PERE ROSTOLL
En octubre de 2008, el PP de la Comunidad celebraba su congreso en la Feria de Valencia. Era el cónclave soñado para Camps. Tenía en sus manos todo el poder institucional de la Generalitat. No en vano, en las autonómicas de mayo de 2007 había cosechado cerca de un millón trescientos mil votos, el mayor respaldo logrado en la historia por un presidente del Consell. Se había convertido en el principal báculo de apoyo para Mariano Rajoy y en el barón territorial con más influencia. Y, finalmente, se hacía con un poder absoluto en el PPCV tras salir reelegido presidente regional de los populares casi por unanimidad en un congreso de tono festivo y muy diferente al celebrado en 2004 en Castellón, en el que los afines a Eduardo Zaplana, entonces todavía portavoz del PP en el Congreso, aún amagaron con una candidatura alternativa.
"Era lo que llevábamos muchos años esperando", confesaba con emoción una estrecha colaboradora de Camps en la jornada inaugural de ese cónclave regional de hace trece meses sin ni siquiera imaginar que el cabeza visible de la inmensa organización de aquel congreso, un peculiar amigo del presidente llamado Álvaro Pérez, pero al que todo el mundo en el PP conocía como El Bigotes, iba a convertirse, apenas unos meses después, en un problema de tal calibre como para poner en cuarentena el futuro de la carrera política del jefe del Consell.
El dedo de Zaplana y el deseo de volar por libre
Zaplana, preso de su promesa de abandonar la Generalitat tras dos mandatos y apremiado por su ambición de asentarse en Madrid, optó por dejar la Generalitat en el verano de 2002. José Luis Olivas terminaría la legislatura pero se buscaba candidato. Y Camps fue el designado por el hoy directivo de Telefónica. Zaplana, convencido de que podía manejarle desde Madrid, le llevó de la mano hasta conducirlo a una clara victoria con mayoría absoluta en las elecciones autonómicas de 2003. Pero el nuevo jefe del Consell había hecho planes por su cuenta. Nada más tomar posesión, puso tierra de por medio no sólo con Eduardo Zaplana sino también con su forma de gobernar. Imprimió a su gestión un toque autonomista con la propuesta de reformar el Estatuto como argumento principal de su discurso de investidura, ofreció una imagen de apertura institucional, destensó la relación con los periodistas y trató de hacerse, sumando adhesiones, con el control del PP, que ya presidía por imposición del ex ministro de Trabajo pero sin el refrendo de los militantes en un congreso.
Los grandes días del jefe del Consell
Camps empezó a ganar terreno. Institucionalmente, tuvo su momento álgido durante el año 2005 con la reforma del Estatuto de Autonomía, pactada con los socialistas y que, en un momento de batalla con Cataluña y Euskadi por sus ambiciones de autogobierno, le situó en la escena política nacional como garante de propuestas ajustadas a la Constitución. Y en el PP, con el respaldo explícito de Rajoy, validó su liderazgo regional en el congreso de Castellón celebrado en noviembre de 2004 pese a las quejas de los zaplanistas que, ya con Joaquín Ripoll como referente, quedaron reducidos a la mínima expresión en una ejecutiva en la que Camps aupó a un prometedor diputado, Ricardo Costa, como número tres. El jefe del Consell se atrajo a Fabra en Castellón y colocó a Alfonso Rus como administrador del PP en Valencia pero el grano de Alicante, a la larga germen de su situación actual, seguía supurándole. De hecho, Ripoll, a pesar del apreciable avance de Camps en la provincia, ganó con el 70% de los votos el congreso que, en vísperas de Navidad, se celebró ese mismo año en Altea. Esa estabilidad institucional y una dirección regional, controlada ya por Costa tras su ascenso a secretario general del PP, reforzada al máximo por Camps para diluir el peso de Alicante -movimiento que concretó con la purga de los afines a Ripoll en las listas- le catapultó hacia las autonómicas de 2007 con una victoria histórica. Para entonces, la trama de Correa y El Bigotes ya se había instalado en el Consell y en el PP. Recibía adjudicaciones públicas y se llevaba el enorme pastel de los actos públicos que organizaban los populares. De hecho, aquella campaña electoral, casi en exclusiva, la preparó la empresa Orange Market, la filial de la red Gürtel en Valencia.
Barón territorial pero problemas en la gestión
Tras esa victoria electoral, Camps centró su política en la promoción de grandes eventos en los que también participaba El Bigotes y su empresa. Pero la gestión de los servicios públicos y la inversión ya estaban lastradas por una alarmante deuda de unos 15.000 millones. Camps, pese a todo, era el hombre de moda en el PP: paraba a Esperanza Aguirre y sostenía a Rajoy tras la segunda derrota de éste frente a Zapatero en el congreso nacional celebrado en Valencia en julio de 2008. Una escenificación de poder que quedaba apuntalada en el cónclave autonómico que aclamó a Camps en octubre. Quedaban dos meses de serenidad.
Orihuela y el estallido del caso Gürtel
Esa consistencia se iba a empezar a desmoronar en la provincia. El jefe del Consell había diseñado el congreso provincial de Orihuela, convocado en los días previos a la Navidad de 2008, como el asalto final al PP de Alicante, el único cuyo control se le resistía. Puso a todo su Gobierno a trabajar en el objetivo, pero cinco votos permitieron a Ripoll resistir. La policía ya grababa conversaciones de El Bigotes y el día de Nochebuena se encontró con la voz de Camps. Y, en esas, llegó el 6 de febrero y el inicio de la operación Gürtel: el registro de las oficinas de Turismo y la detención de El Bigotes. Las vinculaciones del Consell con la red a través de contratas y la salida a la palestra del nombre de Camps, que terminó con su imputación por cohecho -hoy pendiente de recurso en el Supremo- y con su declaración judicial, cuestionó el incontestable liderazgo del jefe del Consell en el PP y su solidez institucional.
Más solo, debilitado, sin gestión y en silencio
Con el caso Gürtel ejerciendo de detonante, la situación de Camps ha dado un giro de 180 grados. No sólo no es ya el principal barón territorial del PP sino que, además, su interlocución con Rajoy está muy deteriorada y su continuidad ha sido cuestionada públicamente por Fraga. Cada vez está más solo. En las últimas semanas, de hecho, ha tenido que afrontar la marcha de cargos de su absoluta confianza, como su jefa de Gabinete y principal asesora en el Consell, Ana Michavila; el ex director de Canal 9, Pedro García; o su número dos en el PP, Ricardo Costa, cuyo relevo sin consenso ha abierto una brecha, si cabe, más grande con Joaquín Ripoll, uno de los que sale reforzado de la crisis.
En sus contadas comparecencias, a diferencia de la apertura del arranque de su mandato, no sólo no atiende preguntas -"son ustedes muy amables y muy agradables", espetó a los periodistas para evitar una cuestión sobre la situación de Costa-; sino que desliza, algo que le ocurre también en las Cortes, frases a veces incomprensibles. "Tenéis que ser muy felices. Todos somos iguales. Los calvos y los que tenéis pelo", dijo el 13 de octubre, cuando la ejecutiva del PP se reunió para ejecutar la orden de Génova de defenestrar a Costa. Y, encima, el jefe del Consell tampoco puede exhibir gestión para desviar la atención: acumula todavía más deuda en un escenario, además, de grave crisis económica e institucional -parte de su gobierno también aparece en los informes sobre la trama- que ha liquidado ya la legislatura. La propuesta de fusión de CAM con Bancaja, el último malabarismo de Camps, le vuelve a enfrentar con Alicante.
Hasta las Cortes -a las que ya no volverá hasta 2010-, escenario en el que Camps se vanagloriaba de ser el presidente que más debatía, se han vuelto incómodas, como quedó explicitado esta semana cuando acusó al socialista Ángel Luna de desearle la muerte. Una situación límite para el jefe del Consell pero que aún puede agravarse más en función de las decisiones de los jueces -el recurso del Supremo y la querella de los socialistas por la supuesta financiación ilegal del PP- y de su propio partido.