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Atrapado en su propia casa

Un minusválido alicantino lleva diez años recluido en su vivienda ante la negativa de los vecinos del edificio de instalar un ascensor

 13:12  
José Luis en su casa, de la que no ha salido desde hace año y medio.
José Luis en su casa, de la que no ha salido desde hace año y medio.  ANTONIO AMORÓS

PATRICIA PÁRAMO "Por supuesto, estoy encantado de que venga a hacer el reportaje a mi casa, el único problema es que no puedo abrirle la puerta". Así es la realidad de José Luis Ruiz Dangla, un alicantino de 53 años que lleva la última década postrado en una silla de ruedas tras sufrir un tumor cerebral que le privó de la sensibilidad en el 85% de su cuerpo y, lo que es más dramático aún, de poder salir de su propia casa.
El suyo podría calificarse de encierro arquitectónico. Su vivienda, sita en el Pasaje del Albaicín, carece de ascensor. Sus vecinos, un total de 19 familias de clase media, se niegan a realizar la correspondiente derrama (que ascendería aproximadamente a 3.000 euros) para que el elevador sea una realidad en el edificio. 70.000 euros que permitirían a José Luis respirar, después de tanto tiempo, un aire diferente al del hogar que con tanta ilusión adquirió 27 años atrás y que se ha convertido en una auténtica celda para su morador.
Setenta y seis escalones repartidos a lo largo de cuatro plantas son los que separan a este antiguo técnico en electrónica del ansiado "café expresso en una terracita", que, confiesa, sería lo primero que haría si tuviera los medios para salir al exterior. Mientras el sueño se hace realidad, pasa sus días postrado ante el ordenador y con la sola compañía de su mujer, su hija, y Dala, una gatita callejera que ya forma parte de la familia y que es un gran apoyo para su dueño.
Desde la silla en la que "vive" rodeado de retratos de familiares, y con Internet como única ventana al mundo, recuerda tristemente la última ocasión que estuvo en la calle. "Fue hace un año y medio, cuando falleció mi madre. Tuve que pagar 102 euros para que me bajaran por las escaleras y me llevaran al cementerio". Y continúa su relato emocionado al añadir que lo "peor de todo es que mientras estaba enferma me pasé más de un año sin verla porque ella no podía subir las escaleras, y paradójicamente, yo no podía bajarlas", señala.
Su hija Evelin, de 25 años, desesperada de llamar a las puertas de todas las instituciones y administraciones para pedir ayuda y obtener una "educada pero negativa respuesta", admite con rabia que "si tuviera el dinero necesario pondría un ascensor con llave para que sólo mi padre lo utilizara". Aunque rápidamente se disculpa por su "egoísmo" y admite que, en ocasiones, la impotencia es más fuerte que el raciocinio.

ABANDONADO
La realidad es que la familia ha movido todas la piezas que estaban en su lado del tablero para solicitar ayuda. Ayuntamiento, concejalía de Bienestar Social, Diputación, Generalitat, Gobierno e infinidad de instituciones sin ánimo de lucro han sido los destinatarios de sus escritos. "Incluso he mandado correos a un jeque árabe y a la fundación Rafa Nadal". La respuesta es siempre la misma. "Nos envían de ventanilla en ventanilla, se van pasando la pelota y al final la única verdad es que yo sigo aquí encerrado y nadie nos da la ayuda económica que necesitamos".
Tras catorce visitas al quirófano, con una bolsa que le suministra medicación continuamente insertada en su vientre, una minusvalía de más del 75% y una pensión de apenas mil euros para mantener a toda la familia, José Luís no puede hacer frente al gran desembolso económico que supondría poner un ascensor o una plataforma móvil que le permitiera salir de su encierro. "No puedo permitirme ni los 600 euros que cuesta una silla especial, como las de las ambulancias, para que dos hombres fuertes me bajaran a peso por las escaleras". Pero incluso en esta situación, tiene ánimo para bromear "a veces me dan pena los sanitarios que tienen que cargar con mis 90 kilos cuando tienen que llevarme al hospital".
Pero si algo sorprende al conocer la dramática realidad que vive día a día esta familia es el ambiente optimista y esperanzado que se respira dentro de esas cuatro paredes. "Yo sufro por mi mujer ya que la necesito hasta para beber un vaso de agua, y eso, en cierta forma, supone un encierro también para ella". Sin embargo, hace hincapié en que, "no me encuentro encarcelado anímica, pero sí físicamente. Ni grito ni lloro porque me he hecho a la idea de que esta es mi vida y lo asumo". Y es que la única solución de que José Luís pueda volver a caminar sería trabajar con células madre y eso, por ahora, "es ciencia ficción". Ahora sólo le queda esperar que su lucha por el elevador sea un cortometraje con final feliz.

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