J. G. G.
La anécdota es conocida en medios populares. El portavoz adjunto del PP en las Cortes Valencianas Rafael Maluenda, uno de los responsables políticos más influyentes, se niega por principio a brindar con cava catalán. Tanto es así que, en una cena con otros parlamentarios, se cuenta que acabó pidiendo Moët et Chandon. Es la versión moderna en vinos espumosos y boicot a los productos catalanes de aquel "abans moros que catalans". Eran otros tiempos. Tras las elecciones generales de marzo, en las que especialmente Cataluña fue la tumba política de Mariano Rajoy -los socialistas le sacaron 17 escaños al PP-, los analistas de Génova impusieron un giro en la estrategia del PP con respecto al poderoso vecino catalán. Como por ensalmo, en los discursos de los populares valencianos se ha rebajado la beligerancia hacia Cataluña, mientras en los gestos se ha desatado toda una estrategia de acercamiento hacia los vecinos del norte.
Los principales protagonistas han sido los respectivos consellers de Economía, el valenciano Gerardo Camps y el catalán Antoni Castells. El hielo lo rompieron un mes después de los comicios. El 23 de abril pasado, Camps y Castells escenificaron en Barcelona el "frente común" de Cataluña y Valencia en la pelea por un nuevo sistema de financiación que actualice el reparto de los fondos asignados a las autonomías, una vez roto el mapa del censo de 1999, e inyecte recursos a las depauperadas administraciones autonómicas. Pero el interés de la Generalitat no es sólo económico. Los populares necesitan un lavado de imagen, un lifting político que les dé carta de normalidad en su relación con Cataluña, y desprenderse del estigma de partido anticatalán.
A Camps especialmente le ha tocado cargar con el mochuelo. Y se está empleando a fondo. De paso, la línea política permite al PP cercar al Ejecutivo de Zapatero, o al menos intentar presentarlo como aislado. El pasado miércoles, en la devolución de la visita de Barcelona, Gerardo Camps y Antoni Camps volvieron a exhibir la alianza Comunidad Valencian-Cataluña. No sólo eso, sino que no escatimaron elogios y afectuosas referencias mutuas. La actual normalidad en las relaciones rompe una línea de ataque casi obsesivo hacia todo lo que olía a catalán, especialmente desde noviembre de 2003, cuando el tripartito, con Pasqual Maragall al frente, se hace con la presidencia catalana y después se recrudece con el triunfo de Zapatero en las generales de 2004. El tripartito ha sido la encarnación del Anticristo político. Ya antes, en la antesala de las elecciones autonómicas de 2003, las que llevaron a la primera victoria de Camps, desde la Generalitat se impulsó la manifestación del "Agua para todos" en defensa del PHN, frente a la postura de Aragón y las reservas de Cataluña, convertida tras la victoria del tripartito en franca enemiga del trasvase.
Tras el vuelco de Zapatero, en junio de 2004 se hace incluso circular la especie de que Barcelona intenta quitar la sede de la Copa del América a Valencia con el respaldo del Ejecutivo central. La cuestión lingüística ha jugado también su papel. En otoño de 2004, el Ejecutivo de Camps agitó este debate a rebufo del reconocimiento del valenciano y del catalán en las instituciones europeas.
En octubre de 2005, un acto de reivindicación de los Països Catalans en el Camp Nou provocó todo un conflicto diplomático. El entonces portavoz del Consell, Esteban González Pons, censuró "el catalanismo fascista", un catalanismo, dijo, que "hace de la Comunidad y de Baleares sus objetivos como un día Alemania lo hizo de Checoslovaquia, Austria y Polonia".
La reforma del Estatuto catalán ha sido el otro gran frente. Mientras el PP a nivel nacional recurría la Carta catalana, el Consell de Camps hacía lo mismo por los artículos referidos al agua, la financiación y el Patronato de la Corona de Aragón.
Del amor al odio no hay más que un paso. El Consell de Camps ha hecho el camino inverso: Del odio al amor, pero a golpe de estrategia electoral.