ENTREVISTA A JESÚS PENA. CATEDRÁTICO DE LENGUA Y COAUTOR DE "LA GRAMÁTICA DESCRIPTIVA ESPAÑOLA"
VICTORIA BUENO
Ni podemos vivir sin hablar, ni tampoco decir nada sin intención, así se expresa el catedrático de Lengua Española por la Universidad de Santiago, Jesús Pena, coautor de "La Gramática Descriptiva Española", y uno de los especialistas que reúne estos días la Universidad de Alicante en las XII Jornadas anuales de Estudios de Lingüística, organizadas por la Facultad de Filosofía y Letras. Cualquiera -dice Pena- puede crear una palabra.
- El subtítulo de estas jornadas que reúnen en la Universidad de Alicante a especialistas e investigadores de Lengua, Lingüística y Literatura sugiere que ustedes son creadores de palabras, ¿cómo lo hacen?
Las palabras no se crean de la nada, como ninguna otra cosa, a excepción de la palabra gas (risas). Siempre hay un punto de partida o las raíces de las lenguas modernas heredadas, como del español el latín e, incluso, el griego.
- ¿Usted ha creado alguna?
No lo sé. Posiblemente en el aula o en una charla distendida, pero si lo he hecho, ha sido sin éxito porque no ha perdurado. Incluso puede crearse una palabra sin que el hablante sepa gramática ni sepa escribir, sino por pura práctica, por mecanismos de analogías. El sistema lo tenemos interiorizado, como una maquinaria, y su difusión depende de su éxito por la necesidad o el contexto.
- Así que no hay que ser ningún experto, sino saber enganchar.
También el lenguaje científico crea un nuevo concepto por necesidad, porque dispone de un nuevo instrumento, pero otras veces se trata de palabras que significan lo mismo y es el uso el que se encarga de discriminarlas. El éxito depende más de la comunidad de hablantes y de su difusión por los medios de comunicación y la publicidad. Generalmente los neologismos tienen éxito y también las palabras en el terreno humorístico.
- ¿Recuerda alguna que le haya llamado la atención?
Nuestra comunidad se caracteriza por crear muchos ismos. El marianismo o el zapaterismo definen maneras típicas de hacer política, como definió acertadamente Luis María Ansón en un artículo. Hace un tiempo se creó "maragallada" como típico de un personaje público y cada personaje público crea su ismo: felipismo, aznarismo, pero son términos fugaces y en cincuenta años no existirán más que en la memoria de la gente. La creación de palabras tiene mucho que ver con la moda y las tendencias.
- ¿En general hablamos bien o mal?
Hablar bien o mal no existe más que para la Academia desde el punto de vista científico. Hablando se entiende la gente y lo fundamental es comunicar. De hecho nuestra lengua procede del latín popular de los soldados y no de Cicerón, porque la lengua que tiene más éxito es la coloquial. Otra cosa es la especialidad desde el punto de vista científico.
- ¿Son mundos paralelos el científico y el coloquial?
No. Son muy distintos y así debe ser. Está la gramática que tiene cada uno en su cabeza como hablante y la que producimos como especialistas. Por eso se habla bien en cualquier circunstancia, es algo innato, adquirido. Llama mucho la atención cuando alguien dice aquello de "la madrileña calle de..." dándole una característica descriptiva al nombre de una calle, pero si acaba imponiéndose, las leyes cambian.
- ¿La calle se impone sobre los estudiosos científicos?
Si una expresión se va extendiendo y se generaliza, estará bien dicha y cambiará la ley. Lo que es correcto hoy puede cambiar por su uso y amplitud, porque acabe imponiéndose otra cosa.
- ¿Cómo lo trasladan ustedes a los manuales?
Acaba de publicarse la "Nueva Gramática de la Lengua Española" y va a llamar mucho la atención que por primera vez se indica que un término se dice de determinada manera, pero que en la Península Ibérica se dice de otra forma. Esto es porque la comunidad hispanoamericana es mayor y figura como la estándar, la más extendida. Antes era la Península la que se miraba el ombligo.
- ¿Una imagen vale más que mil palabras?
Por su puesto, se fija mucho más y economiza. Con la palabra todo tiene un doble punto de vista. Hoy no podemos vivir sin hablar, ni decir algo sin determinada intención porque con la palabra hemos progresado en el modelo del conocimiento. Cuando decimos ¿puedes pasarme la sal? no estamos preguntando eso textualmente, estamos pidiendo la sal.