C. P.
Lucas Rodríguez conoció a Julián Daniel y a María Soledad por casualidad. Ahora forman parte de su familia gracias a un proceso de acogida permanente. Años atrás, su mujer trabajaba en unos apartamentos. Allí, junto a su madre y su pareja sentimental, vivían (o malvivían) los dos pequeños, que por aquel entonces comenzaban a dar sus primeros pasos. La situación en ese hogar distaba mucho de la ideal para el desarrollo de unos niños. "Su madre tenía todos los vicios posibles, y no se ocupaba apenas de sus hijos", explica Lucas.
Durante muchos años, él y su mujer, María del Carmen, se hicieron cargo de los pequeños durante determinados periodos de tiempo, siempre con el visto bueno de su madre biológica. "Ella dejaba a los niños solos en casa, porque sabía que en apenas unos minutos estaríamos allí para cuidar de ellos", afirma el padre de acogida, vecino de Dénia.
Fruto de la coyuntura familiar, cuando los niños tenían cinco y seis años acabaron en un centro de acogida en Barcelona, donde se trasladó la madre en busca de una mejor vida. Pero no fue así. "Durante unos meses perdí la pista a los niños, hasta que un día me llamó la directora del centro de acogida", explica Lucas, que recuerda el tormentoso proceso que se inició poco después. "Los pequeños tenían una abuela, que entonces se interesó por ellos. Me llevó a juicio y llegué a pensar que me iban a quitar a los niños", una idea que atormentó a Lucas y a su mujer durante unos meses. Ellos habían visto crecer a los pequeños, y no lograban entender la situación. Al final, la Justicia les dio la razón.
Ahora, los menores tienen doce y trece años, y son parte de la familia. "Tengo dos hijas biológicas, de 22 y 29 años, aunque las quiero igual que a los pequeños", relata Lucas, a la vez que recalca: "Ellos saben que tienen a su madre biológica, y que nosotros somos una familia de acogida. Nunca les he ocultado la verdad". Por ello, los menores han mantenido contacto con los suyos hasta hace dos años, "cuando han desaparecido".
A Lucas, la experiencia le hace sentir "orgulloso", e incluso le anima a "repetir" en un futuro. "Te permite crecer como persona, sobre todo, en el aspecto más emocional", explica. Hoy, en pleno desarrollo, "los pequeños son muy amables y educados, porque soy una persona estricta en la educación, nada consentidor. Aún así me consideran su padre, por lo que me siento muy feliz". Y todo gracias a sus dos pequeños, que llevan siete años en régimen de acogida permanente: "Son dos auténticas joyas".