PERE ROSTOLL
Trescientos alcaldes del PP de la Comunidad, Murcia y Andalucía esperaban el pasado miércoles en la Lonja de Orihuela para participar en la constitución de una plataforma dedicada a mantener viva la llama del conflicto por el trasvase del Ebro. En la puerta, el presidente de la Generalitat, Francisco Camps, junto a otros cargos del PP, esperaba que llegara su homólogo murciano Ramón Luis Valcárcel, que venía con retraso. Camps saludó a su amigo -fue el primero en hacerlo- y ambos, en esta ocasión junto a Arenas, entraron casi de la mano. Ha sido la última instantánea de una imagen que se ha convertido en habitual, casi asidua, durante el último lustro, desde que Camps llegó al Consell.
Durante ocho años, con Zaplana al mando de la Generalitat, las relaciones institucionales del Gobierno valenciano con Murcia fueron discretas. Pero desde que Camps se hizo con las riendas del PP todo cambió. Tanto es así que el jefe del Consell ha concentrado sus alianzas territoriales, casi en exclusiva, con la autonomía gobernada por Ramón Luis Valcárcel. Desde que en septiembre de 2003, apenas unos meses después de tomar posesión Camps, ambos mantuvieran una primera reunión en Murcia, los dos mandatarios han compartido un total de 51 encuentros o actos públicos, casi uno por mes.
La fluidez de los contactos entre el Palau de la Generalitat y el Palacio de San Esteban -sede del Gobierno murciano- no admite comparación con ninguna otra autonomía. De hecho, por ejemplo, el Consell de Camps no ha mantenido contactos bilaterales, ni una sola vez, con los Ejecutivos de Castilla-La Mancha, Aragón o Cataluña, los tres bajo mando socialista, a pesar de que se trata de autonomías con las que la Comunidad tiene múltiples lazos. Eso sí, Camps sí ha mantenido encuentros esporádicos con los diferentes responsables del PP en esas regiones.
Con Madrid, el otro gran polo autonómico con el que Camps ha querido hacer migas, la relación ha sido importante aunque no llega, apenas en una décima parte, al nivel de Murcia. Las cumbres del llamado "eje de la prosperidad" entre Francisco Camps y Esperanza Aguirre -un proyecto que también integraba Baleares cuando gobernaba en Mallorca el popular Jaume Matas- apenas llegan a la media docena. Nada que ver con la profusión de encuentros entre el líder del PPCV y su homólogo murciano. Ni por la asiduidad ni tampoco por la profundidad de los asuntos de la agenda política.
El éxito electoral ha situado a Camps y Valcárcel en un lugar destacado como dos de los principales barones territoriales del PP. Y eso, junto a los objetivos -especialmente en materia hídrica- que ambos comparten, ha consolidado su unión. "Es la relación que tiene más sentido para la Comunidad por la potencia del eje mediterráneo y las cosas en común que tenemos con Murcia", apuntan desde Presidencia de la Generalitat para justificar los contactos y las reuniones que mes sí y mes también mantienen dos dirigentes que han roto por completo el mito de que la fuerza de la derecha estaba en el centro de España. El color anaranjado del logo del PP y las gaviotas ahora están de moda en Murcia y la Comunidad. No en vano, Valcárcel logra, elección tras elección, que seis de cada diez murcianos le voten y Francisco Camps ya supera el 50% y se esfuerza, ayudado también por la crítica situación de los socialistas valencianos, en conseguirlo. Son, junto con Madrid, los grandes graneros de votos para los populares.
La alianza y el ariete
En ese inmenso poder electoral, de hecho, basan Camps y Valcárcel su legitimidad para, con una débil oposición enfrente, convertir su alianza estratégica en el gran ariete contra las políticas del Ejecutivo de Zapatero. Apenas un año después de que Camps llegara a la Generalitat -Valcárcel renueva sus mandatos con mayorías cada vez más aplastantes desde 1995- los socialistas, en 2004, recuperaron la Moncloa y ese fue el punto de inflexión para intensificar unos contactos que habían comenzado apenas cinco meses después de que el PP culminará la sucesión de Zaplana con la victoria en las autonómicas del año 2003.
Ese cambio de rumbo en Madrid, inesperado para los populares, fue el detonante que propició un frente común sobre políticas que afectan a ambos gobiernos. Camps y Valcárcel disponían de protagonismo, ahora todavía mayor, porque eran líderes del PP que gozaban de amplias victorias en las urnas y, además, tenían alguien, Zapatero, al que reclamar. Era el momento perfecto para hacerse sitio, algo que han conseguido, en la mesa en la que se debaten las grandes cuestiones de Estado. Y juntos tendrían más fuerza para ejercer ese contrapeso. Desde Presidencia de la Generalitat, precisamente, destacan la importancia que, hasta ahora y también en el futuro, tiene la conexión murciana para mantener un discurso propio -muy valorado por otros dirigentes del PP- y que mantenga activas reivindicaciones como el agua -el principal motivo que ha impulsado la mayoría de reuniones entre ambos dirigentes-; el futuro de la agricultura; las infraestructuras, especialmente, la llegada de la conexión con Madrid a través del tren de alta velocidad; y la financiación en función del número de habitantes toda vez que, de hecho, ambas comunidades entre 2001 y 2006 fueron dos de las tres autonomías que registraron más crecimiento poblacional.
Más allá de eso, cuestiones como la potencia de Caja Mediterráneo -la entidad de ahorro con sede en Alicante- en Murcia y la ambición de Valcárcel por disponer de peones en la caja; o el propio modelo económico de ambas comunidades se han convertido en puntos que han ido alimentado el contacto entre los dos dirigentes. De hecho, la Comunidad, en especial Alicante, y Murcia vienen compartiendo un flujo continuo de relaciones comerciales y un modelo económico muy similar centrado, a lo largo de los últimos años, en un gran desarrollo urbanístico y en el turismo, elementos fundamentales para un crecimiento que también exigía de la reivindicación hídrica, piedra angular de la relación entre Camps y Ramón Luis Valcárcel.
Así, bajo ese prisma, se ha ido configurando una relación que ha permitido a ambos presidentes formalizar un frente común de reivindicación que ha convertido a Francisco Camps y a Ramón Luis Valcárcel en una auténtica pareja de hecho.