P. ROSTOLL. VALENCIA
En un congreso de perfil bajo, con amontonamiento de discursos y aplausos; y de inexistente debate ideológico, Camps optó por el espectáculo. Al jefe del Consell, confesaban sus colaboradores, le ha costado mucho tiempo, cinco años, celebrar un congreso de adhesión inquebrantable como el que ayer arrancó en Valencia. Dicho y hecho, los populares optaron por potenciar el perfil mediático de la primera sesión y convirtieron el pabellón de la Feria de Valencia en el que se celebra la convocatoria en una especie de gran plató de televisión. Un "reality show" en el que todo está controlado. Atado y bien atado a través de un guión minutado hasta el último segundo y el mínimo detalle.
Aplausos. Ahora Camps se sienta entre los de Nuevas Generaciones. Cuando Mercedes Alonso acaba toma asiento junto al presidente de la Generalitat entre los jóvenes populares. Cualquier movimiento está en la esqueleta que corría en manos del equipo de colaboradores del jefe del Consell. La escenografía condujo el congreso autonómico del PP a los mejores tiempos de Eduardo Zaplana. Todo. O casi todo fueron loas, elogios, alabanzas y peloteo para el jefe del Consell. La convocatoria, como en época del ex ministro, derivó en un foro de culto al liderazgo incontestable del dirigente que se ha convertido en el presidente de la Generalitat más votado de la historia. Y ese ambiente de euforia y de agasajo a la figura de Francisco Camps convirtió el escenario en una pasarela en la que todos jugaban a ver quién lanzaba una cada vez más gorda.
Empezó Alfonso Rus, el inenarrable alcalde de Xàtiva y presidente del PP en Valencia, enseñando en la tribuna dos imágenes, una de un cerdo-hucha muy delgado -la que correspondía a Zapatero- y otra con la hucha llena de dinero -la gestionada por el PP-. "Los valencianos tenemos la vitamina C, la vitamina de Camps", espetó entre una algarabía generalizada. Le siguió Esteban González Pons, el vicesecretario de Comunicación del PP. Íntimo amigo del titular y de la imagen, González Pons no defraudó. Sacó la papeleta de votación con el "Sí" de la bolsa que entregaban a los compromisarios y lo exhibió por todo el escenario como homenaje a Camps mientras volvía a la silla en primera fila que le habían reservado. Ricardo Costa lo tomó por el plano personal. Y en un arranque de intimidad confesó que Francisco Camps le había facilitado la etapa más maravillosa y fructifera de toda su vida.
En esa dinámica, a nadie le extraño que a algunos, en este caso a los chicos de Nuevas Generaciones, se les ocurriera situar a Camps, en la práctica, al nivel de un poder casi divino. El eterno presidente de los cachorros del PP, Nacho Uriarte, hizo subir a la tribuna a todos los militantes de "Nuevas" que ocupaban una grada lateral del plenario. Una vez allí, ataviados con una camiseta blanca, empezaron a pasar uno por uno por el micrófono. "Gracias presidente por tu trabajo", "Gracias presidente por mejorar las condiciones de los jóvenes", "Gracias presidente..." por esto. Por lo otro. Por todo. Sólo faltó que el resto de compromisarios contestaran a coro: "Te alabamos, óyenos".