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HEMEROTECA » |
ÁNGELES CÁCERES Con 85 años, Jaime Berenguer no había visto angustia tal en su pueblo, todos sospechando de todos, "y mire que aquí hemos pasao hambre de verdad del 41 al 44, y en tiempos de Franco muchos años, que aguantamos gracias a que en la huerta se hacía trigo y dacsa. Pero nos conocíamos todos desde los tatarabuelos y confiábamos, ni las puertas se cerraban; ahora, con tanta gente de fuera, yaÉ". Del alcalde Cano dice que "pone los billetes de 1.000 al fuego por él", que aunque lo hayan hecho preso, culpable no puede ser. ¿Por qué? Pues porque no.
Por contra la finlandesa Kaisa, casada con el polopino Isidro, no guarda simpatías hacia el recién apresado alcalde "que nos expropió por una miseria el terreno y la casa que habíamos hecho piedra a piedra y ni agua han dejado, con el papel higiénico hay que ir al bancal. Cano jamás nos recibió, ni de concejal de Urbanismo, que está desde 2001 aunque lo niegue, ni de alcalde; es más fácil hablar con el Papa que con el Ayuntamiento de Polop". Y dice que perdieron el juicio contra el Ayuntamiento y van a recurrir, "pero los expoliadores tienen los mejores abogados".
Desde su altura noble, vejado y agredido, contempla el ya irreparable desafuero el padre Ponoig, vetusto León Dormido cuyo profundo sueño han aprovechado los mercaderes para robarle su belleza y repartírsela hecha añicos, cubriendo el cuerpo con las pústulas de una lepra de ladrillo que trepa por sus flancos, buscando el cuello para degollarlo de un último y definitivo tajo.
Y desde la puerta de su casa el busto de Gabriel Miró contempla impotente la fachada de la zapatería, hoy famosa por obra y gracia de una detención sonada. Entran a comprar los turistas de un bus a quienes la guía ha contado la situación actual del pueblo, mientras los encaminaba como de costumbre al Museo de Miniaturas y la tienda de embutidos de un edil, para que hagan gasto.
Dos abuelos de la residencia de ancianos toman el sol al arrullo de los chorros de la fuente, "dos desgraciados es lo que somos y para problemas ya están los nuestros, que se maten los que quieran mientras a nosotros nos dejen en paz". La dueña de una tienda que se instaló en Polop hace 8 años llegó a tiempo de ver la hermosura, y el destrozo enseguida después. No entiende que se prohibieran los focos que alumbraban el Ponoig, por preservar la vida de la fauna, y se hayan permitido esas urbanizaciones salvajes con una contaminación lumínica que ni las estrellas dejan ver. "Lo más deprimente de estas luchas es ver cómo se tiran al cuello gente del mismo partido", dice. Y tan al cuello, señora mía; y tan al cuello.
Tras las cancelas labradas y las rejas de buche de paloma se intuyen ojos y oídos vigilantes, quién sabe si temerosos. En los bares se habla de política, detenciones, urbanismo y de los dos alcaldes, el vivo y el muerto, sin mentar ni de pasada que el Barça se juega nada menos que quedarse fuera de la Champions. "¿Con las sorpresas de cada mañana, vamos hablar de fútbol?, espérese que se acaben". ¿Y usted qué piensa de lo que está pasando? "¿Yo? Que soy del Betis, ¿y usted?".
Un señor con cara de poderío, me dice que trabaja en una entidad bancaria. Y estará usted de acuerdo con el ladrillo, claro. Sonríe con encanto, acaba su café y se va. En otro bar (los bares son el pulso de los pueblos), dicen que el primer ayuntamiento con líos era noticia, pero que ahora ya hay tantos, queÉ Hombre, con muertos, tantos no hay.
Dice un forastero con 30 años viviendo en Polop que "no se puede destrozar una montaña para construir un montón de chalés que lo único que aportan al pueblo es mierda, destrucción y gentuza barata". Dice, él sabrá. En una pared de la casa del concejal Montiel, frente por frente a la del alcalde Cano, hay una imagen de la Virgen del Campo. En el bar donde el alcalde preso, ese concejal y alguno más se reunían, se cuaja el silencio frente a la piscina. Por todo el pueblo se expande una inquietud sorda, un reguerón turbio de sospechas.
Antes de irme paso por Xirles, donde el alcalde Ponsoda fue asesinado. Bajo al Molí. Allí lo nombran como Alejandro, "de política no hablábamos, él se sentaba a la fresca como uno más; no era hombre de bares pero cuando tenía comidas las repartía, por cumplir con todos". Entre las frondas de Xirles, el rumor del agua hoy suena a responso.
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