinos toman el aperitivo. Los propietarios son Mari Trini y Bernardo que muestran orgullosos un montón de copas que ha ganado su hijo jugando a la petanca. Llevan quince años con el bar abierto. Por su cercanía con el cuartel militar parte de sus clientes son los miembros del ejército. "Antes cuando había soldados de reemplazo había más animación en el barrio, venían a los bares, a las tiendas e incluso algunas mujeres del barrio les lavaban y les planchaban la ropa. Ahora hay menos militares pero son profesionales, tienen más dinero y consumen más", dice Mari Trini. ¿Y en qué más se nota la cercanía del cuartel?. "Bueno, siguen tocando diana todos los días al salir el sol", señala Bernardo, "y se oye en todo el barrio".
El principal núcleo de reunión de Rabasa es el centro comunitario que también se ha remodelado recientemente con fondos del Plan E. Allí se ubican la asociación de vecinos, la hoguera, la comisión de fiestas, el club de fútbol, un incipiente club juvenil y las dependencias de la tercera edad. En la puerta de acceso hay una pequeña caseta con una peluquería. Allí encontramos a Elvira, la peluquera atendiendo a cuatro vecinas del barrio. "En Rabasa vivimos bien, la apertura de la farmacia fue muy importante para el barrio pero nos faltan más tiendas, un Mercadona o algo así nos vendría fenomenal", dicen. También se lamentan por la periodicidad del paso del autobús, "que a veces tarda más de media hora y otras veces pasan dos casi juntos". Por lo demás, dicen vivir bien. "Casi no hay delitos, es muy tranquilo y nos conocemos todos. ¿Por qué nos vamos a quejar?".