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REPORTAJE

Vacaciones de trabajo

Estudiantes de arqueología de varias universidades aprovechan el periodo no lectivo para formarse y adquirir práctica en la excavación de El Salt

 
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Jóvenes estudiantes

 de arqueología o recientemente licenciados que participan en el yacimiento de El Salt, junto con los profesores coordinadores
Jóvenes estudiantes de arqueología o recientemente licenciados que participan en el yacimiento de El Salt, junto con los profesores coordinadores   JUANI RUZ
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Para los estudiantes de arqueología, sacrificar el tiempo de ocio estival para participar en una excavación puede ser una oferta estimulante, como ocurre en el yacimiento de El Salt de Alcoy. Desde hace más de 20 años, cada verano se dan cita en este lugar un buen número de jóvenes junto con algunos de sus profesores, para tomar parte en esta experiencia. Una iniciativa que engancha y que invita a repetir, tanto por el trabajo como por el lado humano que conlleva la convivencia.

A. TERUEL P ara la mayoría de estudiantes universitarios, el verano es sinónimo de ocio, o de estudio, si hay exámenes a la vista. Los futuros arqueólogos y los recién licenciados, en cambio, ven en este tiempo una oportunidad para participar en alguna excavación que se esté llevando a cabo y adquirir una formación práctica, al tiempo que amplían sus conocimientos sobre sus objetos de estudio.
En el yacimiento de El Salt de Alcoy, la Universidad de La Laguna dirige los trabajos cada verano desde 1986, siempre con la participación de estudiantes. La responsable del proyecto, Bertila Galván, explica que estas iniciativas son «el complemento práctico a la docencia teórica de las facultades», y que, tras una primera estancia, los participantes «saben si realmente quieren dedicarse a la arqueología o no». Los primeros, por supuesto, repiten experiencia.
El grupo de trabajo de El Salt está en estos momentos compuesto por unos 15 jóvenes, además de los coordinadores. Uno de estos últimos, Cristo Hernández, apunta que, a pesar de que los estudiantes están realizando una actividad por la que sienten interés, no se trata de un tiempo de ocio, dado que «hay un compromiso profesional y un deseo de formarse». Además, la obligación de realizar también tareas más «domésticas» hace desterrar la idea de unas vacaciones. En cambio, lo que sí hay es «una parte de convivencia muy interesante», de la que surgen sólidas relaciones personales y que enriquece más la estancia en el yacimiento.
El más veterano de los jóvenes del grupo, Ricardo Dorta, lleva viniendo a El Salt desde su primer verano como universitario, en 1996. Coincide en señalar que los trabajos que se llevan a cabo «llenan profesionalmente y tienen un aspecto humano importante», que hacen que la mayoría «se impliquen mucho» en sus actividades. Tanto es así que otro de los participantes, Carlos García, afirma con ironía que, ya en 1997, al venir por primera vez, «supe que mi vida no podía continuar si no tenía las uñas negras un mes al año». Por ello, no ha faltado después a una sola convocatoria. Tanto el aspecto laboral como el de convivencia, asegura, son muy buenos estimulantes.
Visto desde fuera puede resultar extraño invertir las vacaciones en una actividad dura que ni siquiera está remunerada, pero la satisfacción profesional y personal que deja «merece mucho la pena», explica Diana Gómez, becaria de la Universidad de Valladolid, que visita por primera vez El Salt este año. «Cuesta hacer entender a la gente», agrega, «que esto tiene un provecho», como es divulgar los hallazgos que se producen y los resultados de las investigaciones. En este sentido, Carlos García añade que los arqueólogos son «una ONG del conocimiento», al poner a la vista de todos el resultado de su trabajo. Una ocupación que, por otra parte, lamentan que en ocasiones cuesta poner en valor. Eduardo Mesa, otro de los jóvenes que se han dado cita en El Salt este año, cree que los técnicos en arqueología «no reciben la misma consideración que los especialistas en otras profesiones», sino que se les tiende a considerar como unos aficionados. O, como resalta Bertila Galván, unos entrometidos: «Para muchos, el trabajo del arqueólogo es una piedra donde se tropieza», al suponer, por ejemplo, la paralización de una obra. Pese a ello, todos se reafirman en que esta ocupación es «una opción de vida».

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