Medio siglo de una filmación internacional

Cuando Yul Brynner cabalgaba por Agost

Se cumplen 50 años del rodaje internacional en la sierra de La Murta de «El regreso de los siete magníficos»

16.05.2016 | 10:29
Cuando Yul Brynner cabalgaba por Agost

Preparan para julio una exposición, rutas en carro por los escenarios, un concierto y un mercadillo del Oeste.

Los mayores todavía recuerdan cómo por las calles del pueblo se paseaba muchas tardes montado en un imponente caballo negro el actor de cine americano Yul Brynner. Fueron dos meses de 1966 que los agostenses más mayores no olvidarán. Agost se convertía en un pueblo Mejicano del siglo XIX y su árida sierra el paisaje perfecto para rodar la secuela de un western de éxito Los siete magníficos cuya banda sonora es sinónimo de películas del Oeste que tanto éxito tenían en la época. Para los agostense el rodaje de El regreso de los siete magníficos fue todo un acontecimiento y se convirtió en noticia nacional. Agost recuerda ahora los cincuenta años de su incursión para siempre en el mundo del cine. Un pequeño pueblo de la provincia de Alicante se convertía en escenario de una película de vaqueros para la que trabajó casi todo el pueblo directa o indirectamente y cuyo plantel de actores era internacional y el idioma de trabajo el inglés. La tradición cerámica de Agost hizo el resto, allí se construyeron los ladrillos para las casas rellenos de paja que encantó al director americano Burt Kennedy por lo bien que estallaban. Los escenarios montañosos y áridos de la sierra de La Murta siguen exactamente como los reflejó la película, pero no queda ni rastro de los dos poblados construidos. El pueblo se benefició de un rodaje que aunque más modesto que la película que le precedía, dio trabajo y prosperidad.

Muchos vecinos se convirtieron en extras de la película, todo aquel que tenía un carro acabó trabajando en ella y la joven Encarnación Montoya fue elegida como doble de la actriz principal, Elisa Montes, para rodar las escenas más complicadas. Trabajaba en una fábrica de ladrillos y seleccionaron también a varias compañeras como extras. Para ella, que entonces contaba con 18 años, fue una experiencia «muy bonita que se acabo demasiado pronto». Participó en las escenas que podían comportar más dificultad para la actriz principal como ir en mula o subir una montaña y durante el tiempo que trabajó en la película la recogían todos los días para ir al rodaje donde comía en el mismo lugar que los actores.

De aquel rodaje no se le olvidará nunca que se cayó sobre el niño que llevaba en los brazos cuando la mula en la que iba subida sin montura aceleró el paso y los tiró al suelo. El niño era gitano, como muchos de los extras que participaron en la película que llegaron desde Madrid y que luego se afincaron en Alicante. «Empezaron a salir gitanos a ver qué le había pasado al chiquillo y yo no paraba de llorar y allí vino todo el mundo de la película a consolarme, el director, los actores...». Lo único que conserva del rodaje es una foto tomada precisamente unos minutos antes de caerse de la mula y que le mandó tiempo después de terminarse la película «un muchacho del rodaje» del que no ha olvidado el nombre. Cincuenta años después, aún recuerda con cariño a quienes trabajaban en la cinta y lo lejos que su vida y la de ellos quedaba. «Se sorprendían de que yo trabajara en una fábrica», recuerda ella también extrañada de que les impactara.

Para José Manuel Ivorra, El regreso de los siete magníficos le dio a su padre mucho trabajo. Era ceramista y al tener un horno pequeño supo adaptarse a las necesidades de material que tenía la película. Hizo numerosas piezas, tinajas, vasijas, cántaros, lebrillos para las escenas y para el consumo diario, como los botijos con los que se refrescaban durante el rodaje. «No eran cicateros, pagaban lo que les pedías. Mi padre dobló el precio de las cosas y lo pagaron sin rechistar», recuerda. De su taller salió una campana de barro que daba el pego como si fuera real porque la pintaron de cobre y sonaba falsamente metálica al recibir un disparo. Y «al final de la película sale la fuente que hizo mi padre». Recuerda que «iba todo el mundo a ver el rodaje» y que de Madrid llegaron los extras que rodaban las escenas a caballo. El alfarero mira los escenarios donde se rodó la película y pone imaginariamente lo que había en ellos, recuerda perfectamente dónde estaban los poblados de los que ahora sólo quedan pitas y las chumberas americanas que plantaron. Hoy sólo el paisaje y estas plantas se conserva. Él acudía al rodaje a llevar el material y lo que más le impresionó fue ver cómo para simular escenas nocturnas se colocaba un filtro, y el haber visto al actor español Fernando Rey que iba vestido de cura.

El Ayuntamiento de Agost quiere celebrar el medio siglo del rodaje y prepara para el último fin de semana de julio actividades. Tienen la intención de hacer una Feria del Oeste y una Ruta de los siete magníficos con paseos en carro por los escenarios de la película, que también se proyectará. Toñi López, responsable de la Agencia de Desarrollo Local, explica que se está preparando un concierto en el que la mítica banda sonora será la protagonista. La Agencia ha contactado con el crítico de cine Antonio Dopazo y con el cinéfilo y director del Festival de Cine de Elche Paco Huesca con la idea de hacer una exposición ya que entre la colección de Huesca hay carteles de la película, fotocromos a color de las escenas y hasta un autógrafo de Yul Brynner. La Agencia hace un llamamiento a todos los vecinos que tengan material de la película para que se pongan en contacto con ellos para ampliar la muestra con todo lo que aún se conserva. Entre el material recopilado cuentan con una fotografía autografiada por el protagonista a Salvador Molina cedida por el Archivo Municipal de Agost.

Ha sobrevivido al paso de los cincuenta años un cartel que indicaba cómo llegar al rodaje. Lo conserva Delfina Marco en cuya bodega se rodó durante dos semanas la escena de la pelea de gallos. A sus 84 años, Delfina reconoce que la barrera del idioma le hizo tener poco interés por lo que pasaba en su casa. Recuerda perfectamente que a Yul Brynner le encantaron las almendras fritas que le ofrecían. El escenario ya no tiene nada que ver, «lo llenaron de toneles, de telarañas, pusieron escaleras y puertas de decorado que no llegaban a ningún sitio. Aquí se maquillaban y se cambiaban, pero yo no entendía su idioma», cuenta. «Ellos iban a lo suyo y cuando terminaban se metían en sus caravanas. Comían y dormían fuera, en Alicante», recuerda la propietaria. El rodaje ha marcado para siempre Agost como escenario de una película del oeste americano, llevó prosperidad al pueblo y dejó también 66.000 pesetas que ayudaron a construir el Colegio de La Milagrosa.

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