SUSANA ABIA
Más serena que hace una semana, con mejor cara y los ojos chispeantes, Sonia Castedo afrontaba ayer su última jornada en la gerencia de Urbanismo sin soltar el móvil de su mano, atendiendo gestiones pendientes mientras seguía recibiendo mensajes y llamadas felicitándola; ni siquiera faltó el ramo de cada día, uno más de los muchos que alegran su despacho. Aviso a navegantes: ya no le quedan recipientes donde colocar las flores.
No tiene tiempo para casi nada. La agenda no le ha permitido un respiro la víspera de su investidura como alcaldesa: "Ya ves qué hora es, la una. Esta tarde estoy con las Infantas, por la noche tenemos la fiesta de homenaje al alcalde [ella sigue llamando así a Luis Díaz Alperi] y ¡aún no tengo escrito el discurso! Menos mal que lo tengo claro". Confía en no retirarse tarde para lucir radiante en el que asegura será "uno de los días más importantes de mi vida profesional y también uno de los más importantes de mi vida personal, aunque sin duda el mejor fue el del nacimiento de mi hija".
Cuenta que no está nerviosa ante el acto que la erigirá en alcaldesa, pero que le da vértigo pensar en lo que le toca a partir del jueves. "Me preocupa estar a la altura". Pero a medida que avanzamos en la conversación reconoce que "ahora no es que me tiemblen las piernas ¡Estoy para morirme! A pesar de que lo haya pensado, de que hace tiempo que me apuntaban como la sucesora, no es lo mismo que vértelo ahí. Hasta que no llega el momento no te ves".
Sabe que mañana miles de pares de ojos estarán pendientes de ella y después de lo que le ocurrió el jueves pasado, cuando por sorpresa la avisaron de que se iba a anunciar en rueda de prensa la renuncia de Alperi y su nombre como la primera regidora de Alicante, no ha querido descuidar ningún detalle. "No te puedes imaginar lo que pasé. Había venido cómoda y con coleta, porque no tenía nada oficial fuera del despacho, y de repente me encuentro con el tema. ¡Me quería meter bajo tierra! No tenía nada para arreglarme, ni me daba tiempo, lo pasé fatal por la pinta que llevaba".
Hoy no le sucederá lo mismo, porque su atuendo y adornos ya están preparados, de la cabeza a los pies. "Me he comprado un traje de chaqueta pantalón azul marino. Una camisola sin mangas también azul y una chaqueta en azules y blancos. Es muy elegante, pero a mi estilo". Le pregunto por los zapatos y duda un momento antes de responder que seguramente se pondrá unas sandalias plateadas que tiene, de tacón alto. "Yo siempre voy subida a taconazos". Se ríe y apunta que "esto no es mi boda. Tardé muchísimo más en elegir mi traje de novia".
Por cierto, que junto a su mesa hay bolsas con cuatro o cinco pares de zapatos sin estrenar. "Me los regala gente de Elda, nunca me compro zapatos. Saben que me gustan y me los traen, sobre todo un ex alcalde que era del PSOE y su yerno tiene fábricas. Me conoce y sabe mi número y qué es lo que me va".
Los aderezos que llevará encima son una mezcla de recuerdos, bendiciones y señas de identidad. "Los pendientes son los mismos que utilizo desde hace años, unas perlas rosadas y una más pequeña en el segundo agujero de la oreja derecha. Si se rompen, me compro otros iguales". En el dedo corazón un sello de su abuelo en oro con un granate. "Él lo usaba en el meñique y siempre lo identifiqué con ese anillo, así que cuando murió y mi abuela me dio a escoger lo que quería le pedí el sello". Las muñecas son otro cantar. A saber: "Este cordón rojo que ves, con los tres nuditos tan desgastados, me lo dio una brasileña en FITUR en el año 2002. A medida que me lo iba anudando yo tenía que pedir un deseo y se supone que se cumplirían cuando se rompiese. Aún no se ha roto y me da cosa quitármelo, aunque ya no recuerdo bien lo que pedí". A más abundar lucirá una pulsera con piedrecitas ensartadas en una goma: "no tiene ningún valor material, pero no me la quito porque me la trajo de un viaje un vecino de una pedanía que quería tener un detalle conmigo. Es la esencia pura de la gente humilde de las pedanías". Y aún está debatiéndose entre si debe añadir o no otro abalorio: "una pulsera de ojos turcos muy bonita que me regaló un señor de Barrio Obrero; me pega con el traje".
No se ha olvidado del cuello en su particular ritual de ornamentación y fetiches personales. "No se verá, pero llevaré una cadena de oro con la medalla de la Virgen del Remedio y otra con el Niño Jesús del Milagro, que es un obsequio de una monja de las capuchinas. Soy creyente". Una vez bendecida, sobre la camisa incorporará un collar azteca "muy hippie", heredado de un de sus mejores amigas, que murió en octubre del año pasado. "Así la siento conmigo".
Explica que su familia es corta y que, junto a su marido y su hija, la acompañarán al Ayuntamiento su madre y su hermano mayor. "El pequeño no puede venir porque está trabajando en Madrid y me da mucha pena".
Madre, marido e hija
La madre de la flamante alcaldesa está que se sale. "Las dos somos muy expresivas y para ella esto significa casi más que para mí, porque está superorgullosa. Me preocupé de avisarla, llamándola desde el baño, antes de la rueda de prensa para que se enterara por mí y desde entonces no se ha descolgado del teléfono hablando con sus amigas".
En cuanto a su marido, "está muy contento, claro, pero estos días han sido tan frenéticos que no hemos tenido mucho tiempo para hablar". La niña de su alma, su hija de 7 años, no irá mañana al colegio para acompañar a su madre. "Antía no dice nada, pero sabe lo que esta pasando y se le ríen los huesos. Estoy convencida de que en el colegio le habrán dicho algo, pero no suelta prenda, sólo se sonríe. El director del colegio también estará en el pleno, porque me ha dicho que sin él no tomó posesión".
Aún le queda la tarea de convencer a la niña de que se ponga un vestido que no le gusta nada "y no es fácil, porque es muy cabezona, como yo. Va a ser un problema, ella no soporta ponerse vestidos. Intentaré que cuele dándole mi palabra de que en cuanto acabe el acto le cambio de ropa y le pongo lo que ella me diga".
Sonia Castedo ha dejado en manos de protocolo del Ayuntamiento la tarea de adornar el Salón Azul. "Sólo he pedido que cambien las pantallas clásicas por otras más modernas, más acordes conmigo".
El momento de la investidura es el que espera con mayor emoción. "No sé lo que haré con la vara de mando, pero algún gesto que signifique ofrecérsela a los ciudadanos. Creo que es lo que debo hacer".
Para definir sus sentimientos a las puertas de hacer realidad un sueño, Castedo explica que "son encontrados. Mucha ilusión, empuje y ganas, yÉ tristeza. Es un día muy triste porque Luis se va". Se le empaña la mirada y añade que "No ha sido sólo el alcalde y mi jefe, ha sido mi mentor, mi padre político, y me quedo huérfana. Sé que puedo contar con él, pero ya me ha lanzado y no va a estar a mi lado. Luis no va a ser un alcalde en la sombra, él no es así. Es una persona muy importante para mí".