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HEMEROTECA » |
M. ALARCÓN Bigastro estaba ayer dividido entre los partidarios y los detractores de José Joaquín Moya que se congregaron en la plaza de la Constitución, frente al Ayuntamiento y, a modo de referéndum, esperaron el momento en que éste abandonara su despacho escoltado por varios agentes de la Guardia Civil después de un registro judicial que duró más de tres horas y media. En esta población no hay término medio para valorar la gestión del cargo socialista, uno de los más longevos de la Vega Baja. Se está con él o contra él. "Es el mejor alcalde del mundo" o "esto se veía venir" se podían oir en los corrillos casi por igual. Moya no deja a nadie indiferente. Pero cuando salió del Ayuntamiento, con la Guardia Civil, sólo se escucharon aplausos y vítores, eso sí, pocos, porque la mayoría miraba en silencio.
"Aquí estamos al 50%", sentenciaba Salvador Villar, el propietario de un comercio para quien "la detención de mi alcalde es un motivo de tristeza porque empaña el nombre de este pueblo y su historia. Estemos a favor o en contra de su gestión, es un día triste y nadie se puede alegrar de lo que aquí ha sucedido porque también han arrestado al secretario y a dos empresarios. Pero el problema de la corrupción es de fondo y no sólo de aquí, de Bigastro, sino del resto de la Vega Baja y creo que habrá más pueblos que verán desfilar detenidos a sus alcaldes o concejales. Es cuestión de tiempo". A su lado, un hombre que le está escuchando asiente con la cabeza, "ahora los niños salen a la plaza del pueblo para ver cómo arrestan a su alcalde y se lo llevan esposado, antes nosotros veníamos a jugar al balón". Hay quien, como Juana Güiza, cree que "Moya es el mejor alcalde que hemos tenido, le pese a quien le pese, y saldrá libre".
Un balcón privilegiado
Una vecina de la plaza de la Constitución que prefiere no decir su nombre tenía ayer un balcón privilegiado porque mira al despacho del alcalde y está a no más de 20 metros de distancia. La mujer se ofrecía gustosa para que cualquier periodista subiera a presenciar la vista a través de las cortinas. En el interior de la Alcaldía el movimiento de guardias civiles ojeando papeles era incesante y el alcalde, nervioso, no deja de ir de un lado para otro. "El piso de ahí, el de abajo, es de uno de sus sobrinos", asegura la señora, "aquí hay gente que ha hecho mucho dinero en poco tiempo y, en cambio, otros, como un familiar mío, ha perdido media tahúlla en una urbanización y, encima les toca pagar 15 millones de pesetas ¡para 900 metros cuadrados que le han quedado! y ahora no tiene para pagar ese dinero", aseguraba casi gritando.
Otro vecino Luis Fernández se alegra de la detención porque "este pueblo no puede seguir así, en contra de los vecinos y en manos de los constructores, quien la ha hecho, que la pague. Bigastro necesita otros aires. Tiene que acabarse la corrupción porque el ciudadano vota al político para que gestione no para que se enriquezca".
En medio de la plaza sólo se oía un soniquete: "¡Estamos contigo Moya!", repetía sin descanso una menuda mujer que desde primera hora de la tarde se apostó en primera fila para seguir de cerca el registro. No contenta con lo que estaba ocurriendo, llegó a sentarse sobre el vehículo camuflado de la Guardia Civil que había llevado al alcalde y tuvo que ser desalojada por un guardia. "No hay nadie como él, ha ayudado a toda la gente, ¡esos, esos son los culpables¡" y señalaba con el índice una oficina donde dos destacados miembros del Partido Popular observaban la escena al otro lado de la plaza.
En los bares
En los bares no se hablaba de otra cosa y un camarero resumía: "Es una vergüenza para este pueblo salir en la televisión con un alcalde detenido" y añadía: "Aquí hay gente que se ha contagiado de no pagar y así nos ha ido". Un vecino llama a un concejal amigo y, a través del móvil, a sabiendas de que éste está dentro del Ayuntamiento y en pleno registro, le espeta: "A esto hay que echarle huevos y sacarlo "pa lante", cueste lo que cueste". No quiere dar su nombre pero se desmarca de Moya, no así del resto de ediles socialistas y cree que "si se hubiera ido a tiempo no habría acabado todo así, se veía venir, pero como ganaba por mayoría...".
En la plaza, una de las vecinas más enfervorizadas ha sacado un megáfono, nadie sabe de dónde, y sus consignas son jaleadas por los chavales que la rodean, "¡Estamos contigo, Moya, Moya, Moya,...!, tal alboroto monta que un policía le tiene que rogar que lo apague porque molesta a los guardias. La plaza se llena lentamente a medida que cae la tarde, principalmente, por personas mayores y niños curiosos. Muchos no quieren hablar, tienen caras tristes. "Yo confío en él, pero el pueblo se había puesto en su contra y así es muy difícil gobernar, cada vez hay más intereses y la tentación es muy fuerte. Yo ya se lo dije, pero él no me hizo caso", añade un hombre que prefiere no dar su nombre.
Cuando la luz de la Alcaldía se apagó pasadas las siete y veinte de la tarde en la plaza de la Constitución se hizo un silencio sepulcral. "Míralo, por ahí baja, con una sonrisa en la boca. Ese hombre vale para político", asegura un hombre a otro que, a continuación le contesta, "sí, pero la procesión va por dentro, seguro que esta noche en el calabozo no se ríe tanto. José Joaquín Moya no vuelve a ser alcalde de este pueblo, que te lo digo yo, aquí ha acabado su carrera para siempre".
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