A. TERUEL
M
anejar pólvora siempre entraña algún riesgo, pero este año se ha hecho todo lo posible para que el peligro para los festeros alcoyanos durante la jornada del Alardo fuera mínimo. La Asociación de San Jorge ha impulsado un proceso de renovación de las cantimploras en las que los arcabuceros guardan la munición, para evitar que un posible mal estado de alguno de estos objetos pudiera provocar algún escape de pólvora en algún momento dado, que pudiera tener consecuencias desagradables. Además, a cada una de las filaes se les había repartido una manta ignífuga -también las había en el castillo de Fiestas- con la que apagar de manera rápida cualquier fuego, en el caso de que se produjera.
Al mismo tiempo, el baldeo del recorrido del Alardo fue continuo. No solamente había un camión lanzando agua sobre el asfalto detrás de los últimos disparadores, para evitar que los restos de pólvora que hubieran caído al suelo entrañaran algún peligro, sino que además se iba regando el itinerario tras el paso de cada filà. Con ello, se multiplicaba la prevención de incidentes.
Así las cosas, más que peligro, el único riesgo que entrañaba el Alardo era la molestia para los oídos de los espectadores, que, de una forma un tanto obvia, no eran demasiados. Sólo se atrevía a seguir los disparos de cerca quien fuera provisto de buenos tapones para salvaguardar sus oídos del atronador estruendo de los trabucos. Entre ellos se encontraban las bandas de trompeteros que iban escoltando el paso de las distintas filaes. A lo largo del día se utilizaron casi 4.000 kilos de pólvora, con los que se estimaba poder dar unos 400.000 arcabuzazos. Su estallido se dejaba sentir no sólo en el entorno más próximo del recorrido, sino que llegaba a todos los rincones del perímetro comprendido entre los dos itinerarios de subida o bajada.